El líder socialista de Barcelona estuvo rápido. Gracias a él supimos que VOX había reservado con testaferros el Palau Sant Jordi. Colau estaba a por uvas y se sacó de la manga una excusa barata para evitar que los ultraderechistas, una forma amable para no calificarlos de fascistas, ocuparon este lugar emblemático de la ciudad. Santiago Abascal, el nuevo José Antonio, se puso furibundo en twitter acusando a Collboni, nada más y nada menos, de estalinista. El desconocimiento de la historia por parte del iletrado Abascal es en dos palabras, citando a Jesulín de Ubrique, im-presionante.

Un pequeño repaso de la historia pone en escenarios diferentes a los socialistas y a los estalinistas. Básicamente, porque todo aquel que defendiera un socialismo democrático desaparecía, casi siempre, de forma abrupta. No sorprende que los “fachalecos” confundan socialismo con estalinismo porque también confunden democracia y fascismo. Para ellos, la democracia sólo es un buen elemento para aprovecharse e infiltrarse en las estructuras políticas recuperando aquella España negra que muchos pensábamos que se había superado. De momento, tendrán que poner imaginación porque el Sant Jordi no estará a su alcance. Por eso, gracias Collboni.

El líder socialista está remando en esta larga campaña contra corriente. En estos cuatro años, ha recuperado posiciones. Al menos esto cuentan las encuestas. Sin embargo, todos juegan a comerle el terreno. Los republicanos de Maragall, los Comunes de Colau y los descafeinados Ciudadanos de Valls le disputan ese electorado de centro izquierda que durante años y años dieron apoyo a los socialistas. Collboni no lo tiene fácil, pero de su resultado depende la gobernabilidad de Barcelona. Sin Collboni, Barcelona lo tiene chungo. Su gobernabilidad casi será un oxímoron que obligará a repetir el fiasco de estos últimos cuatro años y la anodina alcaldía de Xavier Trías. Collboni ha cogido la bandera del “voto útil” para salvar Barcelona de un nuevo período de oscurantismo político que encoge la Barcelona cosmopolita reduciéndola a una gran ciudad provinciana que tiene miedo de sí misma.

La última responsable de esta lamentable fotografía fija de nuestra ciudad, Ada Colau, ha soltado lastre en estos días. Ha puesto un “indepe” al frente de los Comunes en las generales, Jaume Asens, intentando no perder votos en el electorado estelado aunque dejando de lado a sectores que le dieron su apoyo en 2015, y se ha librado de Pisarello, el peor teniente de alcalde que ha tenido la ciudad, incapaz de tejer complicidades con la oposición, colocándolo de número tres en una lista de retales que ha perdido la frescura sin un Xavier Domènech que dio un portazo harto de las polémicas continuas y, las más de las veces, estériles.

Ahora, la alcaldesa con el objetivo de revalidar la alcaldía, y de paso salvar a los Comunes de una crisis sin precedentes, intenta hacer una lista para gobernar olvidando veleidades que no sirven para mantener a Barcelona en la primera división. Tan ocupada estaba en estos menesteres que casi VOX marca un gol a Barcelona. Suerte que Collboni estaba al quite aunque Abascal lo tilde de estalinista.

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