Bowie y el Titanic de Barcelona

Actualizado: 29/08/2019 16:46 h.
Arnau Mas

ARNAU MAS

¿Hubiera vivido Bowie en Barcelona? La pregunta fue formulada en la presentación de la exposición 'David Bowie is'. Y la respuesta de sus organizadores fue contundente… ¡Un sí rotundo! ¿Sus argumentos? La sensibilidad artística de Barcelona y el hecho de que la ciudad se convierta en verano, con sus festivales, en la capital musical de Europa.

Pero vayamos a la relación que tuvo Bowie con la capital catalana. El Duque Blanco prescindió de Barcelona en prácticamente toda su carrera. No cruzó los Pirineos hasta que Gay Mercader le trajo en 1987, veinte años después de publicar su primer disco. Bowie dio entonces dos conciertos consecutivos en el Miniestadi, convocando a 17.000 espectadores diarios. Su segunda (y última) visita sería en 1990. El Estadi Olímpic, con poco más de 20.000 personas, tampoco se llenó aquel día.

Tras su muerte, el que fuera el rey del Glam triunfa ahora en la capital catalana con la exposición que acoge el Museu del Disseny, de la que se han vendido ya más de 15.000 entradas de forma anticipada. Y no es para menos. La muestra hace justicia al carácter camaleónico de un artista capaz de reinventarse con múltiples caras, todas ellas innovadoras y transgresoras.

Barcelona, en cambio, es una foto fija. Hace ya demasiado tiempo que no arriesga y la política cultural parece anclada en el vagón de cola. Vivimos de las ideas del pasado, con un Sónar y un Primavera Sound exitosos, pero cada vez más masificados y (lógicamente) con menos espacio para la sorpresa. La ciudad es ahora una maqueta. Preciosa, eso sí, pero estática.

¿Dónde están los conciertos en la calle de los años 90? ¿En qué sala podría tocar hoy el primer Bowie? Los locales de música en vivo siguen desapareciendo y si no fuera por algunos promotores culturales que (contra viento y marea) defienden su rincón musical, en la ciudad solo quedaría espacio para las grandes superficies. El Bar Groc de Gràcia es en este sentido una de las pocas noticias positivas que hemos tenido últimamente.

También la cultura callejera parece en retroceso. Basta ver cómo las peleas de gallos (una de las expresiones artísticas más arraigadas entre los adolescentes) se celebran a diario en los parques de Madrid, mientras que los freestylers barceloneses son incapaces de consolidar en la capital catalana un movimiento en auge en medio mundo.

Hablaba Félix de Azúa, a inicios de los ochenta, del hundimiento del Titanic. Explicaba, en un polémico artículo, cómo Madrid había recuperado la vanguardia cultural frente a Barcelona: “No sólo exponen cosas del Greco y Henry Moore, sino también de los nuestros. Además tienen conciertos de verdad, ópera, teatro, librerías como las de París, y una vida callejera que no ha podido aplastarla ni la junta central del fascio”.

Barcelona acoge la exposición, sí, pero Bowie probablemente viviría ahora a 600 kilómetros.

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