“¿Y tú dónde vives?”, oigo que le pregunta una chica a otra entre el grupito numeroso que ocupa la mesa de al lado en la cafetería de una de esas cadenas de panadería-degustación que han conquistado cada rincón de esta ciudad. “¿Yo?, aquí, en la Meridiana”, responde la otra provocando en su interlocutora un soplido acompañado de unos ojos en blanco, que bien podrían traducirse como un “¡vaya tela!”, “cuánto ruido”, “qué zona más fea para vivir”… Como dice el refrán, “coge fama y ponte a dormir”. Y en este caso, sobran los motivos. De poco sirven los carteles que cuelgan de las farolas “Donem pas al verd, reformem la Meridiana”… Porque con el paso de los años, el escepticismo está a flor de piel y la experiencia no invita al positivismo: nadie piensa en cómo quedará esta gigantesca vía gris con la recién iniciada reforma, sino en cuánto tiempo estará convertida en una carrera de obstáculos.

La Meridiana es la tercera avenida de la ciudad, pero su mala imagen y escasa popularidad estética la preceden desde su época más oscura. Sí, hubo un tiempo (aún peor) en que la Meridiana era una zona inhóspita, alejada del centro de la ciudad y extremadamente ruidosa –esto último no ha cambiado--; un tiempo en que la vía del tren atravesaba esta gran vía, que soportaba el tráfico continuo de convoyes de camino a las diferentes estaciones de la ciudad, dejando a su paso una estela de humo al ritmo de la pesada y ruidosa máquina que tiraba con esfuerzo de los vagones. Con el tiempo, la cosa empeoró, los coches se sumaron al transporte ferroviario hasta convertirla en un espacio aún más insalubre si cabe, y todo ello, aderezado por una arquitectura poco agraciada que zurció los márgenes de esa perpetua herida abierta que divide en dos esta parte de la ciudad.

El edificio de La Comena, levantado en los años 70 por Bohigas, Mackay y Martorell. / I. S. H.
El edificio de La Comena, levantado en los años 70 por Bohigas, Mackay y Martorell. / I. S. H.

MÁS ALLÁ DEL DESARROLLISMO

“¿Pero vives por encima o por debajo de la Meridiana, al principio o al final?”, insiste en la mesa de al lado un joven que se ha colado en la conversación entre las dos chicas. Son muy jóvenes, demasiado para haber vivido el desarrollismo urbano y la idea de la Gran Barcelona que caracterizaron los 17 años (1957-1974) de mandato del alcalde José María Porcioles. Fue entonces, en la Barcelona de los años 60, con el coche imponiendo abiertamente su ley, cuando un recién creado estudio de arquitectos, MBM --formado por Oriol Bohigas, David Mackay y Josep Martorell--, proyectó un edificio de viviendas entre los números 312 bis y 320, hoy conocido como La colmena -las obras finalizaron en 1964- y adaptado totalmente al ambiente hostil de la auténtica autopista urbana que era ya esta impopular vía.

Lejos de ser un capricho arquitectónico (de mal gusto, añadirían algunos), La colmena era una construcción, destinada a acoger la migración que recibió la ciudad en aquella década, en la que primaba la funcionalidad sobre la estética, pero pensada para ofrecer la mejor calidad de vida a sus inquilinos –sus ventanas salientes orientadas a sur y cerradas a norte son un imaginativo sistema para reducir al máximo el ruido del tráfico, garantizar luz y calor en invierno y evitar el intenso sol en verano-- ; un icono del desarrollismo en una jungla de edificios que siguió creciendo sin piedad hasta la actualidad.

Quizá por eso choca descubrir en esa cremallera de enormes y monstruosos edificios funcionales --más altos y monstruosos, añadiría yo, cuanto más se acercan a la salida de la ciudad--, en el lado opuesto y cerca de la otra jungla caótica en la que se ha convertido la plaza de las Glòries, una especie de oasis urbanístico ecléctico un tanto peculiar.

