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Conocí a Palo en el Museo Municipal de Badalona en 1974, en el transcurso de una conferencia intitulada 'Del asociacionismo a la sucesión del jefe del Estado'. Yo estudiaba sexto de bachillerato en el Col.legi Badalonès y asistí para redactar un trabajo escolar voluntario que puntuaba para la nota final del curso. De la clase de don Pedro Vázquez fui el único alumno que asistió a la disertación de Juan Segura Palomares. Al término de su alocución, pedí la palabra, en lo que seguramente fue mi primera intervención pública, y pregunté al ilustre conferenciante sobre la posible legalización del PCE de Santiago Carrillo. Su respuesta fue brutal, demoledora, y soy benévolo con los adjetivos. Escribí tres folios sobre la charla que aún conservo y añadí un post scríptum donde venía a decir a 'grosso modo' que no quería volverlo a ver en mi vida.

Si aquel día me dicen que el transcurrir de los años me llevaría a escribir sus recuerdos de una vida y formar parte de su círculo más íntimo, lo habría tildado de majareta, de chiflado. Pero así fue. Tal cual. Como me gusta decir: uno nunca sabe qué le espera al doblar las esquinas de la vida. No volví a ver a Juan Segura Palomares hasta septiembre de 1977. Aunque por poco tiempo, cuestión de semanas. Fue en la redacción del añorado El Noticiero Universal, gracias a un amigo comunista de un amigo de mi padre que el tiempo convirtió en colega y entrañable amigo, Joan Samit. Aún me parece estar viendo a Palo delante un sillón alfonsino de 1880, estilo renacimiento -el único que había en la redacción-, vociferando y agitando los brazos frente a Joan de Sagarra. O escribiendo en aquellas enormes y escandalosas Remington de hierro que si se te caían, podían amputarte un pie con más rapidez con que se santigua un cura.

Su estampa proyectaba grandeza. Y eso que en aquella redacción del Ciero alejada de sectarismos de finales de los setenta del siglo pasado había verdaderos mastodontes del periodismo catalán, y otros que lo serían con el tiempo: Rafael Manzano, Pablo Sebastián, Joaquín Coca, Antonio Figueruelo, Jorge de Cominges, Xavier Vidal-Folch, Enrique Badosa, Enrique Rubio, Francisco Mora, Juan Poch Soler, Alfredo Abián, Arcadi Espada, Mariángel Alcázar... Jamás crucé una palabra con Segura Palomares, ni creo que él nunca llegara a fijarse en mí, y menos que recordara mi interpelación dos años atrás en Badalona.

DIRECTOR DEL DIARIO DE BARCELONA

El azar, sin embargo, jugó sus cartas. Juan Segura Palomares asumió la subdirección del Diario de Barcelona en llamas, con Antonio Alemany de director, en octubre de 1977 -llegaría a director en febrero de 1980-. Una tarde de 1978, con el incendio de Consell de Cent sofocado, me presenté en el despacho acristalado que Palo tenía a medias con el bueno de Antonio Coll Gilabert. En El Noticiero me había salido la dura competencia de un joven periodista llamado Juan Carlos Valero, que producía reportajes mejores que los míos, y pensé que si cambiaba de aires tendría más posibilidades de hacerme un hueco en la profesión. No me equivoqué. Desde ese momento, y tras superar con ayuda de 'El Cossío' la prueba de una inesperada entrevista al torero 'Morenito de Maracay' sin tener idea de tauromaquia -fue la primera que le hicieron al maestro venezolano en España-, me quedé en el Brusi. A partir de ese momento cultivé una relación con Juan Segura Palomares que si inicialmente fue profesional, acabó convirtiéndose en entrañablemente familiar.

Como diría Ortega y Gasset, uno es quien es y sus circunstancias. Juan Segura Palomares fue como una de esas muñecas rusas, las 'matrioskas', que esconden en sí mismo multitud de personalidades, muchas veces contrapuestas. Unas encierran a las otras y las otras a las unas, conformando el retrato de un hombre apasionado por descubrir el mayor de los secretos: la vida. “La vida és un toro brau / que té mala escomesa. / Cal allunyar.la del pit / amb una llarga torera”, escribe en 'Romanç de l'estrella i el toro', pieza poética de una calidad extraordinaria.

ZAMORA Y DOMINGO ORTEGA

Si tuviéramos que quedarnos con tres facetas de su longeva y poliédrica existencia, estas vendrían marcadas por el periodismo, el fútbol -y más concretamente el RCD Espanyol: recuperó su historia, escribió la letra de su himno y el 'Llibre del Centenari', fue directivo y conoció personalmente a todos los presidentes del club 'perico' desde Genaro de la Riva a Dani Sánchez Llibre -, y los toros. Sobre todo los toros. Los toros fueron la verdadera debilidad de Juan Segura. Para Palo, los toros expresan la gloria y tragedia de la existencia humana. La rueda de la vida, el ruedo sagrado de la muerte. Hombre y naturaleza frente a frente. Raza, nobleza, bravura, inteligencia. De haber podido elegir entre reencarnarse en el divino Ricardo Zamora o en el maestro Domingo Ortega, fijo que Juan se hubiera decantado por el diestro de Borox: intelectual, amigo de Marañón, de Ortega, de Camba, de Zuloaga, el paisajista de la Generación del 98. Ortega, el torero que parece filósofo, y Palo, el periodista que parece torero, unen el endecasílabo con el cornalón.

Los actos de Juan Segura Palomares siempre estuvieron impregnados de bondad, sabiduría, honradez y hombría de bien. En febrero de 2001 me cupo el honor de asistir en el Ayuntamiento de Barcelona a un acto histórico: la entrega de la Medalla de Oro de la ciudad al RCD Espanyol por un siglo de existencia. Frente al retablo de alabastro con el escudo neogótico de Barcelona que preside el Saló de Cent, se dio cita aquella tarde lo más granado de la nobleza blanquiazul. Allí estaban bajo la mirada pétrea de Jaume I y Sant Jordi, Dani Sánchez Llibre; los expresidentes Manuel Meler, Julio Pardo y Juan Vila Reyes; Carolina Rodríguez, hija del fundador y primer presidente, Ángel Rodríguez; el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, y una amplia representación de las fuerzas políticas catalanas. Habló el alcalde, Joan Clos. Habló el concejal de Deportes, Albert Batlle. Habló Sánchez Llibre. Y habló, como no, Juan Segura Palomares, que presentó el 'Llibre del Centenari'. Su obra maestra y por la que se le evocará dentro de otros cien años.

Aunque como le recordó su hijo Nacho el día que éste cumplió cincuenta años y soñó alguna vez con ser portero del Espanyol y llegar a la Selección como su idolatrado Iribar, lo verdaderamente importante no consiste en parar un penalti en la final de la Copa del Mundo, sino en disfrutar cada paso del camino de la vida y vivirla intensamente, sea cual fuere el lugar donde esta, al final, nos lleve. Juan Segura Palomares nació, en Barcelona, el veintiséis de enero de 1931, y falleció en la misma ciudad, el veinticinco de noviembre de 2018.

 

* Juan Carlos Pasamontes es Periodista, autor de 'Territorios del alma. Memorias de Juan Segura Palomares'.

 

 

 

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