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Ada Colau vive del conflicto, de la gesticulación y la perenne necesidad de combatir a enemigos externos, ya sean políticos, periodistas, empresas, vehículos o lo que haga falta. Alcaldesa activista de Barcelona con los votos prestados de socialistas y Manuel Valls, la primera edil combate su incapacidad para gestionar los problemas reales de los barceloneses con compromisos ideológicos ajenos a los que saca punta para contentar a sus fieles.

En tiempos difíciles como los actuales, con altos índices de criminalidad en una Barcelona con demasiadas desigualdades, Colau esquiva la realidad, tal vez porque le resulta anodina y absurda, y se entretiene con sus paranoias. Sin nuevos referentes políticos y con Podemos agrietándose por todas las costuras antes del 10N, la alcaldesa de Barcelona padece ahora el Síndrome de Greta Thunberg, la activista medioambiental sueca de 16 años que ha retado a Donald Trump en la última cumbre del cambio climático celebrada en la sede de la ONU, en Nueva York. A ambas les une un ego muy subido y su afán de notoriedad. Colau, sin embargo, ya sabe qué es el poder.

Colau simula ser una mujer del pueblo, pero siempre ha vivido cómodamente, sin dramas ni penurias para llegar a final de mes. Y mucho menos como alcaldesa. En su segundo mandato se ha subido el sueldo un 40% (ahora gana 900 euros mensuales más que hace un año) y cuesta verla en un transporte público si no es con foto mediante, como hizo el pasado 8 de marzo (día de la mujer trabajadora).

El metro, con apretujones, retrasos y amianto, ya no es del agrado de Colau, que se desplaza con coche oficial por Barcelona. Normal, tratándose de la máxima autoridad de la ciudad. No tan coherente es su obsesión con los vehículos motorizados y las medidas restrictivas que aplicará el gobierno municipal, especialmente gravosas para los ciudadanos con menos poder adquisitivo. Las medidas disuasorias, en cualquier caso, exigen el compromiso de potenciar el transporte público en Barcelona. El margen de mejora es importante, pero la alcaldesa no asume compromiso alguno.

Colau no sabe cómo transformar el modelo productivo y económico, pero se explaya con su deseo de terminar con el diésel, de eliminar el embalaje de alimentos con plásticos y de limitar los vuelos. Soluciones no tiene, pero de ilusiones e ideas va sobrada, tal vez porque ejercita mucho su mente mientras se desplaza con su chófer y su séquito de seguridad. Mientras su coche saca humo, aunque no tanto como el de Eloi Badia, Ada sueña con cambiar el mundo y desafiar todas las fuerzas del mal. Como Greta Thunberg.