Los ojos de Magaly Julien reflejan con intensidad el torbellino de emociones de las últimas semanas. Cuenta que estos días, entre las paredes de su hotel, la directora del Praktik Bakery ha aprendido a reír, llorar y escuchar con la mirada. A menudo los huéspedes cruzan la puerta con miedo. “Llegan petrificados”, describe. Los reciben seis pares de ojos que sobresalen por encima de las mascarillas.

Los inquilinos no traen maleta, tampoco equipaje de ningún tipo. En ocasiones tan solo llevan puesta una bata. En otras, únicamente las sábanas del hospital. Los usuarios del Bakery son enfermos de Covid-19. La mayoría han superado el camino más difícil de la enfermedad y se recuperan, aislados de sus familiares, en este céntrico complejo de Barcelona.

HOTEL SALUD

Hace tres semanas la vida de Magaly dio un giro de 180 grados. El 18 de marzo el complejo cerraba sus puertas y reabría tres días después, reconvertido en un Hotel Salud para pacientes leves de coronavirus. A esta menorquina de 35 años le cuesta ordenar las emociones del día en que llegaron los primeros enfermos. “Fue un volcán de sensaciones. Decidí que recibiría a todos los pacientes que entrasen. Esta es nuestra casa y nuestro papel es que se sientan como si estuvieran en la suya”, explica.  

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Magaly Julien posa para Metrópoli Abierta en la cafetería de su hotel / G.A

A pesar de la logística de la llegada con la ambulancia, sus “astronautas” –el personal sanitario–, y la frialdad de la mesa y la cinta que separa al personal del paciente, los empleados intentan “humanizar” al máximo el recibimiento de los pacientes. Hoy, 67 personas se recuperan de la enfermedad en las habitaciones del alojamiento.

74 HABITACIONES PARA PACIENTES

A tan solo unos metros de La Pedrera, el Praktik Bakery servía hasta hace un mes su exquisita bollería y pan artesano cocinado en su majestuoso horno de madera. La crisis sanitaria lo cambió todo y, tras bajar la persiana, ofreció sus 74 habitaciones para alojar a pacientes leves. Es uno de los 14 hoteles de la ciudad que hace frente a la pandemia, ya sea atendiendo enfermos, o bien ofreciendo descanso al personal médico. En total, el Gremi d'Hotels de Barcelona colabora en la lucha contra la pandemia ofreciendo unas 2.500 habitaciones.

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Aspecto de la entrada del Praktik Bakery antes del estado de alarma / PRAKTIK BAKERY

En las vitrinas de cristal, el gran surtido de panes y pasteles ha desaparecido. Las máquinas de café, tapadas con plásticos. “Redibujamos de nuevo el hotel, así como sus funcionalidades para cumplir las normativas de seguridad”, explica Magaly. Centenares de cajetillas de cartón forman una gran pila en el espacio de la cafetería, donde los clientes solían desayunar. En ellas sirven la comida cocinada por un servicio de catering. Todo a cuenta del alojamiento.

CENAS QUE DAN ESPERANZA

Las cenas llevan a menudo un mensaje de esperanza y de ánimos. Se les ocurrió con Gustavo, cuya mujer e hija, también infectadas, pasaban la enfermedad en casa. Un día, cuando abrió la caja de la cena, su hija le sonreía a través de una foto. “Creo que es lo que más les ha impactado. Queríamos animarles, así que llamamos a los familiares uno a uno y les preguntamos si querían enviarnos una foto suya y la pegamos en la caja”, cuenta Manuel Gambín (29 años), uno de los recepcionistas.

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Imagen de la entrada del hotel, tomada el pasado viernes 10 de abril / G.A

A Magaly le acompañan siete miembros de su plantilla, todo el equipo de recepción. No esconde el orgullo porque hayan decidido arrimar el hombro, pese al riesgo de contagio. “Quiero creer que a casi toda la gente que su empresa le ofreciera ayudar también lo harían. Sacar la motivación fue fácil”, quita importancia Gambín. Este murciano reconoce, entre sonrisas, su papel de psicólogo con los huéspedes. "El hecho de mimar al paciente, ahora se multiplica por cien. Los sanitarios se encargan de la salud física, nosotros de la mental", comenta.

Con el paso de los días, las respuestas con monosílabos del inicio dan paso a conversaciones cercanas, con un tono “familiar”. Encerrados en su habitación, Gambín cuenta que los enfermos agradecen escuchar una “voz amiga”. “Lo valoran infinitamente. Lo que para nosotros es una simple llamada de teléfono, para ellos es una compañía brutal”, ilustra.

