El futuro de Barcelona se decidirá el 26 de mayo. La gestión de Ada Colau en los últimos cuatro años suscita más sombras que certezas y la Ciudad Condal tiene, hoy, más problemas que en 2015. La seguridad, con más de 500 delitos diarios, se ha convertido en el gran conflicto de una Barcelona que ha perdido reputación.

La proliferación de los narcopisos en el Raval y el aumento de los actos delictivos penalizan la credibilidad de Colau, una alcaldesa que prioriza las cuestiones dogmáticas a las necesidades de los barceloneses. Sus vecinos también perciben que la ciudad cada día está muy sucia y en Sarrià se muestran muy críticos con la recogida de basura puerta a puerta.

Los detractores de Colau también airean su errática política de vivienda. Prometió 4.000 pisos sociales y apenas ha construido 1.200. Los ciudadanos también critican que sea tan permisiva con el movimiento okupa, que se mostró muy beligerante durante el mandato de Xavier Trias.

El conflicto de los taxis también salpica a Colau. Igual que su gestión del turismo, que supone el 14% del PIB de la ciudad. El rechazo a los turistas se diluye poco a poco. Hace dos años se vivieron capítulos muy violentos en Barcelona, como la quema de autobuses turísticos, pintadas y agresiones. Demasiadas convulsiones para una ciudad que en dos meses y meses tiene una cita con las urnas. En juego está el futuro de Barcelona.