Lo primero que hizo Colón al fundar La Española, el primer enclave español en el Nuevo Mundo, fue guardar cama unos días para sacarse un gripazo de encima. Mala señal. Cuando los españoles pisaron las islas del Caribe por primera vez, llevaban consigo los bacilos de la viruela, el sarrampión, la gripe, la peste bubónica, la fiebre amarilla y el tifus, que América, aislada del resto del mundo durante miles de años, nunca había conocido. El resultado de ese cóctel de microbios fue espantoso. Con la viruela en cabeza, estas enfermedades diezmaron a la población indígena. En algunos lugares del continente, pereció el 95 % de la población, que se dice pronto.

Aunque la propagación de estas enfermedades fue involuntaria y enfermaban tanto nativos como conquistadores, faltó tiempo para sumarla a la Leyenda Negra. Poco se habla, sin embargo, de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, o expedición Balmis, sufragada por Carlos IV, que se considera la primera expedición sanitaria internacional de la historia, cuyo objetivo era la vacunación masiva contra la viruela en la América española. Jenner, el inventor de la vacuna, elogió así la expedición: «No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este».

Esto viene a cuento porque la historia es como la vida misma: compleja. Además, nos gusta complicarla. Por eso existe la historiografía, que estudia la manera en que interpretamos la historia, una ciencia apasionante. Nuestra perspectiva histórica cambia con el devenir de los años y eso explica por qué nos gusta tanto cuestionar a los héroes de antaño. La crítica siempre es sana y bienvenida, pero cuando se convierte en dogma, entonces mejor será mantener las distancias, por simple precaución.

Ahora mismo, está aflorando una corriente revisionista un tanto curiosa. La efigie de Antonio López, marqués de Comillas, fue retirada de la vía pública por el Ayuntamiento, pero ahí sigue el señor Güell, en la Gran Vía con Rambla de Catalunya, intocable, y permanecen los restos de ese ejercicio de especulación inmobiliaria que fue el parque Güell sin que nadie diga ni mu. López y Güell comparten los orígenes de las grandes fortunas de la burguesía catalana: el contrabando de licor y el tráfico de esclavos. ¿Por qué López es expulsado de la vía pública y Güell permanece? ¿Por el apellido? Alguien tendría que explicármelo bien.

Y más que surge, resurge, el asunto de la estatua de Colón. Todavía recuerdo cuando, pequeñito, me llevaron al mirador… Pero no quería hablar de eso. Resulta que unos la quieren tirar y otros sostener, por no sé qué del imperialismo, aunque todos callan cuando una parada de la línea 4 del metro se llama Jaume I.

Existe una tropa de gente que abraza con los ojos cerrados las tesis del Institut Nova Història sobre la catalanidad de Colón… perdón, Colom. Catalanísimo, el genovés, ¡sin duda! ¿La conquista de América? ¡Una empresa catalana! Toda, de arriba abajo. Pero ahora, justo cuando se cuestiona la presencia del marino en la vía pública, esa misma tropa de gente que ha dicho una cosa dice otra: mira qué malos son los españoles, qué horror la conquista de América, qué vergüenza, hay que ver Colón qué malo era… Navegando entre ambas aguas estaría nuestra alcaldesa, que se inclina por plantar al pie del monumento «una explicación crítica» que seguro que molestará a ambas interpretaciones históricas.

La historiografía haría bien en interesarse en este primer ejemplo de historia cuántica, nacido en Cataluña. El marino genovés sería un poco como el gato de Schrödinger: o Cristòfor Colom, un catalán ilustre de mucho lustre, o Cristóbal Colón, un oscuro sicario del Estado español, y ambas cosas a la vez y al mismo tiempo hasta que uno no abre los periódicos para ver qué toca hoy, si a o be.

¿Saben cuál es el problema? Me la juego a que el próximo presidente de la Generalitat abraza las tesis terraplanistas del Institut Nova Història. Eso diría tanto sobre el país en el que vivimos y las gentes que nos gobiernan que sobran las palabras. Estaría en la línea de su ilustrísima, el cardenal Cañizares, del magnífico rector de la Universidad Católica de Murcia o de los celebérrimos Miguel Bosé o Enrique «Microchís» Bunbury, que sostienen que la epidemia de covid-19 estaba programada y que todo es un plan conchabado entre Satanás, Bill Gates y la tuna de la Facultad de Derecho para dominar el mundo. Falta meter en el saco de los imbéciles al ínclito señor Pàmies, el de la lejía, que ha sido subvencionado por un diputado de JxCat con el dinero que, en teoría, sus señorías destinaban como obra de caridad para combatir la epidemia.

Todo este asunto daría para muchas risas si no hubiera vidas en juego.

 

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