Es el típico rincón de Barcelona que es más conocido por su 'apodo' que por su nombre original. Es muy probable que a mucha gente que se le diga de quedar en los Jardins de Salvador Espriu tengan que consultar dónde de encuentran. Pero si la cita es en los Jardinets de Gràcia, el lugar es inequívoco.

Si privilegiada situación, justo al final del paseo de Gràcia, sirve como puerta de entrada al popular barrio que le da nombre. Su pequeño tamaño no ha evitado que sea un centro de referencia en la ciudad, de visita obligada cuando se pasea por la zona. En ellos se han podido presenciar de cerca muchos acontecimientos que han tenido una importancia capital en la ciudad y, aunque la calle sigue siendo el paseo de Gràcia, los Jardinets tiene una identidad propia e independiente del gran paseo.

La creación de los jardines fue idea del director de Parques y Jardines de Barcelona de 1929, Nicolau Maria Rubió i Tudurí, que los planificó como nexo de unión entre el centro de la ciudad y el barrio de Gràcia.

DISPERSIÓN

Se optó por colocar unos jardines en el centro de la calle y una serie de esculturas, la más importante de la cuales fue la Font de l'Aurora, obra de Joan Borrell i Nicolau, inaugurada en 1929. De inspiración clásica, el conjunto estaba formado por cuatro columnas corintias, coronadas por sendas águilas, que rodeaba un grupo escultórico que evocaba el Sol (Helios) y la Luna (Selene), que salían del agua sobre unas cuadrigas, mientras la diosa Minerva, de pie sobre una barca, contemplaba desde el centro de la fuente central.

Sin embargo, el grupo no acabó de gustar a los vecinos de Gràcia, sobre todo por el hecho de que estaba mirando al paseo de Gràcia y no al barrio. Por ello, acabó siendo desmontado en 1933 y las piezas han acabado dispersadas por la ciudad: una de las cuadrigas, en los jardines del Turó Park (la otra fue fundida para aprovechar el bronce), las águilas, en el zoo, y la escultura de la diosa Minerva, en el paseo de Santa Madrona, en Montjuïc; y la de Selene, en la avenida de Vallcarca.

Posteriormente, se han ido colocando otras esculturas dedicadas a personajes importantes de la cultura catalana. En 1993 se inauguró la obra La Lectura, de Josep Clarà, dedicada al filólogo Pompeu Fabra; en 1961, la Nueva Oda a Barcelona, de Ernest Maragall, dedicada a su padre, el poeta Joan Maragall; y en 2014, Surco, de Frederic Amat, dedicada al escritor Salvador Espriu.

EDIFICIOS CON HISTORIA

Además, los Jardinets están rodeados de edificios con historia. El más emblemático, sin duda, el Hotel Casa Fuster. El edifico fue diseñado por el arquitecto Lluís Domènech y Montaner por encargo del empresario mallorquín Mariano Fuster, que se lo regaló a su esposa, Consuelo Fabra i Puig. En el edifico, que en su época fue el más caro construido en Barcelona, destaca la fachada, de mármol blanco, la primera de estas características de la ciudad. La familia Fuster ocupó el edificio de 1991 a 1920. Desde entonces, ha acogido los consulados de la Alemania nazi, el Instituto Italiano, la sede de las juventudes del POUM, la casa la Falange Española y la del Auxilio Social y numerosas empresas. Entre los habitantes ilustres de sus viviendas estuvo Salvador Espriu.

En 1960, el edificio decaía por falta de un mantenimiento adecuado, y lo compró la eléctrica Enher, con la intención de derribarlo y construir un rascacielos. La oposición ciudadana lo evitó y el edificio fue ligeramente rehabilitado. En 1999 se puso a la venta y la empresa que lo compró lo rehabilitó completamente para convertirlo en el Hotel Casa Fuster en 2004.

Menos historia tiene el edifico que se encuentra en la esquina contraria al hotel, el conocido como edificio del Deustche Bank, cuya fachada acristalada le da un aire muy moderno en comparación con el resto de los edificios que lo rodean. El edificio está en plena remodelación para convertirlo en viviendas de lujo.

Justo a su lado se encuentra otro edificio modernista destacado, la casa Bonaventura Ferrer, también conocida como 'el Palauet' obra de Pere Falqués i Urpí, construido en 1906 y que actualmente ocupa un hotel. En su fachada destaca la tribuna.

Fachada de la Casa Fuster, hecha de mármol blanco / HUGO FERNÁNDEZ
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Fachada de la Casa Fuster, hecha de mármol blanco / HUGO FERNÁNDEZ