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Barcelona vuelve a estar rodeada por el fuego. En esta ocasión son los empleados de Nissan los que encienden las hogueras, irritados por el anuncio de la empresa de que cerrará la factoría en Cataluña. El cabreo de los obreros es lógico y seguramente genera oleadas de solidaridad y simpatía. Simpatía porque es fácil imaginar la incertidumbre a la que, con el despido, se asoman sus vidas. Simpatía que lleva a desear que algo así no se hubiera producido. Ni en Nissan ni en ninguna parte. Y también solidaridad, porque se sabe que ese mal no termina en los 3.000 despedidos y sus familias, sino que se extiende por el tejido social, de forma amplia y rasgada hasta alcanzar a un vecino, un amigo, un conocido. Un poco a todos.

Sabido eso, sentido eso, sufrido eso, hay que añadir que quemar neumáticos en mitad de las calles es algo inaceptable, más propio de los jaleados CDR que de los trabajadores. Esos fuegos que se levantan en el norte y en el sur de Barcelona no solucionan nada y perjudican gravemente a todo el mundo, incluidos los propios obreros a los que ningún bien puede hacer respirar el humo contaminante que producen.

La irritación por el despedido es comprensible; que pretendan que arda Troya o Barcelona, también. Pero los sindicatos deberían de tener la cabeza fría y explicar que hay gestos que, sobre todo si son inútiles, es mejor evitarlos. Entre ellos, la quema de neumáticos que sólo provoca el aumento de la contaminación del aire que respira todo el mundo.

Al obrero enfadado que suspira por su futuro (con pleno derecho a la esperanza) no cabe pedirle que mida sus actos y que calcule al milímetro sus consecuencias. Las reacciones viscerales no son racionales, por definición. Los dirigentes sindicales, en cambio, no deben pensar con las tripas. Por lo menos, los dirigentes sindicales de izquierdas. El humo negro que desprenden los neumáticos al arder es una lámpara que ilumina la pérdida de papeles en las centrales sindicales que tiempo atrás se reclamaban de clase (UGT y CCOO). Un sindicato no es sólo una asociación de asalariados. Un sindicato es una asociación que pretende actuar a corto, medio y largo plazo en defensa de los intereses de los trabajadores. E incluye, o debería incluir, ciertas dosis de pedagogía hacia los sindicados, pedagogía que debería darse también cuando se hace proselitismo, salvo que sólo se persigan las cuotas. No se trata, como se pretendía a finales del siglo pasado, de que los sindicatos tengan que ser correa de transmisión de los partidos a los que están más o menos vinculados, pero sí de que sus dirigentes sean capaces de explicar por qué no siempre el bien inmediato es el mejor de los bienes. Hubo un tiempo en el que los comités de empresa eran capaces de renunciar a aumentos salariales a cambio de incrementos de plantilla o de mejoras sociales que se traducían en formación y promoción del personal. Es decir, eran capaces de aceptar y explicar a sus representados que hay reivindicaciones a corto y a largo plazo. Quizás un trabajador no lo viera, pero el sindicato (plagado de asesores y liberados) tiene la obligación de verlo y explicarlo.

Esos mismos liberados deberían explicar a los trabajadores de Nissan que atentar contra el medio ambiente no es una forma de lucha que lleve a ninguna parte. Quemar neumáticos no es de izquierdas, es una barbaridad. Las llamas expresan con claridad el cabreo momentáneo, pero a los accionistas de Nissan no les afectan absolutamente en nada.

Está claro que cuando uno tiene la cabeza caliente no se halla en el mejor momento para razonar. Y saber que te van a despedir, que te dejan sin nada porque no te pueden explotar un poco más, debe de provocar no poca ira y calentura. Pero ese debería de ser el momento en el que los sindicatos de izquierdas explicaran a los asalariados por qué una empresa puede actuar impunemente de esa manera, el momento para dejar claro que si se vota a partidos de derecha (española o sólo catalana), al final, las leyes que se aprueban son de derechas y no sólo permiten el cierre de Nissan, permiten mucho más: sin ir más lejos, la reforma laboral vigente que deja a los asalariados sin capacidad de negociación en los convenios.

Votar es una fiesta, pero tiene consecuencias. Hay una relación directa entre votar a un partido que defiende que no se puede ni se debe poner freno al capital y que el capital actúe sin freno.

Cuando alguien vea en las imágenes de los fuegos de la Zona Franca o de la Gran Via o de Montcada debería preguntarse si votó a uno de esos partidos. Y aprender para el futuro. Salvo que prefiera seguir abonado a las cerillas por pura diversión.

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