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El verano está a la vuelta de la esquina y las ganas de cervecita y playa se multiplican por momentos. Algunos de los que se dedican a la venta ambulante lo saben y están preparando todo el arsenal para hacer su agosto en la Barceloneta. El pasado fin de semana este medio comprobó un año más cómo preparan los famosos mojitos. Se sientan entre contenedor y contenedor y mezclan los ingredientes. Otros se juntan en pisos de alquiler cercanos y preparan el mejunje con caca. Vale, con caca no, con bacterias fecales, pero da el mismo asco.

Sinceramente, hay que tener mucha sed e ir muy desesperado para beberse este cóctel de aspecto radiactivo. Entiendo que alguien pueda comprar un agua o una cerveza… a sabiendas de que es ilegal y que puede llevar partículas de pis de rata u otras partículas repulsivas propias de las alcantarillas donde las esconden. Pero, ¿un mojito? ¿Estamos locos o qué?

Para más inri, además, está el precio, porque no son precisamente baratos. Oscilan entre los cinco y los ocho euros: hay que regatear. Yo por ese precio, me voy al chiringuito, la verdad.

Y para complementar el cóctel mentolado, ¿qué mejor que un poco de hachís rebozado? Toma pareado. Recuerdo que el año pasado vi a un pakistaní que escarbaba en la arena y sacaba del fondo una piedra de hachís llena de arena. Se la pasó a un colega, mirando hacia los lados y él se fue a vendérselo a precio de oro a algún turista. En fin, qué manjar tan rico en la playa, vaya menú.