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El 15 de junio se constituyen los ayuntamientos. Hasta entonces, baile de números y cruces de floretes, o de navajas, en muchos municipios catalanes. Las negociaciones son múltiples con más de tres implicados en la mayoría de casos. Barcelona, el más paradigmático. Maragall ganó por un puñado de votos y Colau hizo una despedida en toda regla, con lágrimas en los ojos incluidas. Collboni, por su parte, se apresta a vender cara su piel. Se sabe fundamental para cualquier mayoría. De entrada, es el jefe de la oposición y eso lo hará valer. En medio, presionará a Colau que mantiene la incógnita sobre su futuro. De salida, tendrá a su disposición a Ciudadanos y Partido Popular, que con ocho regidores no son cualquier cosa.

Barcelona no es independentista y los resultados así nos lo dicen. Por tanto, es responsabilidad de Colau ponerle el cascabel al gato y dejar de llorar por una vez. La política es eso, estar a las duras y a las maduras. El silencio de la hasta ahora alcaldesa sólo puede representar una cosa: está buscando una salida. Lo fía todo a ser ministra en un gobierno de coalición de Podemos con los socialistas de Pedro Sánchez, objetivo que se antoja harto difícil porque Podemos tiene bien poco con lo que negociar. Más bien, nada. La izquierda española no gobernará en multitud de municipios y también algunas comunidades porque Podemos se ha hundido por doquier. Los socialistas suben, y mucho, pero los morados han desaparecido del espectro político. Son una reliquia del pasado.

Por eso, Colau tiene que ponerse a trabajar. Sus comunes pueden gobernar, lo que no pueden hacer es hacer del gobierno una continua algarada demagógica. Y está claro, puede ser alcaldesa, pero con seguridad nunca por cuatro años. Tendrá que dejar la vara de mando en algún momento, pero ahora tiene que hacer posible que Barcelona no sea una ciudad independentista, como no lo es tampoco el área metropolitana que recupera su tradicional nomenclatura: el cinturón rojo. Para empezar, Colau tendrá que ceder poder en el Área porque ahora los comunes son una entelequia y en la Diputación de Barcelona deberán mojarse para que tampoco sea un nido de promoción independentista.

Maragall intenta una coalición con comunes y Junts per Catalunya. Casi parece una broma esta ocurrencia. Los Comunes son erráticos pero es más que dudoso que gobiernen con la Barcelona “pija” de toda la vida, que por otra parte ha sufrido un descalabro de proporciones monumentales. Hace cuatro años gobernaban la ciudad, y ahora son la quinta fuerza. Ahí es nada. Y solo ERC con JxC sería un gobierno al servicio del “procés” que le dotaría económicamente. Si alguien busca una salida al cacareado “conflicto”, como patrocina Colau “una salida política”, lo mejor es no jugar a ser alquimista. Y mojarse.

Barcelona, repito, no es independentista, y para que no lo sea Colau debe mojarse, bajarse del altar y ponerse a dialogar -un verbo que parece que siempre conjuga en tercera persona- para afianzar acuerdos. Aunque en las condiciones actuales puede que no le gusten. Y lo que tiene más a mano se llama Jaume Collboni. El socialista ha duplicado apoyos, ha logrado un gran resultado y no se dejará ningunear. Es más, quiere jugar fuerte. Insisto, Colau debe dejar las lágrimas de cocodrilo para otra ocasión y ponerse al frente de los Comunes, o de lo que queda de ellos.