Las ciudades adolecen de múltiples problemas en la actualidad y se enfrentan a muchos y diversos retos. Las crecientes desigualdades, la convivencia en el espacio público, la lucha contra la contaminación, los problemas asociados a la gentrificación, la falta de empleo de calidad… Todos ellos son problemas comunes a las grandes urbes y Barcelona no es ajena a estos retos.

Retos que es necesario abordar con determinación pero sin dramatismo. Y eso en un escenario en el que la contienda electoral parece querer imponerse en todo momento es complicado.

Gobernar requiere cierta paz y sosiego y hacer oposición requiere de altura de miras para impulsar con su trabajo a los gobiernos en la dirección que consideran adecuada. Viene a ser algo así como un gran pacto tácito entre unos y otros para mejorar la ciudad cada uno desde la posición que le hayan otorgado las urnas.

Cuando la oposición no entiende su papel las cosas se complican. Cuando las oposiciones beligerantes disparan a todo lo que parece puede darles algo de rédito electoral y hacen sangre de problemas globales como si fueran problemas derivados de la acción del gobierno de turno la situación se vuelve más complicada.

Cuando todo se vuelve cortoplacismo y cálculo electoral la confrontación ocupa titulares y esos titulares acaban condicionando muchísimo la percepción de la ciudadanía. En momentos complicados hay siempre dos formas de obrar. Arrimando el hombro o metiendo la zancadilla.

En plena pandemia algunos optaron por la segunda opción. Y eso sin duda propició que la confianza de la ciudadanía hacia sus políticos cayera en picado devolviendo esa confianza a niveles bajísimos solo comparables a los de las grandes crisis económicas.

Esa forma de obrar lleva a una sensación terrible que se instala entre la población. El desaliento. Y eso empieza a suceder también en Barcelona. Un cierto halo de desasosiego y negatividad empieza a instalarse entre nosotros. Y ante esa sensación es pertinente preguntarse aquello de ¿estamos tan mal?

Es cierto que la ciudad vive momentos complicados, pero no es menos cierto que vivimos un problema global sin precedentes. Y eso, aunque no sirva de excusa para todo, si debe servirnos como contexto para enmarcar nuestros razonamientos.

Barcelona, como el resto de grandes urbes vive problemas coyunturales y estructurales que debemos resolver. Problemas que debemos afrontar y que sin duda afrontaremos mejor sumando que dividiendo. Y en esta lógica es en la que deberíamos movernos.

En el corto plazo siempre surgen problemas que se deben solventar. Por ejemplo, en Barcelona ha sido y es necesario abordar problemas de inseguridad e incivismo.

El gobierno municipal ha querido ir a la raíz del problema combatiendo lo más preocupante (venta de alcohol a menores), pero muy probablemente la situación solo pueda resolverse con tiempo, concienciación y apostando por el incremento de policía en la ciudad (tal como está previsto con la incorporación de mil nuevos agentes de aquí a final de mandato).

Por otro lado tenemos un problema puntual de limpieza que también parece estar encauzado. 70 millones de euros destinados a refuerzo de limpieza y la paralización del puerta a puerta por el momento parecen esfuerzos suficientes para afrontar otro de los problemas coyunturales que nos atañen. Planificar, evaluar y corregir tiene sentido y es necesario en todas las políticas públicas.

Pero si hay algo que necesita de consenso y planificación son las soluciones a los verdaderos retos a largo plazo. Los problemas estructurales.

Barcelona lleva tiempo trabajando la diversificación de su economía, y en ese campo se están cosechando algunos éxitos que en muchos casos pasan inadvertidos y que a veces es importante recordar.

Barcelona lo está haciendo bien. Somos la gran ciudad de España que más rápido está saliendo de la crisis y la más preparada para los retos de la nueva economía.

Somos líderes en digitalización, con una visión inclusiva y se está trabajando para que el proceso de digitalización sea positivo para todos y no solo para aquellos que están más formados o viven de forma más acomodada.

Desde el Ayuntamiento se están realizando proyectos pioneros contra la brecha digital enfocados a la capacitación de todos aquellos ciudadanos que viven más alejados del mundo digital. El compromiso esgrimido desde el Ayuntamiento de formar a 5.000 programadores es una gran noticia para que los propios barceloneses puedan aprovechar las oportunidades que brinda el sector tecnológico. Un sector que propicia trabajo de calidad.

Y al final la película va de esto. Va de conseguir atraer empresas que nos permitan contar con puestos de trabajo bien remunerados. Va de que nuestra población esté lo suficientemente capacitada como para que no necesitemos importar talento y podamos dar salida al talento de la ciudad. Va de ayudar a las empresas a aprovechar entornos digitales. Va de estar preparados para un futuro que ya es una realidad.

El otro día se anunciaba que Microsoft había escogido Barcelona para ser sede de sus nuevos proyectos tecnológicos y de I+D. Esta noticia es sintomática de lo que ya es Barcelona. Según The Boston Consulting Group somos la quinta ciudad más atractiva del mundo para el talento digital y según el Financial Times una de las diez regiones del mundo con mejor estrategia de atracción tecnológica. Y esto es garantía de éxito a medio plazo.

Por eso hay motivo para la esperanza. Porque más allá de los problemas coyunturales de gestión que son comunes a la acción propia de un ayuntamiento, Barcelona tiene claro hacia dónde va y está haciendo los deberes para estar preparado para el mundo que viene. Un mundo que puede estar lleno de oportunidades o puede ser muy complicado en función de cómo nos hayamos preparado para su llegada. Y Barcelona parece estar preparada.

 

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