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​Barcelona ha vivido la peor semana de su historia y ya veremos cómo evolucionan los acontecimientos. La Generalitat está demostrando que es incapaz de dar una respuesta. Por un lado, se criminaliza a los Mossos y, por otro, nadie se atreve a romper la baraja porque las elecciones están a la vuelta de la esquina. El Govern está renqueante y desunido, incapaz de gestionar el cabreo de los independentistas, que ya pasan de los partidos tradicionales, e incapaz de dar una respuesta a los ciudadanos que no quieren manifestarse y que ven asombrados y temerosos como los violentos se hacen con la calle.

Mientras, nuestra alcaldesa es víctima de sus propias contradicciones. Iridia, el equipo de abogados que defiende a los “muy demócratas manifestantes” y acusa de “desproporción” a la policía, es, nada más y nada menos, que el “bressol” dónde creció su candidato a las generales, Jaume Asens. Ada Colau en estos días ha pedido que no queden “impunes” las agresiones de los Mossos, aunque no la hemos oído pedir que se investigue a los energúmenos que lanzan piedras, queman barricadas, destrozan el mobiliario urbano para utilizarlo como arma arrojadiza, que van pertrechados a una manifestación con cócteles molotov, líquidos incendiarios o material para lanzar rodamientos de acero. También en estos días, la primera edil se ha negado a ir a una reunión con Torra para evitar hacerse la foto sumisa y cabizbaja al lado del presidente “marciano” de la Generalitat, y se ha reunido con Torrent y la sociedad civil, aunque esa sociedad civil tiró horas antes por la calle del medio emitiendo un comunicado contra la violencia firmado -por primera vez en años- por las patronales y los sindicatos. Y el culmen de su preocupación fue pedir una reunión de Torra y Sánchez para que dialoguen.

La pregunta es sobre con qué Torra tiene Sánchez que dialogar. Con el Torra que afirmó en sede parlamentaria que convocaría un nuevo referéndum quiera o no el Estado, o con el Torra que es incapaz de unidad de acción con su propio gobierno. Colau está atenazada y con los movimientos mermados. No es suficiente salir a hacer una declaración con cara compungida. Los ciudadanos piden que el Ayuntamiento dé la cara y tome decisiones.

Lo único que funciona es la coordinación con el resto de cuerpos y fuerzas de seguridad, aunque el consistorio parece que está de perfil. Los guardias urbanos se han convertido en brigada de apoyo a los grupos de limpieza y se limitan a redirigir el tráfico que los independentistas cortan con una cierta impunidad y permisividad. Ni siquiera Colau ha ido a ver a los heridos. Marlaska lo hizo el sábado y el domingo acudió al Hospital del Sagrado Corazón el regidor Albert Batlle. El lunes Pedro Sánchez. Colau no, aunque al menos no ha hecho el ridículo de Torra que acudió a Sant Pau a reunirse con los médicos que atienden a los heridos, pero no se rebajó a ir a verlos.

Colau se ha hecho en estos días una foto fija. Quiere poner huevos en todas las cestas y no tomar decisiones, y se le han hecho todos tortilla. Ha ido compareciendo ante los medios por la fuerza, con cara de pena y de terror por los sucesos, pero sin la convicción y la fuerza que se exige a quién es la alcaldesa de Barcelona. Es lo que tiene jugar con varias barajas a la vez. Ahora toca decidirse. O dar amparo a los violentos, o a quienes los justifican por la “dureza” de la sentencia, o dar amparo a la mayoría de la ciudadanía que ve, en muchos casos aterrorizada e incrédula, como su alcaldesa contemporiza con quienes atacan a la policía con saña. Hay un guardia urbano herido, Colau no sabe ni que existe. Ya sería hora que saliera de su encrucijada y tomara partido, sin pensar tanto en los resultados electorales. Ya sabe que serán malos, y lo serán porque la gente está harta de verla dando un pasito “palante” y un pasito “patrás”.