Lo que no se esperaba nadie. Al minuto trece, marca Bélgica a Brasil en cuartos de final y la afición brasileña en Barcelona abre los ojos como platos. Sorpresa de Fernandiho en propia puerta. Como siempre, su afición ha vuelto a darlo todo. Todo el bar cantando el himno brasileño, mientras Bélgica ha sido la primera en acariciar la semifinal.

La canarinha ha dominado el primer tiempo y la canaria de aficionados, la barra y las mesas de l´Ovella Negra.

El belga De Bruyne suma el segundo gol en el marcador belga y corta la respiración de los brasileiros de Barcelona que han ido a la taberna de Sant Martí, su templo en cada campeonato.

Uno de los conjuntos preferidos del Mundial salía a igualar el partido en el segundo tiempo pero ninguna de las estrellas canarinhas Neymar, Coutinho y Marcelo ha cumplido con los sueños de su afición repartida en el mundo entero.

El bar explota: Brasil ve la eliminación muy de cerca hasta que en el minuto 76, Renato Augusto ha devuelto la esperanza a los seguidores que miran tanto al techo como sus estrellas al cielo desde el Kazán Arena.

Courtois, se ha convertido en el máximo enemigo de los brasileños en este partido. “No queremos perder tiempo, queremos goles”, han gritado los brasileños más efusivos del local y los niños han llorado desconsoladamente. “Ganemos o perdamos, celebraremos los colores”, comentaban en portugués y castellano algunos brasileños convencidos de la derrota.

El desamparo de la derrota en l'Ovella Negra / H.F.
El desamparo de la derrota en l'Ovella Negra / H.F. 

En esta ocasión, ni los tambores, ni la samba han arrancado tanto los cuerpos de los más de cien brasileños que se han congregado hoy en el mítico local. A diferencia del Brasil-México, en este partido, la alegría ha sido menos y han predominado los insultos, el sufrimiento y los nervios a flor de piel, minuto a minuto. Ha caído otro referente de este Mundial.

La euforia de los aficionados / H.F.
La euforia de los aficionados / H.F.

Brasil se vuelve a casa con tanta pena como con la que se ha quedado su afición. “Todavía no me lo creo”, paga un joven brasileño su última cerveza “del fin de semana”.

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