Decía Pablo Neruda –en uno de sus tantos versos– que podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. Algo similar sucede con la venta ambulante: podrán desalojar las zonas turísticas, pero no podrán acabar con el fenómeno entero. Este es el mensaje que los manteros quieren trasladar a las autoridades. Dos semanas después de que Albert Batlle (PSC) pusiera en marcha el dispositivo de seguridad, los que se ganan la vida en Barcelona han logrado burlar a la policía: han encontrado una zona en el Port Vell –hasta la entrada del Maremagnum– donde pueden vender sus productos "más o menos tranquilos". En sus antiguos puntos predilectos, asegura uno de ellos a Metrópoli Abierta, "ahora hay mucha policía". Mira hacia los lados mientras habla. Y sigue. "Pero aquí vendemos muy poco", lamenta.

En este tranquilo paseo los manteros saben que son casi de azúcar. El dispositivo policial no llega porque la zona en cuestión es competencia de la policía portuaria, que a su vez depende de Puertos del Estado del Ministerio de Fomento español. Los vendedores ambulantes ya no están en plaza Catalunya, ni en la avenida Joan de Borbó, ni en Pla de Palau, solo en el denominado Moll de Bosch i Alsina, controlados por una furgoneta.

UN CONFLICTO CON POSIBLE "BATALLA CAMPAL"

Fuentes internas de la policía portuaria aseguran a Metrópoli Abierta que “no se puede entrar en un conflicto directo con ellos porque acabaría en una batalla campal y no se solucionaría nada”. Además, insisten en “la falta de efectivos policiales” para hacer frente a una situación que lleva años perpetuándose en Barcelona. “Se toman medidas disuasorias como regar el espacio por la noche, sobre las siete o las ocho”, señala con ciertos aires de resignación.

Afrontar la venta ambulante en toda su complejidad sin que nadie salga perjudicado parece difícil, casi imposible. “¿Sombrero, amiga?”, pregunta uno de los vendedores. “¿Pañuelo?”, sonríe complaciente. Los productos no han cambiado: desde bolsos a cinturones, pasando por imanes e incluso mujeres senegalesas que hacen trenzas a turistas con música de fondo y un ambiente distendido. Sin embargo, aparte del centenar que se ha quedado en la ciudad, la mayoría de ellos ha preferido irse de Barcelona hacia otras localidades para vender sin presiones.

Las ofensivas policiales de Batlle han sido aplaudidas por los comerciantes y restauradores, incluso por el propio cuerpo de la Guardia Urbana. Para la Plataforma de Afectados por el Top Manta, el dispositivo policial está funcionando “muy bien”. “Es necesario recuperar el espacio público”, subraya su portavoz, Fermín Villar, en declaraciones a Metrópoli Abierta. Con el fin de lograrlo es necesario –según su opinión– “insistir y darle continuidad”. Contrariamente, Lamine Sarr, miembro y portavoz del Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes, considera que para las autoridades “el problema no es el espacio público, sino quién lo ocupa”.

DISCREPANCIAS ENTRE EL ALA COLAU Y EL ALA COLLBONI

El colectivo –que durante los últimos años ha vivido bajo la protección del consistorio de Ada Colau– ahora se ha enfadado porque les “tratan como basura”. "El racismo sigue vivo, más fuerte que nunca", valora. Para él, el “cambio radical” de BComú –ahora que ha unido fuerzas con PSC– no se entiende. “No se puede ser de izquierdas y hablar de presión, persecución e inseguridad", dice refiriéndose a la fórmula contra el top manta que ha impulsado el teniente de Seguridad, Albert Batlle.

Algunos de los productos que venden los manteros en Barcelona / P. B.
Algunos de los productos que venden los manteros en Barcelona / P. B. 

De hecho, la visión sobre la venta ambulante ha desencadenado discusiones en el tándem que conforman Colau y Collboni. La alcaldesa se desmarca de Batlle y asegura que "el top manta no supone un problema de seguridad”. A pesar de sus discrepancias y de la actitud a la defensiva de los manteros, los tenientes de alcaldía Jaume Collboni (PSC) y Janet Sanz (BComú) proponen una mesa de diálogo entre todas las partes para abordar la problemática de forma integral.

Aunque en agosto, con la alcaldesa de vacaciones, y el sol pegando fuerte, el asunto parece que se ha congelado. Aprovechando esta “tregua”, los vendedores ambulantes siguen tomando parte del paseo –una suerte de territorio neutral– para colocar sus productos. “Hay que comer”, indica uno de ellos a este medio, llevándose las manos a la boca. Ha vivido en Barcelona los últimos ocho años. En la ilegalidad y vendiendo llaveros, o gafas de marcas falsas, o lo que sea. Con un solo objetivo, a fin de cuentas: sobrevivir.