Carlos (nombre ficticio) no se acostumbra a ver las calles vacías. “Por un lado es señal de que se está respetando el confinamiento, pero es aburrido. Apenas puedes interactuar con nadie”, cuenta este agente de la Guardia Urbana de Barcelona. Estos días, cruza alguna palabra con Mossos d’Esquadra, personal del Servei d’Emergències Mèdiques (SEM), o algún transportista.

Carlos patrulla en el turno de noche de 22.00 a 06.00. La escena se repite cada día. Todo cerrado, “un desierto”, describe. El urbano constata la percepción general: la inmensa mayoría de barceloneses se queda en casa. “Siempre hay quien quiere buscar las lagunas a las normas”. En los controles de paso se detectan muy pocas infracciones al estado de alarma. Las excusas y argumentos sin peso y, con ellas las sanciones, se producen más entre ciudadanos a pie y moviéndose en motocicleta

APLAUSOS DE LA CIUDADANÍA

Desde los balcones, a pie de calle e incluso en los mismos controles policiales, muchos ciudadanos transmiten estos días un gesto de gratitud hacia los agentes de la Guardia Urbana, responsables de velar por el confinamiento de la ciudad. Le ha ocurrido a Luís (nombre falso), otro miembro del cuerpo, que agradece el calor de la gente. “Sorprende que te aplaudan por la calle. Notamos el apoyo de la gente y reconforta”, comenta.

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Un coche de la Guardia Urbana patrulla por la Rambla de Barcelona / GUARDIA URBANA

Un mes de confinamiento ha ido moldeando la percepción de los barceloneses sobre la crisis que afronta la ciudad. “Antes quizá pensaban que las medidas eran muy estrictas. Ahora, la gente ha ido tomando consciencia sobre la realidad y el motivo del por qué se debe quedar en casa”, observa este veterano policía. Cuenta que adaptarse a la nueva rutina ha sido relativamente fácil. Los delitos en la vía pública han caído en picado, aunque no han desaparecido. Con menor intensidad, se siguen produciendo robos violentos en la calle, trapicheo de droga y los conductores ebrios siguen cogiendo el coche.

MÁS DE 25.000 SANCIONES

Desde el 14 de marzo al 16 de abril, Urbana y Mossos han puesto 25.553 sanciones y más de 34.000 avisos por saltarse el confinamiento. Se han inspeccionado más de 120 establecimientos comerciales, realizado 666 avisos en estos locales e interceptado más de 4.409 vehículos. Muchos servicios se producen en domicilios. Los agentes se encuentran con peleas familiares, situaciones de violencia de género, quejas por altos niveles de música o ruidos de obras. Con frecuencia, los policías auxilian a personas mayores que se han caído, o bien necesitan una ambulancia porque tienen síntomas de Covid-19.

De noche, en la búsqueda de algún delincuente en las calles absolutamente desiertas, se producen situaciones de confusión entre los agentes y algún vecino que aprovecha la oscuridad para saltarse el estado de alarma. Carlos relata un episodio de hace unos días: “Nos pasaron un aviso de un robo con fuerza y vimos a una persona en la zona. Pensando que podría ser el sospechoso nos acercamos y salió corriendo. No era a quién buscábamos. Echó a correr porque sabía que si lo parábamos lo denunciaríamos por saltarse el real decreto”.

DROGAS EN MOCHILAS DE 'GLOVO'

Los camellos y vendedores de pequeñas cantidades de sustancias siguen muy activos. Algunos se las ingenian para mover la droga a través de servicios de reparto como Glovo. Otros directamente se pasean por la ciudad para entregar la mercancía. “Mucha gente se dedica al menudeo. Lo hacen de manera más descarada”, describe Carlos. “Detectamos muchos vehículos de dos ruedas con mochilas y cajas de distribución”, añade Luís.

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Control de la policía barcelonesa en la avenida Diagonal / GUARDIA URBANA

Como medida de protección para evitar contactos la puerta de la comisaría donde trabaja Carlos permanece abierta todo el día. La atención al ciudadano en la entrada se hace siempre a través del cristal con un micrófono. Lo más difícil, coinciden los agentes, es mantener la distancia de seguridad de 1,5 o 2 metros en el interior de las estaciones policiales. En las zonas comunes como el comedor el aforo se limita a seis personas. El cuerpo cuenta ahora con más mascarillas que en el inicio de la crisis, aunque los sindicatos siguen exigiendo más material de protección. Las mascarillas caseras también han circulado entre los policías de Barcelona.

RIESGO

Con el paso de las semanas y la elaboración de protocolo, la sensación de seguridad en el trabajo aumenta entre algunos agentes como Carlos. “Lo llevamos algo mejor porque tenemos más información”. En caso de detenciones, sin embargo, asegura que la seguridad al 100% no existe. Si el sospechoso está tranquilo, deben proporcionarle una mascarilla. También se consulta al SEM para conocer su estado. La cosa se complica en situaciones bajo presión. “Cuando sube la tensión te olvidas del tema de la seguridad. Al terminar la actuación, a veces me arrepiento de alguna de las acciones que he hecho. ¿Y si la persona era asintomática?”, se pregunta preocupado Carlos.

En actuaciones con personas que presentan síntomas, los urbanos tienen la obligación de ponerse un traje protector, gafas y guantes, además de la mascarilla. Luís asume el riesgo de su trabajo, un servicio público esencial estas semanas. “Sabemos que es una situación arriesgada. Todos tenemos familia, pero es nuestra responsabilidad. Al igual que un repartidor accede a muchos portales porque es su labor, ésta es la nuestra”, señala. “Es un día a día de nervios, tensión… Sabemos que podemos contagiar a nuestra familia en caso de infectarnos. A veces resulta difícil”, describe Carlos.

PERSONAS SIN HOGAR

En la calle, algunas personas sin hogar se resisten a confinarse en los albergues y campamentos especiales habilitados en la ciudad como el de Fira de Barcelona. Los agentes actúan con mano izquierda y les indican la posibilidad de refugiarse en estos centros. Algunos, son reacios. “Ellos dan mucha importancia a sus pertenencias. Cuando les decimos que dormir en un lugar determinado significará perder sus cosas, responden que prefieren estar en la calle para mantener un vínculo con lo que es suyo. No les vale la pena dormir en albergues”, explica Luís.

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Agentes con mascarilla en Barcelona / GUARDIA URBANA

El trabajo policial, alabado por gran parte de la sociedad, pero discutido también en muchas ocasiones por otra parte de la población, goza estos días de excepción de una aprobación y felicitación general por parte de la ciudadanía. “Da satisfacción, pero sabemos que la sociedad es volátil. Ahora quizá seamos unos héroes para algunos, y luego el diablo. Sabemos que la percepción de nuestro trabajo no siempre es la misma. Al menos, ahora, se agradece que se nos vea como a los buenos”, concluye Luís, con una sonrisa en el rostro.

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