Tres de la tarde de un viernes laborable. Playa de la Barceloneta. Los turistas toman posesión de la arena. Apenas queda espacio para extender una toalla entre el gentío. El panorama es indescriptible.

Decenas de vendedores ambulantes asaltan literalmente a los que desean descansar y tomar baños de sol y mar, tensando un ambiente que en principio debiera ser relajado. Según ha contabilizado este medio, en una hora se rebasan los 60 comerciantes ilegales que transitan y acaparan la atención entre las toallas.

MALESTAR DE LOS TURISTAS

Masajes, sombrillas, coco, sangría… Un alud de productos inverosímiles (aunque necesarios) se ofrecen a turistas dispuestos a consumir a cualquier precio. Algunos ni siquiera entran en el juego del regateo. Otros, en cambio, parecen sorprendidos ante el insólito escenario. Reacios, muestran caras molestas y actitudes controvertidas, que rayan en la indignación.

“Llevo media hora aquí y no dejan de molestarme. Me sabe mal, porque seguramente es su forma de ganarse la vida, pero lo encuentro muy exagerado. Este nivel de top manta no lo he visto en ninguna otra ciudad europea", explica Juliette, una ciudadana francesa que disfruta de sus vacaciones veraniegas en la capital catalana.

PRODUCTOS DE TODO TIPO

La variedad de vendedores tanto en género de productos como en servicios aturde incluso a las mentes más tranquilas. A los ya mencionados se suman los tradicionales mojitos, cervezas, toallas, pareos o trenzas.

“Cerveza, beer, agua, mojitooo”, las proclamas a los cuatro vientos de unos y otros eclipsan el murmullo del mar. El ir y venir incesante de vendedores llega al paroxismo. Esto es, sus productos se convierten más que en una oferta, en una amenaza que busca la compra o la negativa inmediata de los objetos que venden.

Playa de la Barceloneta

Un vendedor ambulante ofreciendo cervezas en la Barceloneta / MA

Uno no sabe bien si está en la playa o en un improvisado mercadillo que vulnera el código casi deontológico de la paz que se intenta buscar en dicho lugar. El ruido del mar es apenas perceptible. El protagonista principal es el griterío que genera las mil y una propuestas diseñadas hábilmente por los vendedores.

LA NOVEDAD DEL AÑO

“Hola, ¿masaje?”, una vendedora asiática interrumpe la siesta de un extranjero. El turista permanece impasible y no ofrece respuesta alguna. La mujer continúa con su particular peregrinación indiferente a las negativas.

De entre todas las propuestas, este año destaca la presencia de la sombrilla como novedad de los vendedores ambulantes. Los paquistaníes son quienes se encargan de comercializarlas. Las alquilan el tiempo que uno desee por 10 euros. Cuando el sol se pone, se limitan a recogerlas para retomar su negocio al día siguiente. Se trata de un reclamo bastante solicitado entre los turistas, aquejados por la ola de calor que azota a la capital catalana. 

La tarde agoniza sobre la arena invadida y parece que termina el frenesí de comerciantes ambulantes. Se amortiguan los gritos y desaparecen las sombras. Son los últimos vendedores, que siguen cansados la estela de los turistas rezagados, suplicando una compra más. “Cerveza, beeeer”, les sugieren, a pocas horas de su siguiente parada de mercadeo: el ocio nocturno, otra modalidad en la misma playa de la Barceloneta.