Hacia una Barcelona policial

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Francesc Arroyo

Francesc Arroyo

Periodista

Artículos de opinión del periodista Francesc Arroyo para Metrópoli Abierta, en los que el periodista opina sobre la actualidad de Barcelona

En menos de 10 días el Ayuntamiento de Barcelona ha adoptado varias medidas de difícil cumplimiento: la reducción de horarios en la calle de Enric Granados y zonas de Ciutat Vella y la prohibición de fumar en las playas y de circular para los bicitaxis. Que se sepa, no se ha producido una ampliación de la plantilla de la Guardia Urbana, parte de cuyos agentes están, además, de vacaciones. ¿Quién hará cumplir estas normas y evitará que haya botellones? ¿De dónde saldrán los vigilantes para aplicarlas, si ya en el resto de la ciudad faltan agentes para lograr que se respeten las antiguas?

Parece una tentación universal de las autoridades, las municipales y las otras: si algo no funciona se hace una norma que lo regule. No hace falta, sin embargo, buscar cómo aplicarla. Importa que se publicite su anuncio, que dé la impresión de que se promueven soluciones.

En el caso de las playas, conseguir que la gente no fume va a ser muy complicado. Se puede, por supuesto, pero también es factible que la gente no se cuele en el metro, que los patinetes no vayan por las aceras o que los jóvenes no utilicen la tarjeta rosa de los abuelos y, de momento, no se consigue. La protesta de los tabaquistas está asegurada. Y se comprende, porque en esas mismas playas, de noche, se puede fumar lo que se quiera, beber mientras el cuerpo aguante y vomitar sobre la porquería acumulada. ¿Habrá guardias para evitar esas noches locas o como está oscuro y se ve poco se hará la vista gorda, como se ha venido haciendo hasta ahora? Tendría cierta guasa que se pudiera fumar bajo la luna pero no a la luz del sol.

Buena parte de la suciedad que se acumula en las playas no la producen los bañistas sino las juergas nocturnas que, además, acostumbran a ser más que ruidosas.

Hubo un tiempo en el que en los vagones de Renfe se podía leer cartelitos con la prohibición de asomarse al exterior. Vivía el dictador (y vivían muy bien los que se aprovechaban de ello), así que todo el mundo entendía que el exterior no era sólo el del tren, sino que incluía el mundo entero en el que se daban prácticas aquí proscritas. No estaría de más que el consistorio se asomase de vez en cuando al exterior. En Alemania, conscientes de que la masificación de las playas acaba siendo un problema serio, han empezado a cobrar por su uso en algunas del Báltico. Los bañistas abonan un tiquet similar al de los aparcamientos por la ocupación de la arena. Así ocurre, por ejemplo, en las de Travemünde, la pequeña ciudad de veraneo, vecina de Lübeck, en la que Thomas Mann decía haber pasado los mejores días de su vida. Eso sí: la limpieza es apreciable y los servicios públicos se mantienen en aceptables condiciones. A su ayuntamiento le cuesta un dinero, pero parte del mismo sale de los bolsillos de quien utiliza las instalaciones, sean éstos lugareños o turistas. Pago por uso, no por vecindad.

En Barcelona hay muchos residentes que han desertado de los baños de sol y de agua del Mediterráneo, entre otras cosas por la alta densidad de personal y, también, por un entorno que no hay Guardia Urbana que pueda llegar a controlar. No porque no pueda o quiera, es que harían falta regimientos para evitar la venta ambulante de productos de higiene dudosa, las actividades de los descuideros y, ahora, los que fuman.

Si se mantiene la tendencia, al final se acabará creando una sociedad policial, con tantas normas que hará falta al menos un guardia para cada ciudadano y otro en cada esquina para vigilar a los propios guardias. Y el consistorio sabe que para estas tareas sólo puede contar con las propias fuerzas, porque las de los Mossos tienen otras funciones, la mayoría de ellas fuera de la ciudad y del área metropolitana. Ya lo dejó claro el consejero del ramo, Joan Ignasi Elena: el problema de Barcelona no es la inseguridad, sino el incivismo. Como todo el mundo sabe, en las otras poblaciones catalanas el civismo es norma absoluta. Toda la Cataluña rural es buenísima, de misa y comunión, como Oriol Junqueras. O como Jaume Roures y Mónica Terribas, a quienes han descubierto comiendo con el comisario Villarejo, gran amigo del catalanismo, a condición de que pague bien.

Ahora bien, si la Cataluña periférica está llena de bondad, ¿por qué no concentrar todos los Mossos en la capital del pecado: la Barcelona charnega que presenta actitudes inaceptables, como no votar a ERC, el partido que acogió a Elena cuando fracasó en el PSC? Y ya de paso, que pongan vallas electrificadas para evitar que los barceloneses ocupen los espacios reservados a los turistas.

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