Se acaba de celebrar en nuestra querida ciudad una nueva edición del Mobile World Congress y su director, John Hoffman, ha vuelto a exhibir una paciencia digna del santo Job. Como todos sabemos, ciertos sectores de la sociedad suelen hacer coincidir sus paros con el congreso de marras: un año se ponen en huelga los taxistas -apaciguados ahora por la expulsión de Uber y Cabify de Barcelona, algo que no ha sucedido, que yo sepa, en ningún otro sitio-, al siguiente les toca a los trabajadores del metro y así sucesivamente. Si lo que queremos es que el señor Hoffman se vaya con el Mobile a otra parte, la verdad es que lo estamos haciendo muy bien: nada irrita más a un congresista que quedarse colgado en Hospitalet mientras un grupito de CDR le da la tabarra con la independencia de Cataluña y trata de deslizarle en el bolsillo de la chaqueta algún panfletillo al respecto, redactado generalmente en un inglés voluntarioso.

Por si no hubiera bastante con los taxistas y los del metro, las autoridades locales, que deberían dar ejemplo de unidad, se dedican a esquivar al jefe del estado, el rey Felipe VI, cosa que no debe haberle pasado inadvertida al señor Hoffman, quien no debe estar acostumbrado a este tipo de charlotadas. En ese sentido, la edición de este año se ha llevado la palma. La alcaldesa, que es republicana y bisexual, participó en la cena de inauguración del congreso, pero se saltó el besamanos real -poco antes se había cargado la calle Príncipe de Asturias, renombrándola con un término más nostrat, aunque de connotaciones algo cazurras, que ahora mismo no recuerdo-, para demostrar que ella no rinde pleitesía a las testas coronadas. El presidente subrogado de la Generalitat hizo lo propio, perfeccionando la jugada al negarse a acompañar al rey hasta el stand de España, aduciendo una importante reunión con no se sabe quién. El rey, por su parte, al comprobar que en el stand de Cataluña no había nadie para recibirle, optó por saltárselo. Intuyo que, a estas alturas, el señor Hoffman ya no debía entender nada de nada.

Pedirles a Torra y a Colau que cumplan con el papel que les toca en este tipo de paripés es una pérdida de tiempo, pero se agradecería un poco más de educación y de respeto al protocolo en un evento que se desarrolla en Barcelona, pero afecta a toda España y, si me apuran, a todo el planeta. Mientras se aborda el trascendental asunto de la tecnología 5G, nuestros principales mandamases se dedican a jugar al gato y al ratón con el jefe del estado. Y lo hacen en presencia del responsable de que el Mobile se quede unos años más en Barcelona u opte por salir pitando en busca de otro sitio en el que los políticos no parezcan críos de siete años.

Cada vez que veo a John Hoffman diciendo que todo va estupendamente en Barcelona y que tenemos Mobile para rato, hay algo en su actitud que me hace desconfiar. Las palabras se las lleva el viento, y tengo la impresión de que el amigo Hoffman no ve la hora de huir a una ciudad en la que la gente no se ponga en huelga durante el congreso y los políticos sepan comportarse. Llámenme cenizo, pero es lo que yo haría en su lugar.

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