La cola alcanza las 200 personas. Algunos son jóvenes, la mayoría mayores. Autóctonos de Barcelona, y también extranjeros. Y todos llevan su tique con el número que les corresponde. Esperan con paciencia a que los voluntarios acaben de montar las mesas con comida y les entreguen la cena que han elaborado para ellos. Son las 21:00 horas en la Estació del Nord cuando empieza el reparto de menús. Una noche más, como cada noche, grupos de ciudadanos alimentan y acompañan a centenares de personas en riesgo de exclusión social de la ciudad. Cuatro colectivos se reparten los días de la semana para que todas las noches estén atendidos.

“He pasado muchos años en la calle, aunque actualmente tengo alquilada una habitación, pero la pensión que cobro me obliga a elegir entre un techo y comida… Por eso vengo cada día a cenar aquí, porque lo primero es pagar un lugar donde dormir”, explica Ramón, de avanzada edad. “La comida del mediodía la hago en el comedor social del Paral·lel y por las noches vengo a la Estació del Nord, es el mejor servicio ciudadano que he conocido desde que estoy en esta situación”, argumenta.

Bocadillos, zumos, frutas y algo de bollería. Los voluntarios van entregando las raciones correspondientes a cada uno de los que las solicitan. “Hace tres años, cuando empecé, repartíamos unos 80 o 90 menús por noche… Pero actualmente la media es de 200… Y en verano algunos días llegamos hasta las 240 cenas servidas, porque en agosto cierran muchos comedores sociales y se nota”, cuenta Paqui Sánchez, coordinadora de Amásdes, la asociación que más días reparte comida. Lo hacen los miércoles, viernes, sábados y domingos. Dependienta en el paro, ella es la coordinadora de este movimiento ciudadano que nació de una escisión de voluntarios de Casa Solidaria, asociación que hace el mismo tipo de acciones, pero que, además de en Barcelona, también actúa a nivel internacional y que actualmente reparte los martes.

“Ahora mismo somos entre 60 y 80 voluntarios y estamos divididos en cuatro grupos, uno por cada día de la semana en el que actuamos. Cada noche de reparto hay un grupo de voluntarios distinto, que acostumbra a oscilar entre las 10 y las 15 personas”, cuenta Paqui. Los voluntarios cocinan en sus casas bocadillos o menús más elaborados y cuentan con ayuda de algunas panaderías y establecimientos. Además de Amásdes y Casa Solidaria, los lunes reparte un grupo evangelista y los jueves gente de la Parroquia de Sant Egidi.

Entrega de comida de Amasdés delante de la Estació del Nord / DAVID BIGORRA
ENTREGA DE COMIDA DE AMASDÉS / DAVID BIGORRA

Paqui es la cabeza visible de un movimiento ciudadano que no recibe ningún tipo de ayuda pública y que basa su éxito en el boca oreja y en las redes sociales. “Lo increíble es que lo que hacemos es ilegal porque estamos dando comida en la calle y en teoría no se puede, pero estamos cubriendo unas necesidades que alguien no cubre”, lamenta Paqui. “No uso los servicios sociales, ni me gustan ni quiero hablar de ellos, pero con los chicos de Amásdes estoy muy contento y ceno con ellos cada noche que están aquí”, explica Ángel, gallego en edad de jubilación que malvive en la calle.

"Lo increíble es que lo que hacemos es ilegal porque estamos dando comida en la calle y en teoría no se puede"

“La mayoría de las personas que vienen son gente que está en la calle, pero hay otros que tienen techo pero no les alcanza para comida… O incluso algunos que tienen techo y comida pero que tienen otras carencias, que están solos y no tienen nadie con quien hablar”, describe Paqui. “En mi caso trabajo dos días a la semana de basurero en Santa Coloma, lo cual que me permite pagar una habitación pero desde hace cuatro años vengo a cenar aquí”, cuenta José Luis, de 50 años.

Los voluntarios llegan a las 20 horas y empiezan a montar las mesas y a descargar la comida. Y los primeros solicitantes de cena van llegando y saludando a Paqui. Algunos le ofrecen cigarros, otros le piden algún medicamento para el dolor de cabeza. Todos le hablan con cariño y entablan conversación con ella. “Buscan un poco de calor y afecto, intentamos conocer sus nombres, les abrazamos, charlamos un poco con ellos… Al final la comida es un poco la excusa porque detrás de ello hay algo más”, resume Paqui. “Muchas de estas personas están acostrumbradas a que les traten con agresividad y cuando vienen el primer día ellos vienen con esta agresividad… Pero poco a poco va desapareciendo”, sentencia.

Amásdes ha intentado en varias ocasiones contactar con el Ayuntamiento para mostrar la situación de vulnerabilidad que viven las personas a las que atienden. Pero no ha obtenido respuesta. “Les hemos mandado escritos, hemos intentado convocar una reunión con ellos… Pero nada”, esgrime Paqui. Y concluye: “Espero que algún día no tenga que venir más aquí, porque significará que esta necesidad está cubierta”. 

De momento, sin embargo, sigue repartiendo, junto a las otras asociaciones, cenas y afecto para los ciudadanos de Barcelona más vulnerables.

Si quieres leer más noticias como esta y estar informado de la actualidad de Barcelona, descárgate nuestra app para iOS y Android.