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Una luz tenue ilumina el interior de la casa de apuestas Enracha Don Pelayo de la calle Comte Urgell. Los colores y sonidos estridentes de las máquinas tragaperras estimulan las ganas de jugar de seis adultos que insertan monedas sin parar. Dos jóvenes y otro adulto observan concentrados cómo la bola rueda por la ruleta rusa. También hay letreros luminosos. Todos los clientes están en silencio. Todos están solos menos una pareja que parece acudir a este establecimiento regularmente. Todos esperan que el poder del azar cambie su suerte. Especialmente los más jóvenes, los nuevos clientes predilectos de este tipo de establecimientos. 

“No juego mucho. Es malo venir a estos sitios, eh”, dice otro jugador a Metrópoli Abierta al poner sobre la mesa la adicción que provoca el juego. La razón por la cual el gobierno municipal de Ada Colau y Jaume Collboni ha comunicado este martes que prohíbe la apertura de nuevas casas de apuestas, bingos, casinos y salas de otros juegos de azar en Barcelona.

El ejecutivo de la ciudad ha detallado que un estudio de la conselleria de Salut, que encabeza ahora la regidora Gemma Tarafa, alerta de los impactos negativos que estos espacios tienen en las personas, sobre todo entre las más jóvenes. Tarafa subrayó que dos de los factores que favorecen caer en la ludopatía es vivir en barrios de rentas bajas y tener cerca de su domicilio una casa de apuestas.

SIN FRENO

Actualmente la capital catalana cuenta con un casino, 17 bingos y 35 salas de juego. Una de ellas es SPORTIUM – Salón de Juegos Gaming de la calle Villarroel, donde este martes a las 13h la conversación entre dos señoras ha dejado a entrever ante Metrópoli Abierta cómo el juego puede llevar a uno a gastar dinero sin freno.

Un hombre entra en la casa de apuestas Bingo Billares / ALBA LOSADA
Un hombre entra en la casa de apuestas Bingo Billares / ALBA LOSADA

“Me he gastado 140 euros y he ganado 150. ¡Venga, venga, venga, que me toquen tres torres!”, exclama una de ellas. Cuando ya lleva 200 euros ganados, cambia de máquina y juega otros 30. Un señor que juega a su lado no puede evitar alertarle “mejor que no se siente”. Ella contesta con una carcajada y reconoce que es muy vicioso. Pero no para de jugar. “No sale nada ya. Ya la hemos vaciado”, lamenta y, acto seguido, para su sorpresa le toca el premio. “¡Viva! Ya no juego más. Bueno venga, juego este billete de 20 y ya está…”.

LOS JÓVENES

Así como en los bingos y casinos de Cataluña es obligatorio pedir la documentación a las personas que quieran acceder a estos, en las salas donde hay máquinas de apuestas, mayoritariamente máquinas tragaperras, no lo es. Es por eso que, cuando Metrópoli Abierta pregunta a un empleado del SPORTIUM – Salón de Juegos Gaming si es necesario enseñar la documentación, este contesta: “Si tienes el DNI mejor. A partir del mes que viene, que entra en vigor el decreto 89/2019, sí que será obligatorio”. Unas palabras con las que ha vislumbrado que menores y ludópatas han podido entrar casi siempre que han querido a este tipo de establecimientos que solo hacen que atentar contra su salud. 

El objetivo de esta directriz es evitar que las personas pertenecientes a estos dos colectivos puedan jugar sin que nadie les pida la documentación. Pero lamentablemente, ellos no son el único grupo de población vulnerable. Como indica un comunicado de este agosto de la Moncloa, “hace una década el perfil de ludopatía era de varón entre 40 y 45 años, debido a que solo existían casinos físicos”. Sin embargo, con la llegada de las nuevas tecnologías, el panorama ha dado un giro de 180 grados. “Principalmente a causa de las apuestas deportivas, tanto a nivel físico como online, ahora el perfil es de varón de 20 a 25 años”. En otras palabras, los jóvenes son ahora el target favorito de las casas de apuestas y, desde el Gobierno en funciones, lamentan que la ludopatía sigue en aumento entre estos.

Los jóvenes son el nuevo perfil de jugadores / ALBA LOSADA
Los jóvenes son el nuevo perfil de ludopatía / ALBA LOSADA

De vuelta a la casa de apuestas Enracha Don Pelayo, un joven, que por su apariencia física tendrá menos de 25 años, observa expectante la ruleta rusa. “No vengo demasiado por aquí, pero estoy esperando a alguien y, como no tengo nada que hacer, he venido a jugar un rato. Si quieres ganar dinero este no es el sitio, vete a otro lugar”, reconoce a este diario el joven que, acto seguido, asegura que si a la siguiente no le toca se marchará porque ya se ha gastado “10 euros”. La bola cae al 23 negro y abandona la sala.

PENSADOS PARA GASTAR 

En otra punta de la ciudad está la casa de apuestas Bingo Billares, donde se encuentra uno de los bingos más grandes de Barcelona. Este martes a las 14h hay unas 100 personas, la mayoría son mujeres de mediana y tercera edad, que tachan los números de los cartones sin cesar. Todo está pensado para que pasen el mayor tiempo posible jugando: hay una sala para fumadores y otra para no fumadores, un camarero sirve comida y bebida en las mesas y el importe del menú de mediodía es de solo 3,50 euros para aquellos “clientes que jueguen cartones de bingo cada partida”, mientras que para “clientes que no jueguen cartones” el precio es de 15 euros.

A pesar de ello, dos ancianas señalan que “no por estar más tiempo tienes más opciones de ganar. Puede que te toque nada más llegar o tirarte toda la tarde y no cantar nada”. Ellas ya están comiendo las profiteroles del postre del menú, en 15 minutos se han fumado dos cigarros y jugado tres cartones cada una y, ahora, empiezan a pagar los cartones con un billete de 50 euros que acaban se sacar del monedero. Es un no parar.

Las salas de bingo están pensadas para que los clientes gasten el máximo de dinero posible / ALBA LOSADA
Las salas de bingo están pensadas para que los clientes gasten el máximo de dinero posible / ALBA LOSADA

En otra mesa, hay una mujer que no se pierde ni una partida, como si la suerte tuviese que llegar en cualquier momento. Entre cartón y cartón reconoce que uno se puede llevar bastante dinero en un bingo de esta envergadura, pero que, al final, si se vuelve a jugar, “todo regresa a la banca". “El jueves pasado estaba aquí con unos amigos. Nos queríamos marchar a las 3 de la madrugada. Pero por culpa de los disturbios, no nos dejaron salir hasta las 6. Así que terminamos gastando 300 euros. Es necesario ponerse un tope porque si no puedes gastar mucho”, recuerda mientras no consigue cantar línea ni bingo en ningún momento. Culpa a agentes externos de ello. “¡Este pesado (su novio) no para de llamarme! Me está dando mala suerte. Apago el móvil”, sentencia con la mirada fija en las cifras que aún pueden hacer que hoy se lleve un puñado de euros a casa.