7 de la mañana. Vuelta al colegio y al trabajo presencial. La ciudad recupera la normalidad, pese a que el virus sigue esparciéndose por las calles. La gente guarda precauciones. Mascarilla, algunos guantes y nada de besos y abrazos. La población se ha tomado muy en serio las instrucciones de los poderes públicos, en un ejercicio de responsabilidad colectiva. 

No obstante, los mismos poderes que dictan las medidas de seguridad son los que llevan a los ciudadanos al matadero. El transporte público es el ejemplo más clarividente. Esta imagen es de este miércoles pasadas las 7 de la mañana, en el bus V27 de Barcelona. Pese a que la gente no quiere tener contacto físico con desconocidos por miedo al contagio, en el transporte público es prácticamente imposible guardar la distancia de seguridad. 

Los barceloneses, resignados, miran por la ventana el caos circulatorio fruto de las políticas de movilidad del Ayuntamiento. En pleno Covid, cuando el transporte público no parece la alternativa más segura, el Gobierno de Ada Colau y Jaume Collboni imponen duras medidas restrictivas contra el vehículo privado, ya sea coche o moto. Ayer entró en vigor la ZBE, dejando sin opciones de movilidad a las clases más humildes, aquellas que llevan vehículos más antiguos. 

Si de verdad Colau quisiera fomentar el transporte público, no dejaría que imágenes como la de esta mañana se repitieran muy a menudo, aunque pasará seguro. 

 

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