Camisas planchadas y hombres. Muchos hombres. Con maletas, americanas, smartphones nuevos y caras de concentración, miles de hombres (de distintas nacionalidades) han aterrizado en Barcelona para descubrir las nuevas tendencias del sector tecnológico que se presentan en el Mobile World Congress (MWC) hasta el 28 de febrero. Y, ya de paso, hacer un poco de business. Para ello, hay que ir con la mente abierta y, sobre todo, mantener la guardia alta. Pero, en ocasiones, es difícil.

Si algo ha marcado la diferencia respecto a la edición anterior ha sido el clima. La nieve ha dado paso este año al sol primaveral y los más de 107.000 congresistas lo han agradecido. “Lo mejor del Mobile es este asombroso clima mediterráneo... nos encanta”, comentan unos asistentes de Alemania a Metrópoli Abierta.

VITAMINA D AL PODER EN EL MOBILE

Las imágenes hablan por sí mismas: a partir de las 12 del mediodía las zonas de exteriores se llenan de congresistas que salen en busca de comida... y vitamina D. Algunos comen en las mesas un menú (por 17 euros, mínimo), otros van a lo rápido: un sándwich y al lío de nuevo. Los que van con más tiempo mueven las sillas hacia una parte con sol y se quedan ahí –cual lagartos– hasta que pique. Y, si no hay sillas ni bancos disponibles, se sientan en el suelo. Sin problema.

Aunque si hay algo que no cambia, por mucho que el mundo avance, son las costumbres. Uno, vaya donde vaya, lleva consigo lo aprendido. Algunos asiáticos buscan para comer lo más parecido a lo suyo: un wok. Y, luego, sin perder la tradición, echan una cabezadita allá donde sea. Una zona de descanso en el pasillo, pese al barullo, puede ser un lugar idóneo. Si hay necesidad, cualquier lugar es bueno.

Uno de los asistentes echando una cabezadita en el Mobile / P. B.
Uno de los asistentes echando una cabezadita en el Mobile / P. B.

UN ERUCTO POR SORPRESA

Otro shock cultural, de entre las más de 200 nacionalidades presentes, me sorprende en un restaurante del congreso. Antes de meter un mordisco a su postre, el comensal de delante se tira un eructo. El otro desconocido de la mesa y yo nos miramos y contenemos la risa. Luego se presenta. Kamendra Kumar es un directivo indio de una empresa de telecomunicaciones que visita por primera vez Barcelona.

En India, igual que en China, no es de mala educación eructar. De hecho, está bien visto: significa que la comida estaba rica, que has quedado satisfecho. Más adelante, dejando de lado el momento incómodo, cuenta sin tapujos. “Hace tiempo que quería venir pero mi mujer no me dejaba”, relata. “Ahora ya puedo”, exclama riéndose solo. Luego, saca la artillería pesada y me aborda. “¿Dónde has aprendido a hablar inglés? ¿Has venido sola? ¿Tienes una tarjeta de contacto?”, interroga.

¿DÓNDE ESTÁN LAS MUJERES?

El caso de Kumar no es aislado. Las miradas masculinas se acumulan sin pudor. La imagen que más se repite en el congreso es la de un hombre adulto –entre 40 o 60 años– enfundado en un traje. Y algunos de ellos observan (con lascivia) a las jovencitas que pasan por su lado. Lamentablemente, la presencia femenina en el salón de Gran Vía –que no el de Montjuïc, donde estan las startups– es minoritaria. Según apuntaba el consejero delegado de GSMA, empresa organizadora del MWC, John Hoffman, el sector femenino representa un 30 % del total. No obstante, la percepción (a simple vista) parece menor.

Aunque no haya sillas los asistentes se las ingenian para disfrutar del sol / P. B.
Aunque no haya sillas los asistentes se las ingenian para disfrutar del sol / P. B.

Por la tarde, los bostezos se contagian y el olor a café se propaga. Algunas azafatas se desprenden de sus tacones y descansan los pies. Cabe recordar que este año el Mobile ha recibido críticas por una medida discriminatoria con las mujeres, que se convierten –injustamente– en un reclamo para la venta y la seducción.

A partir de las cinco de la tarde, los presentes recogen sus bártulos y abandonan el congreso que termina a las 19 horas. Fuera, un joven con un cartel gigante promociona el centro comercial Gran Vía 2.

Mojitos at the shopping center–, exclama. Esboza una sonrisa y vuelve a decirlo.

–Mojitos...

Y, algunos asienten. Ahora, para los congresistas, empieza lo bueno.