Son apenas 200 o 300 metros concentrados en torno a la calle de Corunya, una especie de isla en la que se concentran una vivienda de 1890, una regia de 1906, el edificio franquista de La Caixa, rematado por una cúpula, o incluso el Orfeó Martinenc, un cubo que parece diminuto, adherido a la especie de gigantesca y esbelta malla metálica de 13 plantas que acoge el Urbany Hostel. Y un poco más allá, en la zona central, el monumento del Meridiano que el Ayuntamiento de Dunkerque ofreció al de Barcelona en 1992.

Edificios de la Meridiana / I. S. H.
Edificios de la Merdiana, ahora en obras para convertirla en una vía pacificada / I. S. H. 

'M’ DE MODERNISMO CADUCO

Y entre todo ese variopinto conjunto urbanístico, en el número 99, en la confluencia de Meridiana con la calle Corunya, se alza un pequeño tesoro: el edificio Sabadell. Este peculiar bloque esquinero de viviendas fue encargado en 1912 y construido entre 1914 y 1918, en plena transición entre la decadencia final del Modernismo y la consolidación del Noucentisme, dos arquitecturas de sentido ideológico, que se dan cita en él, como una contradicción estilística. La casa, de tres pisos, destaca por el uso de la cerámica azul y blanca, por sus esgrafiados y por los símbolos catalanistas. Y aún destacaría más si no hubiera perdido la parte decorativa superior que antiguamente coronaba las tres fachadas conservadas y totalmente decoradas. Los esgrafiados representan jarrones de flores adscritas a los tópicos Noucentistes. Casi podría decirse que todo el edificio desprende cierta voluntad de acabar con cualquier signo de exuberancia modernista y ceñirse a la sencillez clásica tan reivindicada por el Noucentisme, con el blanco dominante y la alternancia de motivos blancos y azules de cerámica en las tres tribunas poligonales, una por cada fachada, y las ventanas rematadas con motivos florales en rojo.

Y, sin embargo, frente a esa voluntad aniquiladora, de repente, como en un arrebato nostálgico, salta a la vista algún detalle de reminiscencia claramente modernista. Basta, por ejemplo, con colocarse bajo los balcones y mirar hacia arriba para descubrir que la parte inferior está decorada con estalactitas de pequeñas pirámides perfectas decoradas con el colorido y típico trencadís...

ESCUDOS CON LAS CUATRO BARRAS

A simple vista, llama la atención el uso de la cerámica y la cantidad de motivos alusivos a la identidad catalana. Los escudos con las cuatro barras están presentes en el hierro forjado de la puerta principal y también en el de los balcones del primer piso, si bien en el resto dominan los detalles de la naturaleza. Aunque donde destacan especialmente los símbolos catalanistas es en las tribunas. En ellas, flanqueados por arcos de obra vista, se observan unas grandes baldosas de cerámica con alusiones a la leyenda de Sant Jordi, la cruz de Sant Andreu (en azul y blanco), la Mare de Déu de Montserrat y Sant Jaume a caballo (en policromía). Actualmente, es un edificio de viviendas habitado por particulares, de manera que acceder por el simple gusto de curiosear no es sencillo, sin embargo, quienes han tenido la oportunidad de entrar afirman que en el interior también se encuentran los mismos trabajos de decoración ceramista que en el exterior, con formas geométricas y naturales, en el entresuelo y en la escalera.

El arquitecto fue, según consta en la documentación, Josep Masdéu, un gran maestro de obras con un buen repertorio arquitectónico a sus espaldas en toda Catalunya. En Barcelona destacan, entre otras de sus obras, la casa Anita Rodés, acabada en 1909, la desaparecida casa Ramis de Horta o Vila Consol, en la plaza de Vallvidrera. Pero la idea de levantar la conocida como Casa Sabadell en la Meridiana no fue de Masdéu, él solo cumplió con el encargo. ¿De quién? ¿A quién se le ocurriría construir un edificio de viviendas en aquella época en un lugar así, entonces territorio inhóspito y en la periferia?

¿JOSEP O DELFÍ?

Sabadell es el apellido del propietario originario del edificio, del que tomó su nombre. Pero en este punto es donde la historia se complica pues, mientras algunas fuentes atribuyen la propiedad a Josep Sabadell, otras aseguran que perteneció a Delfí Sabadell. Pero ¿quiénes eran estos dos personajes y cuál su vinculación con esa casa y con la Meridiana?

