Aclaremos algo. En la Barceloneta no es que haya muchos turistas, es que únicamente hay turistas. Se ha convertido en una zona por y para ellos en la que una termina por sentirse extraña, más turista que los propios turistas. En los últimos años –con razón– los barceloneses han obviado esa parte de la ciudad: ya saben qué van a encontrarse. Guiris, manteros, paellas a precio de oro, sangrías que parecen lejía, mojitos insalubres. Un parque de atracciones no apto para cualquiera.

El paseo de Joan de Borbó se ha convertido en un zoco ilegal donde venden desde camisetas y zapatillas, a pareos y bolsos, pasando por todo tipo de souvenirs de Barcelona... hasta fruteros. “Es exagerado, cada año hay más manteros y ocupan más espacio... ¡no se puede caminar!”, cuenta una trabajadora.

UNA MEZCLA PECULIAR

La mezcla es peculiar. Los vendedores ambulantes gritan sus ofertas, los turistas –algunos sin camiseta– sacan fotos del paseo con las palmeras y el Hotel W de fondo. Las bicis, patinetes y otros sucedáneos se mueven al libre albedrío timbrando –riing, riing– casi por gusto, por placer, por puro juego. Mientras, los bicitaxis buscan clientes a la desesperada. Pregunto a uno y responde: “Te dejo el trayecto para dos personas hasta plaza Catalunya por 25 euros”. Una ganga.

Turistas y manteros en el paseo Joan de Borbó | HUGO FERNÁNDEZ
Turistas y manteros en el paseo Joan de Borbó | HUGO FERNÁNDEZ

Este 2018, un año más, los vecinos han alzado la voz en varias manifestaciones contra la masificación turística del barrio de 15.000 habitantes que en verano triplica su población. “No estamos en contra del turismo, simplemente exigimos una regulación por parte del Ayuntamiento”, aclara la presidenta de la Asociación de Vecinos de la Barceloneta, Carme Piera, en una conversación con Metrópoli Abierta. Pero ante todo, lo que piden es “seguridad”. “Aquí vive mucha gente mayor que sufre robos y actos vandálicos, esto se tiene que penalizar”, añade.

Los vecinos no son los únicos que denuncian estos robos, también lo hace el sector de la restauración. “Avisamos a los turistas de que no podemos controlar sus objetos personales, pero les roban igual, son carteristas profesionales, lo hacen en cuestión de segundos”, comenta la encargada de un restaurante del paseo Joan de Borbó, cuya identidad ha preferido mantener en secreto.

LA PLAYA, PURO ESPERPENTO

La escena en la playa es esperpéntica. Sin mucho sentido, un pakistaní cava un hoyo en la arena, al lado de las duchas. Tras varios minutos de extenuante trabajo, encuentra algo. Saca una bolsa de plástico y se la pasa a un amigo. Mirando hacia los lados, empiezan a limpiar el contenido lleno de arena: es hachís y se disponen a venderlo a los turistas.

La playa parece una Rambla. Uno ofrece tattoos de calcomanía, otro vende pareos. Este año, como gran novedad, hasta existe el alquiler de sombrillas de forma ilegal. Por otro lado, como viene siendo costumbre desde hace tiempo, están los mojitos de color verde radioactivo –que hace un tiempo presentaban residuos fecales– y la sangría, que son las bebidas estrella de la playa.

Pregunto a uno y responde: “A ti, amiga, te dejo el mojito por cinco euros y la sangría por cuatro”. Una ganga. Veo a un grupo de turistas con vasos de plástico vacíos y me cuentan. “Tienes que regatear, porque él intentará vendértelo caro... nosotros hemos conseguido tres mojitos por seis euros en total”. Aunque la gran pregunta es, ¿estaba bueno? Ellos asienten: “Nos ha gustado, le faltaba un poco más de alcohol, pero estaba bueno y... muy refrescante”.

DESCUBRIMOS DÓNDE HACEN LOS MOJITOS

En Metrópoli Abierta, no nos conformamos. Queríamos saber de dónde salen los mojitos. Hace un tiempo se filtraron imágenes de pakistaníes elaborando las bebidas entre los coches, escondiendo los hielos en la basura y la menta en las alcantarillas. Ahora, aunque los vecinos aseguran a este medio que sigue siendo así, descubrimos que el negocio de la playa se ha sofisticado. Seguimos a algunos de ellos y todos van a parar al mismo lugar: a un bajo de la calle Comte de Santa Clara, que probablemente hayan alquilado. Ahí se juntan unos diez alrededor de una mesa y van al lío: así producen los mojitos para venderlos luego en la playa.

Un vendedor de mojitos en la playa de la Barceloneta | HUGO FERNÁNDEZ
Un vendedor de mojitos en la playa de la Barceloneta | HUGO FERNÁNDEZ

En un momento determinado, llega la Guàrdia Urbana a la Barceloneta y lleva a cabo una redada contra los vendedores ambulantes que huyen corriendo. Como si de un montaje se tratara, toca la espalda de uno de los pakistaníes con mojitos, que ya se conoce el ritual. Se dirigen a la basura y él tira el contenido. “Solo estoy trabajando”, se queja él. El agente sonríe y responde: “Hoy solo te he pillado una vez, vives como Dios”.

UN MASAJE SEXUAL

Algunos atrevidos se lanzan al masaje tailandés. Un grupo de guiris con la música a tope ha contratado a una asiática para que les dé un masaje sexual a cada uno. Ella amasa la espalda del turista y baja hasta las nalgas, que también presiona. Entonces unos argentinos ven la escena. “¡Mirá cómo tocan!”, exclaman. La masajista los escucha y se echa a reír. En ese momento, sin pensárselo dos veces empieza a azotar el trasero de su cliente –plas, plas– y los otros siguen el juego. “Yeah, yeah, dicen los guiris”. ¿Habrá final feliz? A saber.

La escena del masaje en la Barceloneta | P.B.
La escena del masaje en la Barceloneta | P.B.

Cae la noche y las colas para coger el bus en la calle Pepe Rubianes se vuelven infernales. Tras media hora de espera, llega el 59, lleno, como era de esperar. El calor, y la mezcla de olor a porro y a sobaco se apoderan del ambiente. Una italiana cierra los ojos y empieza a bailar sensualmente entre los viajeros apretujados. Los amigos ríen y ella contesta, embriagada: "va bene". Eso: para los turistas, en la Barceloneta, va todo bien.