Ada y los huertos urbanos

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Decía Andy Warhol que prefería la ciudad al campo porque en la ciudad hay trozos de campo, pero en el campo no hay trozos de ciudad (bueno, también sostenía que el campo es ese lugar en el que los pollos corren crudos, pero no le tendremos en cuenta la boutade). Yo creo que la ciudad está basada en el cemento y el macadam y que sus destinatarios naturales son los peatones y los automovilistas, aunque a nadie le amarga un dulce y los parques están la mar de bien, sobre todo si se dispone de uno como el Retiro, Hyde Park o Central Park, lo que, lamentablemente, no es el caso de Barcelona. Lo que nunca se concibió es que las ciudades pudieran albergar esos huertos urbanos (prodigioso oxímoron) que tanto les gustan a los comunes en general y a Ada Colau en particular (es extraño que aún no se haya puesto en marcha en las calzadas el huerto urbano, para que el conductor de coche tenga que ir esquivando tomateras). El huerto urbano es una obsesión de nuestra querida alcaldesa y está a punto de añadir uno más a los que ya existen, cosa que no ha hecho mucha gracia a los habitantes del distrito de Sant Martí, que hasta ahora disfrutaban de un aparcamiento no muy legal, pero sí tolerado, que ayudaba un poco a sobrellevar la escasez de sitios para dejar el coche en la zona. El solar en cuestión ocupa 768 metros cuadrados y, si nada lo impide, se convertirá en el Hort dels pebrots (tal vez porque le sale de los pebrots al equipo de gobierno municipal). Dicen los que entienden que 768 metros cuadrados no dan para gran cosa, pero venían muy bien para dejar el coche en una zona que no abunda en plazas de aparcamiento. Si todo tira adelante, los sufridos habitantes de Sant Martí van a tener que acabar subiéndose el coche a pulso hasta sus apartamentos, aunque no sé si les cabrá en el salón.

Estamos ante un nuevo movimiento del Ayuntamiento contra el vehículo privado, al que parece haberle declarado la guerra. De ahí las superilles y demás inventos para hacer el tráfico más complicado e incómodo de lo que ya es, pero con una excusa ecológica y sostenible. Lo de que la ciudad se pensó para peatones y automovilistas no parece haber calado en el actual equipo de gobierno municipal, que prosigue su lucha contra ambos colectivos con diferentes sistemas, convenientemente adecuados a cada uno de ellos. Si al peatón se le amarga la vida con la presencia de bicicletas y patinetes por las aceras, al automovilista se le complica la existencia con los huertos urbanos, mientras lo de los parques sigue siendo una asignatura pendiente (y complicada) que se deja para un mejor momento.

Hay algo de los mundos de Yupi en las ideas que tienen los comunes para Barcelona. Digo yo que si uno quiere cultivar su huerto haría bien en irse a vivir al campo, donde tal actividad es de lo más normal. Pero en una ciudad, ¿es necesario aparentar que se vive en contacto con la naturaleza cultivando judías y tomates en un entorno de cemento? Yo diría que con unas macetas en el balcón ya tenemos la cuota suficiente de campo en la ciudad, pero los comunes están obsesionados con la figura del huerto urbano, concepto que recuerda lo que decía Baroja sobre el diario "El pensamiento navarro: o pensamiento o navarro". Pero, de momento, los habitantes de Sant Martí que no sepan donde dejar el coche se van a encontrar con una dificultad añadida gracias al benéfico Ayuntamiento.

Uno está a favor de que en la ciudad haya trozos de campo, pero una cosa es un parque como Dios manda, grande y frondoso, y otra cosa es un huerto pequeño y churroso en una zona de Barcelona donde cuesta Dios y ayuda aparcar. ¿No estamos ya casi todos un poco hartos de que Ada y los suyos pretendan salvarnos de nosotros mismos?

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