Que los jóvenes hacen botellón no es ningún secreto. Y que uno de los lugares preferidos es la primera línea de mar, tampoco. Famosas son las Montañitas, la zona cercana a las playas de Barcelona a las que las noches de los fines de semana acuden cientos o miles de jóvenes, inundando buena parte de Poblenou.

Allí se trasladan con los bártulos necesarios para hacer sus propios combinados, repartidos en grupos, bebiendo y charlando hasta altas (altísimas) horas de la madrugada. Muchos de ellos suelen ser incluso menores de edad y esta zona se convierte en el lugar de su bautismo de fuego nocturno: ahí se sienten adultos por primera vez.

Grupo de amigos durante el botellón / A. FERNÁNDEZ
Jóvenes haciendo botellón en el parking / A. FERNÁNDEZ

FIESTA DIURNA

La novedad ahora, sin embargo, es hacer el botellón a primera hora de la tarde y en un lugar muy cercano: el parking que hay entre Diagonal Mar y el pabellón de la Mar Bella, en primera línea de mar. En esta zona, la fiesta comienza a primera hora de la tarde del domingo, con el sol en su apogeo: grupos de jóvenes se instalan en el parking con sus coches y música a todo volumen y se llevan sus bebidas para hacer la fiesta: ginebra, vodka blanco y negro, ron, whisky, refrescos, alguna cerveza

El primer coche que monta su fiesta está rayando el pabellón polideportivo, justamente junto al paseo que bordea las playas. El último está aparcado cerca ya del Fòrum, a unos cientos de metros de distancia. En medio, muchos coches con los portones levantados y música estridente invitan a la fiesta, mientras corros de jóvenes charlan en sus inmediaciones.

ALGUNOS, SOFISTICADOS

Ya no se trata de montar la fiesta en plena noche, sea en los aledaños de Titus de Badalona, en las Montañitas o en las carpas y discotecas de Granollers o Blanes. Ahora, la fiesta es a plena luz del día y en la capital. Eso sí, lejos de bloques de vecinos donde podrían molestar y en un lugar bien comunicado.

Hay grupos que incluso llevan neveras portátiles con hielo y copas de cristal para preparar gintonics como si estuviesen en un local o en su propia casa. Y no faltan los que aportan sillas plegables. Son los más sofisticados, porque la gran mayoría realiza botellón de batalla: litronas y vasos de plástico es lo más común entre esta juventud, que se sienta donde puede o permanece de pie durante horas.

En este maratón de sonidos, cada coche se convierte en una pequeña discoteca donde los distintos grupos ponen su música. No se molestan unos a otros a pesar de los dispares ritmos, convirtiendo algunas zonas del aparcamiento en una discoteca multidisciplinar al aire libre. Es la juventud en su salsa.

Coches y jóvenes en el parking / A. FERNÁNDEZ
Jóvenes recogiendo la basura del suelo / A. FERNÁNDEZ

DESPEDIDA DEL FIN DE SEMANA

A las 4 de la tarde, poco después de comer, comienza la jarana. Cuando muchos están todavía en periodo de digerir el ágape del yantar, encaran en el parking la recta final de la juerga para despedir el fin de semana. Sabido es que esa noche conviene recogerse pronto en casa porque al día siguiente hay clase.

Los grupos se diseminan a lo largo de todo el parking. La Guardia Urbana, conocedora de la situación, poco puede hacer para dispersar a los chavales. Llega una patrulla mientras algunos cierran apresuradamente los portones de sus coches intentando esconder a los ojos de la ley el cuerpo del delito. Inútil, cuando otros grupos cercanos ni se inmutan: los críos siguen con los vasos en las manos y copas o botellas semivacías encima de los techos de los vehículos.

“¿Me puedes abrir el coche, por favor?”, inquiere un guardia urbano que aparca cerca de varios corros. Los chavales no oponen resistencia. Miran hacia todos los lados, disimulan y ponen cara de cordero degollado. La regañina de los guardias es suave. “Bueno, yo no bebo, que tengo que conducir”, se disculpa uno de los presentes, sin vaso en la mano.

LA LIMPIEZA OBLIGADA

Los guardias se dirigen a otro grupo cercano, señalando debajo del vehículo. “Por favor, recoged todo lo que habéis tirado”, les inquieren. Los presentes se afanan en recoger latas de bebidas y botellines diseminados por tierra, bajo la atenta mirada de los agentes, que no fuerzan la situación. Nadie protesta si hay envases que no son suyos. Los meten en una bolsa y la introducen en el maletero. Alguien apaga la música de un coche, aunque en verdad no molesta a nadie, debido a la falta de vecindario.

Jóvenes recogiendo la basura del suelo / A. FERNÁNDEZ
Jóvenes recogiendo la basura del suelo / A. FERNÁNDEZ

Unos metros más hacia el Fòrum, comienza otra aglomeración de vehículos, grupos de fiesteros, botellones en pleno aparcamiento y mosaico de música. Ahí, un centenar de adolescentes y jovencitos ocupan no sólo los aledaños de los coches o se sientan en los guardarraíles: también ocupan la calzada del parking, haciendo casi imposible la circulación.

Cada uno va a su rollo, sin estridencias ni malos rollos. Disfrutan de un inusual botellón, el último sorbo del fin de semana. Cierto que este domingo, en el cercano Fòrum se celebraba el Brunch número 1, una cita con diseñadores emergentes, talleres, actividades, gastronomía  y música electrónica, con Marcel Dettmann, J-E-T, Paula Tape, Egyptian Lover, Teki Latex y Awwz. La fiesta era de 13 a 22 horas. Pero la otra fiesta, la del botellón, estaba afuera. Y encima no había que pagar entrada (que oscilaba entre 12 y 50 euros). Sale más a cuenta y es más divertido el botellón en el aparcamiento. Otro siglo, otra moda. Juventud, divino tesoro.