Aunque ya han pasado unos días de las desastrosas fiestas de la Mercè de este año, sigo pasmado ante la respuesta de nuestros políticos al (supuesto) mando al arsenal de animaladas que el sector más descerebrado de nuestra población juvenil ha desplegado durante los ya consolidados botellones, una práctica que, cuando uno era joven y bebía como una esponja, era considerada prácticamente una muestra de barbarie gregaria a evitar por todos los medios: la perspectiva de beber cerveza caliente al aire libre, rodeados de desconocidos, nos ponía los pelos de punta a los beodos alternativos de la época, pues nos gustaban los bares y beber con los amigos o incluso, en mi caso, en una soledad esporádicamente interrumpida por las observaciones de mi barman de referencia (Javier de las Muelas en el Gimlet o el gran Ginés, entonces en la barra del ya desaparecido Victori y actualmente al frente del Belvedere). La trompa colectiva no iba con nosotros y era considerada el típico esparcimiento populachero del que nunca había que participar. Intuyo que sigue habiendo jóvenes a los que el botellón les horroriza, pero no queda más remedio que reconocer que es una práctica que ha venido para quedarse. Dejando aparte el mal gusto de la propuesta, lo que no estaba escrito en ninguna parte era que el botellón de turno tuviera que acabar como han acabado los de la Mercè de este año, con trece apuñalados, cristales rotos a cascoporro, contenedores quemados, un conato de asalto a una comisaría de la Guardia Urbana y creo que hasta alguna violación. Lamento sonar como una persona de orden, algo que nunca quise ser, pero todo parece indicar que ha llegado la hora de desenfundar la porra y demostrar quién manda, así como de sacar a la calle las tanquetas de agua sucia, recuperar los proyectiles de goma y machacar a la turba que se nos está subiendo a las narices a los contribuyentes. Pero no parece que eso vaya a suceder.

Les hablaba de la actitud de nuestros responsables políticos. Veamos. Aparece en la tele Jordi Martí y dice que con lo de reprimir es peor el remedio que la enfermedad, de lo que deduzco que hay que dejar que la chusma lo reviente todo: si ya como sociata el señor Martí era un funcionario gris, los comunes le han dado la oportunidad, no desaprovechada, de asumir con orgullo su ineptitud y sumarla a su grisalla; según él, no se puede hacer nada y eso es lo que hay; podría dimitir y dejar que alguien capaz de hacer algo más que cruzarse de brazos ocupara su lugar, pero parece que eso no lo contempla. Veo a Albert Batlle hablando de disturbios mínimos después de los trece apuñalamientos de marras: hombre de orden (y misa), Batlle escurre el bulto y le echa la culpa del deterioro del temor a la policía al gobierno autonómico (no le falta razón, pero debería asumir su parte de responsabilidad en el asunto). Escucho a Ada Colau pidiendo ayuda a los Mossos d´Esquadra después de haber disuelto la unidad antidisturbios de la Guardia Urbana. ERC y Junts x No Sé Qué exigen la dimisión del equipo municipal cuando ellos, en su momento, aplaudieron a los cafres patrióticos de la batalla de Urquinaona (para los lazis, hay cafres de primera, los del prusés, y cafres de segunda, los que no necesitan envolverse en una bandera para liarla, pues ya se apañan con birras, canutos y puede que un poco de óxido nitroso). Entre insultos y declaraciones, qui dia passa, any empeny y la gente se va olvidando de los apuñalados y del sindiós generalizado…Hasta la próxima tangana, para la que siempre habrá una explicación procesista, pandémica o sociológica. Queda, eso sí, la impresión de que a Colau y su alegre pandilla se le ha escapado la ciudad de las manos (y que Collboni no da un palo al agua para mejorar las cosas: por no hacer, ni aprovecha para apuñalar a la alcaldesa desde las sombras en vistas a intentar ganar para su partido las próximas elecciones municipales).

Hace tiempo que la acción combinada de lazis y comunes está enviando Barcelona al carajo, pero igual es lo que queremos: si la alternativa a Colau es, como parece ser, el Tete Maragall, apaga y vámonos. A Manuel Valls lo echamos y los sociatas no se ponen las pilas ni a la de tres. El principio de autoridad nos lo hemos cargado y si lesionas a un poli con el palo de una bandera te cae una plaza de tertuliano en Catalunya Ràdio. Hemos consagrado una forma de buenismo que impide a las fuerzas del orden ejercer como tales (se ve que el orden público es una siniestra obsesión de la derechona) y hemos dejado las calles en manos de los CDR, de los beodos violentos y de los psicópatas en patinete. Y da la impresión de que eso ya les está bien a los políticos y a una gran mayoría de ciudadanos. Gracias a los calzonazos de los sociatas, las próximas elecciones municipales las disputaran Colau y el Tete Maragall, que representan dos maneras distintas de afrontar el suicidio de la ciudad. El panorama es deslumbrante.

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