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Manuel Valls ganó el cara a cara con Ada Colau, no tanto por sus innovadoras propuestas sino por los deméritos de la alcaldesa, a la defensiva y demasiado nerviosa desde el minuto cero. En el Salvados de Jordi Évole, Colau naufragó porque no aportó soluciones a los grandes conflictos de Barcelona. El suyo no es el discurso de una buena alcaldesa, sino el de una activista que desliza los argumentos que quieren escuchar sus votantes, alejado de las necesidades reales de los ciudadanos.

Colau y Valls apenas coincidieron en citar a Pasqual Maragall como el mejor alcalde de Barcelona. Y ambos recordaron el día que la Ciudad Condal fue elegida para organizar los XXV Juegos Olímpicos de la era moderna. El ex primer ministro francés recordó su caso particular, mientras que la alcaldesa se mostró menos efusiva, tal vez porque en su formación muchos rechazaron un evento que transformó y modernizó Barcelona. Significativa fue la deslucida celebración del 25 aniversario de los Juegos. A Colau, ya se sabe, nunca le han gustado los grandes eventos, se llamen Juegos Olímpicos o Mobile World Congress.

Valls sorprendió a Colau cuando aplaudió su gestión contra los pisos turísticos ilegales. La alcaldesa, sin embargo, se puso muy nerviosa cuando su contrincante deslizó los graves problemas de seguridad que padece Barcelona y, sobre todo, cuando denunció la permisividad con los manteros.

La defensa de Colau fue torpe. Habló de un problema humano que no negó Valls, pero palideció cuando el político de Horta le recordó el gran perjuicio que causa el top manta al comercio barcelonés. Y, sobre todo, cuando explicó que, personalmente, ha hablado con muchos manteros, de origen senegalés. También decepcionó la primera edil con su discurso de la inseguridad. Nada dijo de los 500 delitos que se cometen cada día ni de dotar a la Guardia Urbana de más efectivos y culpó a la Generalitat por no desplegar más mossos en Barcelona.

La manida denuncia a Valls de que es el representante de las élites también tuvo un efecto bumerán para Colau cuando el líder de la plataforma Barcelona, capital europea le citó los casos del Liceu, del modernismo, del Palau de la Música, etcétera.

El debate sobre la cuestión identitaria también dejó retratado a Colau. Mientras Valls fue claro y abogó por un pacto constitucionalista, la alcaldesa se mantuvo en su calculada ambigüedad. Tras proclamar que no era independentista, defendió la colocación de lazos amarillos y cuestionó la justicia española.

Colau salió más airosa en el debate sobre la vivienda y el turismo, tal vez porque Valls comenzó algo dubitativo. A medida que se fue entonando, sin embargo, el ex primer ministro demostró tener mucho más empaque que la alcaldesa, encantada con el debate para contrarrestar los últimos sondeos que confirman que no será la candidata más votada y que perderá representación en el Ayuntamiento. Sus recetas, sin embargo, están caducadas, como su obsesión con algunas empresas y personas que han situado a Barcelona en el mapa de las grandes ciudades.