Después de analizar con detalle el Barómetro municipal puedo imaginar al alcalde de Madrid o incluso a su presidenta dando palmas de felicidad al ver que la actual alcaldesa volvería a ganar las elecciones. La lógica más elemental hace imaginar cuantos intereses habrán por mantener esta corriente populista al frente del  consistorio de la ciudad condal. Y es que claro, hoy miles de empresarios y  profesionales, tanto independentistas como constitucionalistas, abonan el altavoz de las bondades de Madrid con respecto a las miserias de la actual Barcelona que bate todos los récord en desequilibrio social.  

Son más de 5.000 empresas las que han decidido abandonar Barcelona porque, sinceramente, no le ven ningún futuro ni seguridad jurídica. Pero aquí, si que hay un cardinal donde discrepo absolutamente de mi compañero Javier Melero en su  artículo de La Vanguardia. Si algo ha conseguido la actual alcaldesa es crear una comunión entre los barceloneses que han decidido aparcar sus ideologías en pro de una propuesta ciudadana que aparte al populismo de cualquier responsabilidad pública. Tanto es así que el verdadero dato a tener en cuenta de este barómetro no es que la actual alcaldesa ganaría las elecciones, algo que pienso que es absolutamente improbable, sino que más de la mitad de los barceloneses no tienen a quién votar. Y es más, los barceloneses ya se han dado cuenta de que la verdadera kriptonita de Colau se llama unidad. Por eso, el único marco donde todos los pensamientos pueden confluir sin conflicto se llama gestión.  

Es imperativo que Barcelona abandone el marco ideológico y se centre en verdaderas políticas de gestión y promueva un nuevo proyecto social y económico que libere a la ciudad de este cautiverio de ruina y miseria. Es una obviedad la desconexión entre Barcelona y sus políticos, los ciudadanos se han desentendido por completo del liderazgo municipal, habida cuenta de la falta de un proyecto ilusionante. Solo hay que ver la histórica valoración de la alcaldesa para ver la magnitud de la tragedia.  

Lo que sí resulta hiriente, a todas luces, es ver una ciudad como Barcelona, que está años luz de cualquier otra ciudad europea, pueda llegar a ofrecer esta versión irreconocible y pusilánime que la aboca a su defenestración entre las grandes metrópolis de la Unión Europea.

Es manifiesto que Barcelona se juega su futuro en 16 meses, y deberá decidir entre ideología y pobreza o gestión y progreso. Solo el proyecto de la Gran Barcelona puede devolvernos al eje de las grandes capitales del mundo.

Ese es el verdadero desafío al que nos enfrentamos con el agravante que estamos ante el último tren para subirnos al liderazgo de las grandes metrópolis. En definitiva, posiblemente nos encontremos antes las elecciones municipales más importantes en democracia pues de su resultado depende el futuro de las dos próxima décadas de nuestra ciudad.

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