La misofonía, también conocida como síndrome de sensibilidad selectiva al sonido, es una hipersensibilidad que afecta a un gran porcentaje de los ciudadanos. El 87,4% de los barceloneses considera que es una ciudad ruidosa y el 37% confiesa que eso afecta a su estado de ánimo. Son datos de Informe Ruido y Salud DKV – GAES, y las consecuencias para ese amplio grupo de la población son desde el insomnio a las reacciones extremas, irritabilidad, rabia y ansiedad.

Esa vecina que llama insistente a la urbana cada vez que desvela o que tira cubos de agua, o ese vecino que se ha ido a vivir a la plaza del Sol y dice que ya no puede más, tienen razón. El ruido molesta y se desesperan.

Pero habría que pensar un poquito más allá, y es lo que me propongo hacer después de descubrir a la patrulla anti-ruido secreta que tiene montada el ayuntamiento cada noche de jueves, viernes y sábados de este verano, desde el 1 de junio hasta el 24 de octubre.

Son una especie de super-héroes del decibelio justo y afirmo que tiene que ser una patrulla secreta porque no he encontrado nada de información al respecto online tras horas de búsquedas, ni en las páginas del ayuntamiento ni en las de la Generalitat ni en un triste foro o Facebook. Si alguien tiene los datos oficiales de estas patrullas que pagamos los contribuyentes, ¡por favor que me informe!

No sé, quizás quieren pillarnos a todos por sorpresa... Son discretísimos, y lo que sí os puedo contar es que se dejaron interrogar con la condición de no revelar nombres. Y, cuando digo ellos, me refiero a una pareja de trabajadores temporales que forman parte de estas patrullas. Un grupo dedicado a apaciguar las calles patrullándolas a altas horas de la noche.

Su tarea es sencilla: caminan sin pausa por su distrito (hay varias parejas en cada distrito, se reparten las calles) de bar en bar y en los distritos de Gràcia y Sarrià son 8 personas.

Se apuntaron a una convocatoria de una empresa que tiene el encargo de organizar estos dispositivos, no tienen ninguna formación específica y están subcontratados por el ayuntamiento. No quieren darme tampoco el nombre de la empresa que les paga, por si acaso, ni lo que les han dicho que hagan, así que me limito a observar y charlar.

Su único equipamiento para este curioso trabajo consiste en un chaleco reflectante y unas piruletas. Si la lías, te las regalan para rogarte con amabilidad que no hables tan alto a la puerta de los locales, o en las plazas, o en el portal de tu casa. Resulta muy simpático, pero la otra cara de la moneda son las anécdotas menos agradables que acumulan tras cada fin de semana desde junio con este trabajito precario: les han insultado, amenazado, lanzado botellines

No es cómodo trabajar así, y encima cobran una miseria, sin plus de nocturnidad ni peligrosidad, están esto como podrían estar repartiendo flyers, pero peor, porque no les dan ni transporte ni botellines de agua para sobrellevar el calor y la caminata, ni ninguna preparación concreta para lidiar con posibles borrachillos que se envalentonen. Les han dado ya más de un susto, pero lo confiesan bajito, por si pasa la coordinadora, que se desplaza en bicicleta de una patrulla anti-ruido a otra.

Apuro el interrogatorio, la coordinadora pasará en cualquier momento, silenciosa y a pedales, y si les pillara sentados en el banco de una plaza sería un problema. Sólo pueden sentarse 15 minutos en las cinco horas y media de su turno, y hoy además de comentar el dolor de pies y el calor se permiten reflexionar conmigo sobre la ruidosa Barcelona nocturna: los que se han tomado más copas de la cuenta son como niños, pero con mal carácter, y tanto hombres como mujeres gritones suelen hacer más caso a las chicas de la patrulla si son ellas las que les ruegan que bajen la voz.

Con el chaleco reflectante se pasa un calor de muerte, me confirman, pero lo peor es no tener un triste lavabo en el que parar… Estos muchachos de la Campanya Soroll 2017 vienen meados de casa y tienen poco más de veinte años, muchas ganas de encontrar un trabajo más decente, y de momento les viene bien éste por el horario, idóneo para combinarlo con otras cosas y salir adelante. El tiempo vuela. Reflexionamos los últimos cinco minutos de descanso en la plaza sobre si no será cosa de la edad lo de que el ruido moleste, y ahí casi la liamos porque nos entra la risa tonta. Compartimos datos dignos del Muy Interesante: a medida que cumplimos años, pasamos menos tiempo en la fase REM y más en otras fases de sueño más ligeras, por lo que nos molestan más los ruidos, unido a los problemas urinarios o el síndrome de piernas inquietas de algunos insomnes, las malas conciencias y las preocupaciones económicas que no dejan conciliar el sueño…

Sí, sería genial vivir todo el año rodeados del maravilloso silencio de esos pueblecitos a los que vamos en verano de vacaciones. Pero no. Aquí seguimos, en la realidad de una ciudad habitadísima, quejándonos de los decibelios de Barcelona... Vale, es ruidosa, pero tampoco mucho más de lo que lo ha sido desde siempre cualquier gran ciudad, no nos engañemos, y el día que es uno el que hace ruido lo nota menos, lo malo es que sean los otros los que están de fiesta y tenga uno que madrugar... Pero el tráfico molesta mucho más y la gente ha ido adaptándose durante décadas a esta verdad clarísima: si quieres vivir en la ciudad, acepta que la ciudad no es un pueblecito de montaña. Y si no, intenta marcharte a la montaña.

En fin, a mí me encanta Gràcia, es festiva, cariñosa, peatonal y de calles estrechitas y edificios bajos y actividades al aire libre casi todo el año… Nada fuera de lo normal, valorémoslo, quizás si nos molesta más el ruido no es siempre porque haya demasiado… Lo único que quizás ocurre es que nos hacemos viejos, también los ayuntamientos.

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