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El empeño del nacionalismo por eliminar el castellano de Cataluña pese a lo que dice la Constitución y el Estatuto de Autonomía, además de las sentencias judiciales, se ha convertido en una causa que arrastra no pocos militantes. El final no podrá ser el que persiguen, obviamente, como tampoco podrán salirse con la suya quienes desearían ver desterrado el catalán de Cataluña.

Son dos batallas condenadas al fracaso que de cuando en cuando nos brindan algunas escaramuzas significativas, pero de poco recorrido, como la que se ha producido a raíz de la torpe intervención del presentador de Atrapa’m si pots, en el capítulo de una serie para niños de TV3, producida por Mediapro, la empresa del magnate independentista Jaume Roures, que se grabó en Zaragoza hace un año y que se emitió el domingo pasado.

Es un programa en catalán que se centra precisamente en la destreza de los niños para dar con la palabra exacta de la definición que lee el locutor. Por lo tanto, es obvio que la respuesta válida no puede darse en otro idioma. Pero Llucià Ferrer, el conductor, no se limitó a dar por mala la contestación; se mofó de Jùlia, la niña de 13 años que había pedido permiso para decirlo en castellano, “trigo”. “No, aquí eso si que no”, respondió muy en su papel. “Trig”, añadió con una sonrisa parodiando a la cría.

Ferrer debe ser uno de esos guardianes de la lengua que te encuentras en tantos lugares de Cataluña, esos que convierten el idioma en la causa de su vida, una misión apostólica, como hacían 60 años atrás los jovencitos a los que los curas y las monjas les comían el coco con la conversión de los negritos de África a la verdadera y única fe.

¿Qué trabajo le costaba al susodicho misionero de la lengua ayudar a Jùlia, nerviosa como estaba, a que diera con blat? Ninguno. Le pudo más su falta de sensibilidad y su militancia. Ayer, la madre de la niña estuvo a punto de recriminárselo durante la entrevista que le hizo El món a RAC1. "Por los puros nervios, le podría haber salido en inglés", dijo justificando a su hija. Thaïs, una señora inteligente, no se atrevió a meterse en ese jardín sin que le invitaran, como tampoco quiso hacer hincapié en el papel de TV3, que no frenó la difusión del vídeo de Jùlia.

La pregunta que queda en el aire es si el trabajo de un presentador de televisión consiste en burlarse de una niña de 13 años porque acierta con la definición pero no da con el idioma de los varios que conoce. ¿Qué estaría diciendo esa gente que ahora se lleva las manos a la cabeza si Roberto Leal, de Pasapalabra, se jodiera de una pequeña por decir blat en lugar de trigo?

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