Josep Sabadell (1856-1914) nació en 1856 en el seno de una familia media del barrio de Gràcia. Amasó una gran fortuna como constructor: fue impulsor de la Patronal, presidente durante la primera década de El círculo de Propietarios de Gràcia y también el Centro de Contratistas Generales de Obras y Maestros Albañiles de Barcelona. Su carrera empresarial de éxito también tuvo algún que otro fracaso estrepitoso con su incursión en el parque de atracciones y casino de la Rabassada o su incursión en negocios de transporte público, en especial ferroviarios (tuvo un destacado papel en el ferrocarril eléctrico entre Barcelona Manresa). Precisamente esos negocios ferroviarios darían sentido a la voluntad de construir una casa como la que nos ocupa en un lugar así. “Els que caminen per l’actual Clot, un altre barri ple d’estimulants detalls estètics i urbanístics, solen ignorar que el seu actual parc ocupà el terreny pertanyent des de 1851 als tallers de la RENFE”, argumenta en un articulo Jordi Corominas i Julián. ¿Quién no querría tener una propiedad en los límites urbanos de aquel entonces, una pequeña atalaya desde la que controlar una parte de sus negocios? Aunque resulta un tanto extraño, por las fechas, y también frustrante para su propietario, que no la llegó a ver acabada, pues Masdéu debió empezar su genial edificio en 1914, año en que falleció, víctima de la epidemia de tifus que azotó la ciudad y que, de haber sido el propietario de la finca, le impidió ver su sueño hecho realidad.

Monumento del Meridiano / I. S. H.
Monumento del Meridiano / I. S. H.

“Yo siempre he considerado que el propietario fue Delfí Sabadell”, defiende Valentí Pons, autor del libro ‘Inventario General del Modernismo y responsable del blog Modernisme, que asegura haber encontrado la información que así lo confirma en una revista de arquitectura y construcción del año 1914, en la que constaban los permisos que se daban para obras a particulares en Barcelona, Madrid y Sant Sebastián). Por otra parte, Meridiana 99 es la dirección que consta como “casa mortuoria” en la esquela de Delfí Sabadell, publicada en La Vanguardia y que informaba de su muerte, a los 83 años, el 3 de diciembre de 1961.

Otro argumento más a su favor: “Delfí Sabadell era propietario de la fábrica que había en el número 97”, sostiene Pons, que tiene documentos que así lo demuestran, como la firma del expediente de ampliación de la misma, en 1918. Efectivamente, Delfí Sabadell i Serra (18787-1961) era un empresario de bombas para jabones y lejías que tenía una casa almacén prácticamente delante de su casa su casa, en la avenida de la meridiana entre Corunya y Consell de Cent. Se trataba de una construcción de estilo noucentista levantada por el arquitecto Ramon Puig i Gairalt en diferentes fases entre 1918 y 1922. Se derribó y en su lugar se encuentra actualmente la sede del Orfeó Martinenc, entidad que casualmente presidió.

MASÍA DEL SIGLO XVII

La casa Sabadell, según esta versión, sería solo el primer encargo de Delfí a Masdéu. Años más tarde, le pediría una casa de veraneo en Montmeló (Vallès Oriental), hoy conocida como la Castellcanigó, que el maestro de obras llevó a cabo en 1920; una antigua masía del siglo XVII totalmente reformada en la que repitió el estilo, la decoración con cerámica, los referentes de la identidad catalana y los esgrafiados.

“Vivo cerca de la plaza de las Glòries, en la calle Corunya, delante de la Casa Sabadell, ¿lo conocéis? ¿Sabéis dónde está el Orfeó Martinenc? –ahora es ella la que pone los ojos en blanco y se esfuerza por no resoplar--... ¿El edificio de la Caixa, el de la cúpula negra y las estatuas?... ¿Y el monumento del Meridiano?... ¿No, tampoco?”, pregunta ufana “la chica de la Meridiana”. Quizá la Meridiana es algo más que una gris y fea autopista urbana con cuatro carriles de ida y cuatro de vuelta, algo más que una jungla de gigantescos edificios, ruido, tráfico y elevados índices de contaminación.