La demolición del Hotel Riviera en Castelldefels cierra otro capítulo de la historia de la prostitución en Barcelona y su área de influencia en los negocios sexuales. En la autovía que va de la ciudad al aeropuerto se juntaron tres locales emblemáticos de fama internacional gracias a que los visitaban autocares llenos de turistas japoneses y microbuses cargados de asistentes a ferias y congresos. Eran La Mansión, el Saratoga y el Riviera, uno de los más grandes de España. Estratégicamente situados en las afueras, ofrecían más discreción que otros tan famosos, lujosos y caros en el centro del Eixample, como el que había frente al domicilio de un alcalde de Barcelona. Las señoras que se dedicaban al oficio iban rotando entre estos y otros locales de postín, cuyos empresarios no eran mafiosos rusos, feos y malos, sino catalanes de pura cepa manresana.

“¡Oh, Barcelona!, ¡Qué gran burdel!”, resumió François Mauriac, francés, católico y premio Nobel de literatura. Esa fama viene desde el siglo XIX, cuando se la llamó la Sodoma y Gomorra de Europa y comenzó a aparecer en novelas, en la prensa internacional y en guías turísticas gracias al legendario Barrio Chino y a los espectáculos del Paralelo. Divulgada por intelectuales y artistas bohemios, todos los intentos de acabar con la prostitución fracasaron, incluso desde la Edad Media. Uno de los penúltimos fue antes de 1992 para ofrecer una imagen menos patética de la ciudad olímpica. Se cerraron algunos bares inmensos y casas de habitaciones por horas, pero fue peor el remedio que la enfermedad, porque las señoras salieron a faenar en la calle. El cénit del descontrol y degradación coincidió con el turismo barato masivo. Y entonces Ada Colau entró en el Ayuntamiento dispuesta a arreglar todo el mundo y la sexualidad humana.

Durante el debate de las ordenanzas que pretendían poner orden en este antiguo asunto, la Federación de Asociaciones de Vecinos acusó a la alcaldesa y a su concejala Laura Pérez de “frivolizar con la realidad de la prostitución en Barcelona”, y las apremiaron a elegir entre el modelo neoliberal alemán o el feminista abolicionista sueco. Colau tuvo que rectificar, retiró la palabra “regularizar” y la cambió por “trabajar sosegadamente” teniendo en cuenta a los colectivos implicados. Como la plataforma Putas Indignadas. Lo que indignó al vecindario de Ciutat Vella fue la idea de la concejala Pérez: les recomendó que se acostumbrasen a convivir con las prostitutas. No se lo han perdonado. Ni tampoco a su amiga feminista que en TVNodo3 afirmó: “El matrimonio es una forma de prostitución”.

Con la pandemia, el sórdido paisaje de la prostitución callejera se ha aligerado por el bajón de la demanda autóctona y foránea. Aun así, durante el confinamiento aumentaron la clientela de hoteles por horas y los servicios de visitas a domicilio. Ahora reabren lujosos locales y discretos chalés esparcidos entre Barcelona y ciudades vecinas. Y lo único que han aprendido Colau y sus asesoras es a tener la boca cerrada sobre este asunto y su enrevesada enmienda.

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