ARCHIVADO EN:

El cara a cara entre Ada Colau y Manuel Valls en el programa Salvados volvió a recordarles a los candidatos lo importante que es el gesto en televisión. No sólo cuando uno parlamenta y emplea sus manos y expresiones faciales para dar validez e importancia a aquello que defiende y argumenta, también cuando se escucha y atiende al adversario. Una mala cara o plano de escucha puede hundirte. Así ocurrió en 1992 cuando George Bush padre comprobó su reloj de muñeca en dos ocasiones mientras Bill Clinton trataba de interactuar con él. Bush no quería estar en aquel lugar y deseaba largarse cuanto antes. Él mismo lo reconoció tiempo después. De hecho, fue debido a una original campaña del equipo de Clinton por lo que el presidente de EEUU se vio en la obligación de asistir a aquel cara a cara pese a haber rechazado la oferta en múltiples ocasiones. Los demócratas contrataron a un hombre gallina para que persiguiera al republicano a cada mitin o acto que fuera y, a modo de cobrador del frac, lograron su propósito. 

Anoche, al ex ministro primer ministro galo también le traicionó el plano de escucha. Fue ya en el tramo final, cuando discutían sobre si Isidre Fainé se merecía una calle por ser banquero. Colau que tenía el turno de palabra fue interrumpida por Valls y la alcaldesa se lo reprochó. Y aunque Valls le diera la razón verbalmente, el gesto de burla inmediato que se dibujó en su rostro contradijo la deferencia. Primero recogió sus manos en la barbilla (vale, ya me porto bien) e hizo morritos como si resoplara (menudo carácter tienes, chica). Después, sonrió hacia abajo (indiferencia), ventiló con las manos (vale, habla tú), sonrió con sorna y levantó la barbilla (orgullo). 

Una de las críticas habituales que se le hacen al programa de Jordi Évole es la postrealización y edición de las entrevistas y, en el caso que nos ocupa, los careos. Porque así como sí nos permitieron ver la cara de escucha de Valls, no pudimos advertir la reacción no verbal (¿de horror?) de la alcaldesa en momentos delicados como cuando Valls defendió a Juan Antonio Samaranch. De Colau sólo se escuchaba por lo bajini un "madre mía" a cada propuesta de su adversario. 

Intensa como acostumbra, el acelere en el habla habitual de Colau cuando está bajo presión se hizo más patente ante Valls. Pese al miedo que generan los silencios en la comunicación, las pausas en el discurso de un político deberían ser bendecidas pues demuestran seguridad en lo que se está verbalizando (dejar un tiempo para que el mensaje sea analizado y asumido). Mientras, Valls mantuvo un mismo gesto durante todo el combate: el de súplica (por favor, escúchame; por favor, cómo puedes defender eso...).

Fue evidente que a la Colau alcaldesa ya no le será tan fácil esta campaña electoral como la de hace 4 años cuando era activista. Cuando Évole le recordó las voces que la acusan de "ambigüa", lo negó: "Creo que no lo he sido". Sin embargo, se le escapó la risa...