El periodismo de alcachofa es aquel que se hace a partir de declaraciones de alguien. Se le llama así porque los radiofonistas llaman alcachofas a los micrófonos en los que graban las frases que luego reproducen las emisoras. No sólo se da en la radio, también en prensa escrita (sobre papel o digital). Y en televisión hasta extremos grotescos. Llama mucho la atención ver que algunas cadenas (La Sexta especialmente) piden a un periodista de otro medio que dé su opinión sobre un asunto del que acaba de informar un redactor de la casa, cuya opinión, a lo que se ve, no vale nada. ¿Qué debe de pensar ese profesional al que se menosprecia?

A veces, al periodismo de alcachofa se le llama también de mendicidad, porque los redactores parecen acercarse a quien tiene, se supone, algo que decir con la actitud del pordiosero: “Écheme unas declaraciones para el titular, por el amor de Dios”.

Como las declaraciones se publican, muchos políticos se han apuntado a la moda y no paran de hablar y hablar y hablar. Cuanto más tonta es la frase, antes se reproduce y con más espacio. Si se hiciera caso a ciertos medios, se diría que la principal actividad de un político es hacer declaraciones, anunciar medidas, prometer mejoras. Luego, como en el célebre soneto, “fuese y no hubo nada”.

A veces, sin embargo, se toma alguna decisión. El Ayuntamiento de Barcelona, sin ir más lejos, ha empezado a colocar en algunas calles unas placas que indican que la velocidad queda limitada a un máximo de 10 kilómetros por hora y el paso restringido a servicios y vecinos. En vez de hablar, Colau da las declaraciones por escrito, pero se olvida de hacerlo cumplir. Ya pasó con las vallas que pretendían pacificar algunas calles desde el principio de la pandemia o con los espacios pintados de amarillo y, supuestamente, reservados a los peatones. También con quitar las motos de las aceras. Se dirá, y con razón, que no se puede tener siempre un guardia en cada punto de la ciudad. Pero igual resulta que entre siempre y nunca hay un amplio abanico.

Pasa lo mismo con las medidas sobre movilidad por la pandemia del Gobierno catalán. Se anuncian y se anuncian, pero no se hacen respetar. Quizás por falta de medios, pero es posible que sea también por falta de voluntad o de capacidad. Los barceloneses no pueden salir de la comarca en la que están, pero les basta con tomar el metro para hacerlo y no se ha adoptado medida alguna al respecto. Ya se sabe desde hace tiempo que la peor norma es la que no se puede hacer cumplir. Pero, claro, anunciar sólo lo posible no da tantos titulares.

Por ampliar el foco: la familia real se ha apuntado a la moda de hablar por hablar sin decir nada. Ya el anterior monarca dijo aquello tan bonito de que todos son iguales ante la ley. El hijo acaba de repetir más o menos lo mismo con frases que sirven para cualquier año. Ni el uno ni el otro se han preocupado de obrar en consecuencia. Y es que no hace falta. Hecho el anuncio, conseguido el titular, se acabó la historia. Bueno, en este caso no. En este caso se ha rizado el rizo y casi todos los medios se han apuntado a pedir declaraciones sobre las declaraciones del rey. Y así todos han tenido su "titularcito", sin necesidad de pasar a la acción.

Por repartir para todos: los dos partidos del Gobierno central repiten un día y otro frases que muestran la discrepancia en la opinión, aunque luego toman acuerdos en común. ¿Se ponen antes de acuerdo? A ver si va a ser que piensan que lo que uno dice es más importante que lo que uno hace.

Está claro que, pese a que haya un cierto boom en la edición y reedición de textos existencialistas, ya nadie asume uno de sus principales postulados: un hombre no es más que sus propios actos, como bien resume la obra de teatro de Sartre (A puerta cerrada) en la que varios personajes se explican como son, aunque tengan que hacer cosas que no coinciden con su forma de pensar. Ellos no son así y, en cuanto puedan, lo corregirán. Sólo hay un problema: están muertos y ya no tienen tiempo para rectificar. Son lo que hicieron, no lo que dijeron.

Lo mismo los políticos. Quedarán por sus acciones y por sus omisiones, no por su verborrea. O no. Hay políticos que parecen esforzarse (con éxito) en la tontería. Ahí está Díaz Ayuso, que compite duramente en astracanadas con dirigentes como Quim Torra o el Rey de Tailandia.

Igual tenía razón Kapuscinski y el periodismo de verdad empieza cuando se marchan las cámaras y los micrófonos. La cuestión, sin embargo, se complica cuando lo que queda tras la palabra es la vaciedad de la nada.

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