El franquismo y el actual nacionalismo catalán no son los únicos regímenes políticos que se empeñan en salvar al ciudadano de sí mismo: el colauismo va en la misma dirección, pero con una excusa supuestamente progresista. Ahora que los bares pueden intentar rentabilizar sus terrazas, Ada ya amenaza con reducirles el espacio. En unos momentos en los que el transporte privado resulta más seguro que el público, Ada mira con malos ojos el llamado moto sharing y contempla la posibilidad de reducir el parque de motocicletas barcelonés, pues de los coches ya se encargó su fiel Janet Sanz cuando dijo que, después de la peste bubónica, habría que repensar la industria automovilística: de momento, otros la están repensando por ella, como demuestra la aparente intención de Nissan de llevarse a otra parte la planta de Barcelona, dejando en la calle a un montón de trabajadores, entre empleos directos y derivados.

No creo que la señora Sanz coseche muchas simpatías entre todos los que se van a quedar en la calle, pues antes de que su empresa decidiera prescindir de ellos, tuvieron que aguantar que un alto cargo del ayuntamiento les dijera, más o menos, que se ganaban la vida de una manera indigna y poco sostenible (desde la tranquilidad que le confería tener garantizado el puesto de trabajo por unos años).

Como el franquismo y el nacionalismo, el colauismo es didáctico y sabe mejor que la gente lo que a la gente le conviene y no le conviene, aunque parezca que sí. El colauismo también brilla a la hora de decir una cosa y la contraria: si Sanz clama por la desaparición de la industria del automóvil en Barcelona, Colau debe salir en defensa de los pobres obreros a merced de los caprichos financieros de unos orientales sin escrúpulos. El hecho de que una cosa sea incompatible con la otra no es un problema para el colauismo, que, en el fondo, sabe que los obreros de la Nissan serían mucho más felices cultivando huertos urbanos, de la misma manera que los usuarios del moto sharing mejorarían su calidad de vida caminando o tomando el autobús y los holgazanes de terraza deberían abandonar sus hábitos sedentarios y dedicarse al jogging.

Los nacionalistas suelen quejarse de que la Generalitat no es más que una gestoría, cuando debería ser el gobierno único de su nación milenaria. Yo, por el contrario, cada día estoy más convencido de que todo gobierno debería aspirar a ser precisamente una gestoría, ahorrándonos su ideología, que de eso ya tenemos todos los ciudadanos. De hecho, para mí sobra ideología en los poderes públicos. Y falta eficacia a la hora de resolver problemas y ordenar la convivencia. A mí me parecería estupendo que el gobierno autónomo, el nacional y el europeo fuesen sendas gestorías en las que primara el sentido común y se nos ahorrara la moralina de derechas o de izquierdas. Vistas las desgracias que las grandes ideologías salvíficas aportaron al siglo XX, es mejor que se practiquen en privado, dejando para la esfera pública la mera gestión razonable y humanitaria de la realidad social.

A un nivel local, yo no necesito que la alcaldesa haga todas esas cosas que hace por mi bien, como quitarme mesas de las terrazas de los bares, obligarme a andar o a usar el transporte público si no me apetece y, en definitiva, impartirme unas instrucciones de vida que no le he pedido. Me conformaría con que gestionara la ciudad de la manera más eficaz posible y me ahorrara las consecuencias de su visión moral de la existencia. Después de aguantar a los franquistas, a los curas y a los nacionalistas, me he quedado sin paciencia para soportar a los supuestos progresistas que saben mejor que yo lo que me conviene. Vivan, pues, las gestorías locales, nacionales e internacionales y arrójense ellos mismos al basurero de la historia todos los moralistas pelmazos empeñados en lo que ellos consideran mejorar la sociedad.

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