La privacidad en la capital de Corea del Sur es un tema controvertido. Ya hace algunos años que las autoridades van detrás de individuos que colocan pequeñas cámaras en los baños públicos. Graban principalmente a mujeres mientras hacen sus necesidades y después cuelgan las imágenes en internet, sobre todo en páginas pornográficas. 

Cualquier lugar es bueno para instalar estas microcámaras. Los delincuentes las esconden en los inodoros, en las cajas de papel higiénico, en los manillares de las puertas y hasta en las escobillas. Últimamente, además, este fenómeno también se ha extendido a otros lugares públicos como pueden ser los probadores de las tiendas de ropa, las habitaciones de los hoteles, los vestuarios de los gimnasios y hasta las calles. En este último caso, los hombres ponen directamente las cámaras debajo de las faldas de las mujeres. 

EN BUSCA DE CÁMARAS ESPÍA

En junio de 2018 más de 20.000 mujeres dijeron basta y se concentraron en las calles de Seúl para protestar contra el molka, el nombre con el que se conoce el delito de filmar a personas en la intimidad. Como respuesta a esta manifestación, el gobierno de la capital surcoreana contrató a 8.000 mujeres para que se encargaran de revisar de forma periódica los 20.500 baños públicos que tiene la metrópoli. 

Cabe decir que según expertos y activistas, esta medida no es del todo efectiva. De hecho, los servicios encargados de buscar las cámaras espía tienen dificultades para encontrarlas. El principal problema es que los individuos que instalan las microcámaras las dejan durante un período de tiempo muy corto y las retiran antes de que sean detectadas. 

CRÍTICAS A LAS AUTORIDADES

Para muchos ciudadanos de Seúl la policía no se está tomando en serio los casos de molka. Aunque las personas que cometen estos delitos tienen condenas de hasta cinco años de prisión y multas de aproximadamente 7.700 euros, los pocos infractores que se detectan quedan en libertad después de pagar moderadas multas.

Una de las principales causas de esta pasividad por parte de la policía es que en Corea del Sur las mujeres son vistas como ciudadanas de segunda. La cultura machista y la cosificación de los cuerpos femeninos son algunas de las trabas que impiden afrontar un problema social.