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Uno de los mitos caídos de cierta izquierda es el del progreso. Se suponía que sus posibilidades eran infinitas y que, finalmente, de su mano llegaría el paraíso. Las máquinas harían el trabajo de los hombres y éstos vivirían días de vino y rosas. No contaban con un factor determinante: la concentración de los medios de producción en pocas manos. La reducción del trabajo no se tradujo en más tiempo libre, sino en la creación de lo que Marx llamaba el ejército de reserva, es decir, los parados. Unos parados que compiten con sus compañeros de infortunio por un puesto de trabajo que, precisamente por los altos índices de paro, puede estar muy mal pagado. El trabajador vende su tiempo y, aunque la legislación ha ido reduciendo las jornadas laborales, la realidad es que éstas han ido creciendo, como bien sabe cualquier distribuidor que acelera en cada tramo de calle para arañar un minuto en el recorrido del reparto. Y no es sólo el repartidor que circula a todo trapo, también el empleado de banca se ve forzado a jornadas que superan claramente el límite legal y otros trabajadores compaginan la jornada legal con horas extraordinarias no siempre remuneradas. Hace unos años, Santiago Montero, un ingeniero con curiosidad universal, tras un estudio sobre las pautas de trabajo de los barceloneses pudo afirmar que el número medio de horas semanales trabajado en Barcelona rondaba las 60. Ninguna patronal desmintió sus cifras.

En el caso de Barcelona (seguramente también en muchas otras capitales), el tiempo es un bien muy preciado, de modo que la ciudad está proyectada no para estar en ella sino para desplazarse con la máxima rapidez posible. De ahí que el diseño de las calles de prioridad constante a los vehículos sobre los peatones. Al transporte sobre el paseo.

El consistorio dice que ha intentado corregir la situación pintando las calzadas para uso de peatones. No le ha salido demasiado bien. Hasta la pintura ha resultado un fiasco. No ha resistido el paso, no ya de años, ni siquiera de meses. He ahí una constante del gobierno municipal en Barcelona: puede tener buenos propósitos, pero no es capaz de llevarlos a la práctica con éxito.

El espacio de Barcelona es escaso, porque no es extenso, de modo que los barceloneses de a pie y los motorizados, los del patinete y los ciclistas, compiten por él. Por recorrerlo a toda velocidad, por apropiarse del mismo en detrimento del vecino.

Poco espacio y muchas prisas generan agresividad. Y esa agresividad de los ciudadanos se traslada a sus representantes políticos que parecen siempre enfurruñados, insultantes, casi dispuestos a llegar a las manos. No lo hacen porque han descubierto que es mejor azuzar las bajas pasiones de otros ciudadanos y conseguir que sean ellos los que pintarrajeen las sedes de los partidos rivales, lancen piedras a los policías, corten las calles porque sí o quemen contenedores para calentarse los ánimos. Hay que descargar la agresividad que produce la falta de espacio, la falta de tiempo, la falta de vida.

Hace unos años, la palabra “borracho” era un insulto. Hoy hay centenares de jóvenes barceloneses que presumen de emborracharse en cuanto pueden. Se agolpan frente al Born, en las playas, en locales mal ventilados; se tragan licores de garrafón, se inflaman con alcohol y lo que sea menester. Se aturden para inhibirse de una ciudad que no les gusta, de una vida que no les gusta, de un futuro que ni siquiera les aguarda. Aunque también hay pijos con el futuro garantizado por papá. Los primeros podrían intentar cambiar las cosas, pero el discurso dominante insiste en que sólo este mundo es posible. Y ha terminado por convencerlos.

En el pasado, los modelos que se proponían para el comportamiento eran héroes y santos. Es posible que, en realidad, no fueran ni lo uno ni lo otro, pero presumían de serlo, al menos en público. Eso se ha acabado. Hoy los modelos presumen de ser lenguaraces malhablados, de tener unos principios que pueden ser dejados de lado a cada momento. El único valor real es el dinero. Carpe diem.

¡Qué difícil resulta percibir como ejemplo positivo a Donald Trump, Carles Puigdemont, Isabel Díaz Ayuso, Ada Colau, Laura Borràs, Rafael Ribó, Susana Díaz! Es posible que tengan valores, pero ya no son universales. Sólo parecen servir para ellos y su circunstancia. Y en algunos casos, ni eso. 

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