VÍNCULOS ESTRECHOS

La conexión con algunos pacientes es muy estrecha. Magaly no se olvida de Idoia. Vino del País Vasco con su hija de 14 años que debía someterse a una operación quirúrgica. Dos días antes uno de los cirujanos dio positivo. La adolescente y la madre también se contagiaron. Han pasado las últimas semanas separadas: la menor en la UCI, y la progenitora en el hotel. La operación se retomará este miércoles. “Son situaciones muy emocionantes. Te implicas y te lo haces tuyo. A veces me cuesta dormir. Revives momentos, miradas, sobre todo las miradas..”, señala la directora del Praktik Bakery.

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Horno de madera, fuera de servicio / G.A

Dos enfermeras y dos auxiliares vigilan durante el día las constantes de los enfermos, siguiendo la evolución y los síntomas. Muchos vienen de hospitales, han estado graves y han ganado el asalto contra el virus. También hay quien viene derivado de un centro de atención primaria (CAP) o de su propia casa. Algunos familiares se acercan a dar ropa, unos pocos lo hacen para ver las caras de sus seres queridos, aunque sea desde la calle. Otros huéspedes no tienen ningún ser querido que lo haga, tampoco un hogar.

ENFERMOS JÓVENES

A Magaly le ha sorprendido la juventud de los enfermos. Un chico de 24 años sin patologías, una mamá de 34 que acaba de tener un bebé y muchas personas de entre 50 y 55 años. “Nadie queda al margen de esto, ninguna clase social, ninguna situación familiar”, explica. Unos aplausos y unos vítores interrumpen la entrevista. Despiden a un huésped, una nueva alta. Con esta ya van 18 este viernes. El jueves abandonaron el hotel otras 14 personas.

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Centenares de cajas apiladas en la cafetería / G.A

Dos pacientes corrieron peor suerte y ahora luchan contra el virus desde la UCI de un hospital. Son la cara amarga de esta historia, como la de una mujer de unos 50 años, que ha enterrado a su madre y su padre hace apenas una semana. Sin despedirse. “Esto cambia un paradigma, no puedes imaginártelo. Es surrealista. Será difícil de digerir”, reflexiona Magaly.

DONACIONES

La solidaridad del Praktik Bakery ha tenido un efecto boomerang desde el exterior. Llegó en forma de decenas de pizzas gratuitas ofrecidas por una empresa cuando quisieron animar a sus huéspedes. También se ha colado en el complejo en forma de donaciones: libros, pintura, ropa, agua, gorras protectoras, etc. “Gestos así te hacen sentir especial. Si nos encontráramos en su situación, también nos gustaría que nos tratasen así”, señala la directora.

Los empleados han organizado concursos de pintura, bingos y hasta un Quién es quién para dar la posibilidad, a quien quisiera, de escribir sus historias a través de un papel y, así, conocer al vecino de la habitación de al lado.

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Dos cocineros preparan la comida de catering de los pacientes / G.A

Tras los primeros días de tensión respetando los protocolos de seguridad e higiene, los trabajadores han organizado pequeños juegos para mantener el nivel de alerta. “Tengo un infiltrado que controla que todos lleven guantes, que todo esté desinfectado. Hace un informe diario de todos y al final de la semana hay un premio o un regalo. Bajar la guardia puede tener consecuencias graves porque cualquier baja dejaría un vacío y queremos estar sanos hasta el final”.

CAPACIDAD DE EMPATÍA

La jefa del hotel comparte información con el personal sanitario gracias, en parte, a la intensa coordinación con el consorcio sanitario de Barcelona. Magaly se interesa por cada caso, cómo fue el contagio, la evolución. De los pacientes solo tienen palabras de agradecimiento. "Que te digan que eres como de su familia y que te quieren es brutal". Cuenta la directora del hotel que nunca había escuchado, comunicado y compartido tanto como ahora. También ha aprendido a ponerse en el lugar del otro. "Hemos desarrollado todos una gran capacidad de empatizar", observa.

El ritual se repite en el vestíbulo con algunos de los enfermos. Con el alta en la mano salen entre aplausos, sonrisas y la música de la canción de fondo que horas antes han acordado con los empleados. "Se van y nos dan las gracias pero se las tendríamos que dar a ellos. Termina el día y te vas con el alma llena. Es tan grande lo que recibimos a cambio que nos hace sentir muy grandes y nos retroalimenta para seguir al día siguiente, esperando a que todo esto acabe lo antes posible", concluye.

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Rótulo en la entrada del hotel / G.A

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