Si por algo se han caracterizado los últimos gobiernos de la Generalitat ha sido sin duda por su incapacidad para gestionar nada más allá del delirio separatista que parecía unir, al menos en lo que consideraban la piedra angular de su proyecto, a postconvergentes y a republicanos.

Con el cambio de cromos del pasado febrero algunos creyeron que el liderazgo de ERC serviría para conseguir un cambio de rumbo en cuestiones sociales, pero tras ver los primeros pasos del actual gobierno de la Generalitat parece evidente que cambios ha habido más bien pocos.

Ayer pudimos leer en diferentes medios la noticia de que unos 20.000 alumnos se quedan sin matricular del curso de Formación Profesional que querían. Se trata de 20.000 futuros en pausa. Hablamos de miles de jóvenes que pretendían volver a las aulas en esta “vuelta al cole” que acabaran quedándose en casa sin nada que hacer.  Es decir, el supuesto gobierno más social de Cataluña es incapaz de dar respuesta a la voluntad de miles de estudiantes de seguir estudiando. De hecho, la respuesta de la Consejería de Educación es dantesca. Pide a los jóvenes que han quedado sin plaza que se matriculen en otra especialidad distinta a la que pretendían aprender. Algo así como “si no te da para estudiar electricidad, estudia peluquería”. Como si la decisión que uno tomase para formarse a nivel profesional fuese una decisión baladí. Esta es la respuesta que da el gobierno liderado por una Esquerra Republicana incapaz de hacer políticas de izquierdas.

Esto, evidentemente, es un problemón para aquellos jóvenes que no tienen el más mínimo interés en estudiar otra cosa que la elegida. ¿En qué momento alguien considera que la solución es decirle a alguien que estudie una cosa que no quiere estudiar?

Durante años nos hemos llenado la boca diciendo que necesitábamos a más gente estudiando formación profesional. Ahora, en el momento en que parece haber un número considerable de alumnos que quieren optar a este tipo de formación, somos incapaces de darles la oportunidad de seguir estudiando.

El riesgo de que incremente la desvinculación educativa es evidente en una sociedad que ya sufre una tasa alta de abandono escolar por parte sobretodo de adolescentes vulnerables. Tasa de abandono que muy probablemente incremente si finalmente se opta por recolocar a jóvenes en ciclos que no querían cursar.

Y esta no es una situación nueva. La falta de plazas es algo que llevamos arrastrando mucho tiempo, pero que ahora, por el exceso de demanda, se torna todavía más evidente. Este es el problema de no hacer bien las cosas. Tenemos al frente de la Generalitat a políticos especialistas en esgrimir grandes proclamas y en la búsqueda sistematica de culpables a los que endosar sus propios errores pero incapaces de gestionar absolutamente nada.

A algunos puede parecer que este tema es un tema menor, pero en realidad tendrá consecuencias directas y muy importantes en la vida de muchos jóvenes con una edad demasiado temprana como para descolgarse del mundo educativo por culpa de una mala planificación. Y tendrá sin duda consecuencias también a nivel social, cultural y económico.

Barcelona está haciendo un esfuerzo importante para dar oportunidades formativas a aquellos que quedaron fuera del sistema educativo hace unos años. Está haciendo esfuerzos importantes para capacitar a aquellos que necesitan reinventarse y que por tanto buscan espacios para formarse en materias específicas que les permitan volver a incorporarse al mercado laboral. ¿Tanto esfuerzo para que después desde la Generalitat sean incapaces de ofrecer las plazas suficientes para que nuestros jóvenes más vulnerables no acaben quedando al margen de un sistema que te exige conocimiento para poder trabajar?

Contar con un sistema educativo fuerte que no se olvide de quienes son más vulnerables es imprescindible para cualquier comunidad que se precie. De hecho, son precisamente los más vulnerables quienes necesitan que haya cuantas menos dificultades mejor para seguir estudiando.  Que haya jóvenes en Cataluña que queden ahora fuera del circuito quiere decir que después habrá que hacer muchos más esfuerzos para volver a incorporarlos al mercado laboral. Habrá que buscar el modo de echarles una mano para volver a formarse, y eso no es tarea fácil en el momento en que pierden el hábito de estudiar.

Al final acaban siendo los municipios quienes tienen que tratar de solventar los errores de la Generalitat con un problema evidente. La falta de competencias propias obliga a los municipios a tener que usar la imaginación para encontrar formas que suplan las deficiencias de la mala gestión de la Generalitat. Por lo pronto veremos en unos días cuántos de los 20.000 jóvenes sin plaza acaban quedándose un año en su casa este curso que arranca.

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