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Hace cinco meses que Joer Vivas va de lunes a viernes a comer al comedor social Emmaús. Marcharse de su Venezuela natal siete meses atrás y no contar con documentación en Barcelona le impide encontrar un trabajo con el que subsistir. Es por eso que únicamente falta este comedor del Eixample los escasos días en los que puede trabajar “unas horas” y que no pase día sin valorar el trabajo de los voluntarios de Emmaús. “Cualquier ayuda es grandiosa. Mi esposa, mi hija y yo subsistimos a base de recortar en comida. Nos urge más invertir el dinero en nuestra hija, la vivienda y el transporte”, cuenta a Metrópoli Abierta sentado en la entrada de este complejo.

Cada vez son más las personas que deben pasar por lo que está viviendo Vivas. Como reconocen desde la Fundación Emmaús, “en los últimos años ha aumentado el número de demandas de plazas en el comedor. Nosotros acogemos a todos los que podemos”. La entidad se financia a través de aportaciones de socios colaboradores y benefactores, empresas y entidades bancarias, entidades públicas y la participación de usuarios “con posibilidades”, pero el incremento de usuarios que se vive entre sus paredes también se ha trasladado a los comedores sociales que están total o parcialmente financiados por el Ayuntamiento de Barcelona.

Las cifras hablan por sí solas. Desde el Ayuntamiento indican que mientras en 2011 se sirvieron 375.709 comidas para 10.000 personas diferentes, en 2018 se proporcionaron 486.079 para 13.420. “El número de personas atendidas en los últimos años se ha mantenido estable con una pequeña tendencia al alza por la llegada de más personas de la ciudad. Una tercera parte de estas consumen más del 90% de las comidas”, reconoce la administración.

CAMBIAR DE RUMBO

A.B. lleva cuatro semanas comiendo en el comedor social Reina de la Paz. Tres meses atrás, su suegra le echó de su casa, donde vivía con su mujer y sus tres hijos. Dos meses después, también se quedó sin su trabajo de albañil. Desde entonces duerme en la plaza de la Catedral de Barcelona y su única opción para alimentarse a diario es este espacio situado en el corazón del barrio del Raval. “Echo de menos a mis hijos. Estoy buscando trabajo para poder alquilar un piso y volver a vivir con ellos”, asegura A.B. a este diario y, acto seguido, añade: “Ojalá lo encuentre lo antes posible”.

Joer Vivas en la entrada del comedor social de Emmaús
Joer Vivas en la entrada del comedor social de Emmaús / METRÓPOLI ABIERTA

Cambiar de rumbo para regalar una mayor estabilidad a su mujer y a su hija también es la meta que persigue Vivas. Le dieron cita para solicitar asilo seis meses después de su llegada a la capital catalana. A pesar de que le alegra que aceptaran su instancia, le frustra el hecho de que no le dieron la siguiente cita hasta seis meses después. “Yo estoy muy acostumbrado a trabajar, trabajo desde pequeño. No pido que el las autoridades me paguen la vivienda y me alimenten, sino que quiero trabajar para ganarme la vida”, insiste Vivas.

APRENDIZAJES VITALICIOS

Por mucho que Vivas y A.B. estén atravesando circunstancias complicadas, aseguran que se llevan más de un aprendizaje de esta experiencia. A A.B. la calle le ha hecho aprender a mirar la vida a través de un prisma distinto, uno que le hace ser más amable con los demás, porque “no sabes por lo que está pasando cada persona”, y al mismo tiempo, valorar más a su familia. “Mi compañero Jonathan perdió a su padre y a su madre con 17 años. No tiene a nadie”, lamenta.

Vivas se queda con la “humanidad” que ha hallado entre “todos los problemas” con los que debe convivir, pero sobre todo con “la satisfacción” que sentirá cuando pueda recuperar su autonomía completa. “Quiero sentir el bienestar de utilizar mis capacidades físicas y mentales para trabajar. El sistema debería ser así. Debería darnos un sustento y la posibilidad de generar riqueza”, sentencia.