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Arde Barcelona, la capital del descontento, el escenario de graves disturbios, barricadas y destrozos. Las protestas, más o menos multitudinarias, se transforman en una violencia descontrolada a medida que avanzan las jornadas. Un día arden motos y contenedores y al siguiente se saquean tiendas de lujo en el centro de Barcelona, que ya fue arrasado en octubre de 2019 tras el juicio a los líderes del proceso independentista.

Las manifestaciones comienzan con proclamas políticas y terminan con actos vandálicos. En violencia gratuita. El encarcelamiento del rapero Pablo Hasél ha sido el detonante de otra serie de noches muy tensas que reabren el debate de la seguridad en Barcelona entre quienes piden medidas más contundentes y quienes callan o cuestionan la respuesta policial. Lamentablemente, ya no sorprende la tibieza de Ada Colau, Janet Sanz y compañía. Gastan mucha más energía en otros asuntos.

En un mundo global, la violencia también traspasa fronteras. En las protestas de Barcelona, ahora y hace 16 meses, se detectan radicales de otras ciudades españolas y del sur de Francia. En las manifestaciones, además, se mezclan personas con perfiles muy distintos: podemos ver a pijos y pijas de la zona alta lanzando piedras al lado de jóvenes que disfrutan con los destrozos y delincuentes, que aprovechan tanta confusión para desvalijar cuantos más locales, mejor.

Barcelona ya encadena cinco noches calientes. La violencia se ha convertido en una diversión para muchos, señal inequívoca de que algo va mal en una ciudad que necesita un plan de choque para recuperar el seny. En plena pandemia, con dramas personales y familiares masivos, con muchas frustraciones y agobios económicos, la violencia no es la solución. Solo sirve para desenfocar los problemas reales de Barcelona, una metrópoli que va a la deriva. 

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