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Hace muchos años, en una galaxia mental muy lejana, antes del prusés y de Ada Colau, hubo una Barcelona alternativa y juvenil que se expresó a través del arte, el teatro, la música, la literatura, el periodismo, el cine o los cómics. No duró mucho –prácticamente, entre la muerte de Franco y la primera victoria de Pujol-, pero representó una manera de hacer, inquieta y cosmopolita, que no se ha repetido desde entonces. Ahora ya es historia de Barcelona y puede ser carne de exposición. Es lo que ha ocurrido con la contracultura barcelonesa de los años 70 y 80, que el visitante puede recorrer en la tercera planta del Palau Robert –donde el régimen exhibía a sus artistas tiempo atrás, enviando a los réprobos a Santa Mónica- gracias a la muestra que ha organizado Pepe Ribas, fundador de una de las revistas fundamentales de aquellos tiempos del cuplé, Ajoblanco, cuyo principal logro, para quien esto firma, es que se haya llegado a realizar: hace unos años era imposible.

Sé lo que me digo. El propio Pepe Ribas lo intentó sin éxito tiempo ha. También se movió en esa dirección Juan José Fernández, director y editor de Star, la segunda pata de la prensa alternativa de los 70 (la tercera, Disco Exprés, apenas aparece en la actual exposición, por motivos que el comisario debe tener claros, aunque yo no tanto). Yo mismo intenté montar una muestra del underground local –aunque en el Palau Robert se las hayan apañado para meter la palabra Cataluña en el título, el fenómeno fue exclusivamente barcelonés-en el CCCB, pero entre Josep Ramoneda y su segundo de abordo, Jordi Balló, se me torearon con tal habilidad que nunca logré llegar a ninguna parte. Me temo que si ahora mi generación ocupa una planta del Palau Robert –donde Artur Mas tiene su despacho, por cierto, y con el que me crucé a la salida de la inauguración- es porque ésta se compone mayoritariamente de muertos y de personas mayores como yo que cada vez estamos más cerca de irnos al otro barrio. Para bien o para mal, el underground ya no causa la menor inquietud a nuestros gobernantes ni a ningún biempensante con cierto poder.

Diseñada por el gran Dani Freixas –interiorista del viejo Zeleste, entre otras perlas de finales del siglo XX-, la exposición de Pepe resume con bastante amplitud aquellos años de una ciudad en la que unos cuantos ilusos aspirábamos a la modernidad, el cosmopolitismo y demás excentricidades que el nacionalismo se llevó por delante. Desde mi punto de vista, echo de menos una mirada sobre el fenómeno punk y alguna referencia a la revista de comics El Víbora, pero el amigo Pepe ha optado por acotar el territorio y situar el final de la historia donde le ha parecido pertinente. Nada que objetar. Para los que vivimos aquellos años, no hay grandes novedades, pero es normal: estábamos allí y lo vimos todo. La tarde de la inauguración nadie tenía menos de sesenta, lo cual es natural –aunque tenga algo de auto homenaje, que es una cosa que siempre da un poco de vergüenza-, pero sería de agradecer que la exposición fuera visitada por gente joven con curiosidad sobre lo que intentó hacer, en circunstancias más bien adversas, la generación de sus padres. La visita, para los de mi quinta, puede resultar agridulce por varios motivos: la Barcelona que presagiaba todo aquello nunca llegó, podemos encontrarnos a nosotros mismos en algunas fotos y establecer molestas comparaciones entre el muchacho ilusionado de entonces y el adulto desengañado de ahora, echaremos cosas de menos y nos sobrarán otras (en mi caso, la insistencia en temas que nunca me creí, como la acracia y las comunas), nos dará por preguntarnos si realmente colaboramos en algo valioso o si, simplemente, nos dedicamos a hacer el ganso como correspondía a nuestra edad y condición…

Mi amigo (y socio en los comics) Javier Montesol publicó en Facebook no hace mucho una especie de mea culpa generacional que está en las antípodas del orgullo con que Pepe Ribas interpreta los años de nuestra perdida juventud. Yo me sitúo un poco en medio de ambos: me lo pasé muy bien e hice lo que pude, pero también me sentí, como los personajes de la canción de Bowie Oh, you, pretty things, formando parte de un grupo que estaba volviendo locos a sus padres y a sus madres, que habían sobrevivido a una guerra y solo aspiraban a vivir tranquilamente y no pasar hambre (la hubiesen ganado o la hubiesen perdido). Es evidente que para Pepe Ribas aquéllos fueron los mejores años de su vida, pues no hay propagandista más eficaz y entregado de aquel pasado barcelonés.

A mí, compartir hábitat con el Astut me resulta un pelín deprimente y la prueba definitiva de que, si alguna vez fuimos peligrosos, ya hemos dejado de serlo.

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