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Llevo unos días, casi semanas, fuera de Barcelona. Yo que he nacido en el centro de la capital puedo escribir desde la tranquilidad y el silencio de la distancia que tengo miedo a volver. La imagen pública de mi ciudad estos días está plagada de violencia. Creo no es la ciudad que conozco.

Imaginen sí alguien como yo --esta columna citará más de una vez mi persona porque este es un relato bien personal-- nacido en Barcelona, con decenas de años de mi vida desarrollada en las calles del ahora 'conflicto', piensa así. Qué pensará aquel que por primera vez vaya a poner sus pies en Barcelona. En los tiempos de redes sociales las informaciones negativas, en forma de noticias y vídeos, fluyen como nunca. Nuestra ciudad, Barcelona, suma todo menos buenas nuevas.

Reflexiono desde la distancia: ¿el problema siempre ha existido?, o ¿ahora es mayor que nunca? Recuerdo que a mi me han atracado o intentado robar un mínimo de tres veces. Una de adolescente. Eran tan burro que al enseñarme la navaja le dije al fulano, supongo un poco mayor que yo, que no "me tocara los huevos que tenía prisa". Ya superados los veinte me abrieron el coche mientras estaba subido en la acera en l'Eixample –era una práctica fea pero no perseguida por la urbana ni imposible por las terrazas como ahora--. Ya saben. El típico fulano que te pica al vidrio y pide una calle mientras un compinche te abre la puerta del copiloto. Un grito me alertó y creo fue la ultima vez que corrí mas de 100 metros seguidos. En plan película de Nueva York. Todo por una cazadora que tiraron al suelo cuando les estaba a punto de echar la mano encima. A veces pienso que hubiera pasado si los hubiera cogido. Supongo otra burrada mía correr gritando por calle. Hoy enviaría un tuit y corriera otro.

La última contable, hace una decena de años, por el paseo de la playa de la Barceloneta. El método el mismo. Esta vez cerré la puerta del coche al ver por el retrovisor como se deslizaba el compinche malote. Al final, por experiencia cuando ciertas personas te pican el vidrio preguntando por calles extrañas miras a todos lados. Subí vidrio, supongo puse cara de borde y se fueron por una presa más comprensible. Por cierto, he dicho intentos contables porque curiosamente hace menos, quizás un par de años, tuve algo diferente. Había cenado con mis hijos y pareja por el casco antiguo, una de esas plazas cerca de la ronda Sant Antoni, cuando un grupo de adolescentes nos rodeó.

Como somos mucho de películas hicimos un general Custer a lo Little Big Horn mientras los nuevos malos, todos menores hablando en un lenguaje ininteligible –tamazigh--, rodeaban nuestra posición. Bolsos al cuerpo, móvil y cartera bien escondidos en los bolsillos, y una sólo frase para alejarlos. “Coño no somos turistas, ¡sois idiotas o qué!”. Obviamente con cara de controlar la situación. Sin lugar a dudas otra burrada de riesgo. ¿Quizás sólo querían conversación? En fin...

Uno reflexiona que es triste para muchos barceloneses que para sobrevivir a los atracos, últimamente en la ciudad, simplemente no debas ser ni parecer turista. Renegar de aquellos que han transformado una capital de provincia en lo que dicen ser una gran ciudad europea. Algunos creemos que quién aporta riqueza debe protegerse. Sin los turistas nadie dude que volveremos al ser el pueblo que seguramente nunca hemos dejado de ser. Gracias Ada Colau por enviarnos al pasado. Por volver a esa Barcelona de mi adolescencia donde un chillido servía más que unos políticos, una policía y una Justicia eficaz. Una ciudad donde hacer burradas irresponsables era la forma de sobrevivir. Bienvenidos a hace 40 años, a hace 100 años, a la Barcelona de siempre.