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De un momento a otro Cinthia Yaritza Sosa (38 años) tuvo que deshacerse de toda una vida. Sin trabajo a causa de la pandemia y sin poder pagar el alquiler, esta hondureña se vio en la calle el pasado 10 de julio. Al finalizar ese día, se acostaba en una cabaña de madera instalada encima de un palé. Desde entonces, el viejo campamento chabolista a orillas de la futura estación del AVE  de La Sagrera se ha convertido en su nuevo hogar. 

La vida de Sosa se puede resumir como una carrera de obstáculos. En 2007 huyó de la violencia de las maras en su país y un horizonte poco prometedor para ella y sus tres hijos. Aterrizó en Girona, donde vivió nueve meses antes de desplazarse a Barcelona. Ha trabajado como canguro, camarera, ayudante de cocina, limpiadora y cuidadora. En abril, la mujer que cuidaba murió y se quedó sin trabajo. Durante los dos primeros meses, el dueño le perdonó los 300 euros de alquiler, pero la terminó echando.

VEINTE CHABOLISTAS

"Me planteé ocupar algún local vacío, pero tenía miedo de que la policía me metiera presa. No quiero darle más problemas a mi familia", cuenta desde una parcela rodeada de diversas chabolas hechas de madera y otros materiales. El improvisado campamento está protegido por una verja y un candado. Con ella viven Youseff y Alfonso, procedentes de Marruecos y Ecuador. Fue el primero quien propuso a Cinthia instalarse en la cabaña.

Cinthia Yaritza, sentada en un sofá en el campamento chabolista
Cinthia Yaritza, sentada en un sofá en el campamento chabolista / G.A

La esquina de una calle o el portal de un edificio nunca fueron una opción para esta mujer. "Todos corremos peligro en la calle, pero el hombre se defiende mejor", señala. Aquí encontró, al menos, cobijo en las grandes paredes que rodean las cabañas. Decenas de cacharros, electrodomésticos viejos y carros de la compra componen este asentamiento dividido por cuatro parcelas diferentes en las que conviven una veintena de personas.

SIN COMIDA

Hace dos meses que dejó de mandar dinero a sus hijos, que desconocen por completo su situación. "Ante la familia hay que aparentar que estamos bien; que tenemos un techo, comida. Yo les digo que me encuentro bien", explica. Consigue hablar a diario gracias a la conexión wifi de un bar cercano donde también carga la batería gracias a la amistad que mantiene con la dueña.

También es ella quien a veces le ofrece algo de comer. Porque la realidad es que hay días en que Cinthia no tiene comida. Youseff tiene una tarjeta del Ayuntamiento de Barcelona que le permite coger comida en un comedor social. Cuando regresa, los tres comparten la comida o la cena. El 21 de septiembre ella y Alfonso, los dos nuevos inquilinos del campamento, tienen cita con su asistenta de la Seguridad Social. 

RATAS

Una de los medios que ha descubierto para sacar algo de dinero es la venta de ropa de segunda mano a familias africanas. "En España tiran ropa en buen estado a la basura", explica sorprendida. Delante del mercadillo de Glòries, desde unas furgonetas aparcadas en los alrededores, hay gente que compra montones de ropa por 10 y 15 euros.

La parcela del campamento donde Cinthia vive con Youseff y Alfonso
La parcela del campamento donde Cinthia vive con Youseff y Alfonso / G.A

Lava la ropa a mano y se ducha con el agua recogida en una fuente con garrafas en un cubículo que recuerda a una ducha. Tiene un horno y unos fogones que funcionan con gas butano. A lo que seguro no se ha acostumbrado es a las ratas. "¡Son como conejos!", exclama. Tras estudiar un curso en el Servei d'Ocupació de Catalunya (SOC) ya cuenta los días para empezar uno nuevo.

VIVIENDA DIGNA

"Es la primera vez que me veo en esta situación. Es muy duro. La verdad es que te acostumbras, pero mi idea no es vivir aquí siempre. Quiero trabajar, alquilar un piso y vivir en una vivienda digna, como nos merecemos todos", relata. 

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