Los adictos a la heroína, cocaína y otras drogas saben desde hace mucho tiempo que pueden recoger jeringuillas en la farmacia Pascual Balanyà, a unos metros del Mercat de Sant Antoni. Con el boom de la heroína, en la década de los 80, este establecimiento empezó a intercambiar jeringas usadas por otras de nuevas gracias a un programa de salud que activó la Generalitat para evitar el contagio de enfermedades como el hepatitis y la dispersión de las agujas en espacios públicos como parques y zonas infantiles.

Desde hace unos meses, el número de toxicómanos que acuden a la farmacia ha aumentado. Balanyà lo atribuye a los narcopisos que aterrizaron en 2018 desplazados por las primeras redadas policiales del Raval, zona cero de los pisos ocupados por los narcotraficantes. La presión policial de los últimos meses aparta también a los consumidores lo que, a su vez, conlleva más robos en la calle y en comercios. 

SUBEN LOS ROBOS

"Necesitan dinero para comprar y bajan a los comercios, que son sus cajeros automáticos. Entran y roban bolsos y carteras a los clientes", señala Lidia Núñez, portavoz de la plataforma Sant Antoni Vigila, creada el pasado verano ante el auge de robos y percepción de inseguridad en el barrio. Agrupados bajo esta coordinadora, cerca de 200 negocios impulsan una recogida de firmas para presionar a los Mossos d'Esquadra y el sistema judicial. El objetivo: agilizar el proceso para que los jueces firmen las órdenes judiciales necesarias para entrar y cerrar los narcopisos.

 

Los comercios han identificado, al menos, cuatro pisos activos. Núñez constata un cambio en los últimos meses en las calles. "Ves a los consumidores deambulando, pidiendo dinero, pinchándose en la calle", describe. La imagen de un drogadicto: aguja en vena, a las doce del mediodía sentado en un banco de madera de la nueva supermanzana, en el cruce de la calle Parlament con Borrell, ilustra el penoso paisaje descrito por los trabajadores de la zona. 

TREINTA FIRMAS

La plataforma ha conseguido, de momento, una treintena de firmas de apoyo. En un bar de la avenida Mistral, Salva Ferragut lamenta que los mossos no puedan actuar en los narcopisos donde saben que se vende droga. "Sin orden judicial, tienen las manos atadas", comenta el dueño del negocio. Los agentes sí identifican a los consumidores que salen de los pisos, una medida de presión policial.

El bar de Ferragut fue víctima de los robos que se han producido en el barrio. Un domingo, entraron a las seis de la mañana y se llevaron la caja registradora con unos 200 euros. Este mismo miércoles, la escena se repitió en el mercado, en la parada de Maria Masclans, presidenta de las paradas de Alimentación del recinto. El ladrón, un conocido drogadicto del barrio, levantó la persiana de la parada durante la jornada de trabajo y sustrajo la caja.

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Jeringas usadas en la farmacia Balanyà / GUILLEM ANDRÉS

Destacan los robos con violencia en la calle con tirones de bolsos. En alguna ocasión, provocan agresiones físicas a las víctimas que, a veces, han terminado en el suelo por intentar defenderse.

SENSACIÓN DE INSEGURIDAD

"Hay una sensación de inseguridad que antes no existía", explica Masclans. Sergi Garriga cuenta que a su estanco acuden más clientes "colocados" que hace un tiempo. En la farmacia Balanyà hay días que les visitan una quincena de drogadictos. En un mes, el local acumula unas 200 jeringuillas. Como en otras zonas de Barcelona, el perfil de consumidor cambia. Predominan personas del este de Europa con "una vida más complicada", cuenta Balanyà. "El consumidor español no usa los narcopisos, tiene una ruta estable para conseguir la dosis", revela. 

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