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Con un saco de dormir y una mochila pequeña. De un lado para otro. Noches al raso en el portal de Correos, en el puerto, en Montjuïc, en cajeros automáticos de entidades bancarias. Visitas a comedores sociales. Un día tras otro. Una situación “provisional” que se alargó durante cuatro años. Lázaro Olivares, un jubilado barcelonés de 76 años, nunca imaginó que podría acabar en la calle. “No puedes dormir tranquilo, no descansas, no te puedes fiar de nadie”, detalla en una conversación con Metrópoli Abierta. “Me han pegado, me han tirado latas por la noche y me han robado dos veces”, narra.

Lázaro empezó a trabajar a los 13 años. Fabricó durante 20 años las escaleras extensibles de los bomberos. Ha ejercido de fontanero, electricista, pastelero y cocinero en la Costa Brava, donde –de hecho– conoció a su mujer. Sonríe. Sin querer, afloran los recuerdos. Cuando ella falleció (con 53 años), Lázaro cayó en una depresión y terminó prejubilándose a los 61 años. Su pensión se redujo a 600 euros, un monto insuficiente para vivir solo en Barcelona. “Trabajar y trabajar para al final terminar en la calle… una mierda”, declara.

SOLICITUD DE UN PISO PÚBLICO

Durante varios años vivió con sus hijas a la espera de que le aceptaran la solicitud de un piso de protección oficial. Pero nunca llegó. No es un caso aislado. En los últimos cuatro años, la petición de un piso público en Barcelona se ha disparado un 45 %, ascendiendo hasta los 40.896 demandantes, 12.650 más que antes. Lázaro, cansado de sentirse una carga para sus hijas, decidió hacerse la mochila y se fue a la calle a buscarse la vida. Y una cosa llevó a la otra. Y de la noche a la mañana, sin quererlo ni beberlo, se convirtió en un sintecho.

–¿Qué decían sus hijas? ¿Cómo se lo tomaron?

–Me perdieron la pista.

Silencio.

–Ahora saben que he estado en la calle, pero no saben dónde… Nunca lo han sabido.

Casi por casualidad, Lázaro fue a parar hace unos días a Casa Cádiz, un espacio autogestionado donde es el manitas del equipo. “Acabo de ir a la ferretería y, mira, este grifo lo he instalado yo”, cuenta mientras lo abre y empieza a correr el agua. Según relata, una de sus hijas leyó el libro del activista Lagarder Danciu, Sin Techo, y le recomendó a su padre que buscara cobijo temporal ahí.

Lázaro Olivares contando su historia a Metrópoli Abierta en Casa Cádiz
Lázaro Olivares contando su historia a Metrópoli Abierta en Casa Cádiz

“Quiero estar solito”, dice Lázaro textualmente sin mirar a los ojos. “Solo quiero tener una casita y estar tranquilo”, añade esperanzado. Las hijas le echan una mano. “Cada día desayuno con alguna de las tres, me compran tabaco y me ayudan a encontrar un piso”, detalla. Pero la situación no es fácil. Lo máximo que puede pagar para una vivienda son 350 euros, así que es casi milagro encontrar cobijo en Barcelona ciudad, donde en los últimos cuatro años el alquiler ha subido un 35 %, según datos del Observatorio Desc.

Pese a que hay unas 200 personas en lista de espera para acceder a Casa Cádiz, el cabecilla Lagarder Danciu lo vio claro: “Damos prioridad a mujeres, jubilados y refugiados, que son los más vulnerables”, comenta. Como en otras ocasiones, lanzaron un vídeo en redes sociales para contar su historia y así conseguir agilizar el proceso de búsqueda de alojamiento. “Entiendo que Lázaro quiera estar solo, yo a su edad también querría calma”, sostiene Danciu.

MÁS GENTE VIVIENDO EN LAS CALLES DE BARCELONA

“Hemos normalizado las imágenes de pensionistas viviendo en la calle”, critica el activista de origen rumano. Según datos de la Red de Atención a las Personas sin Hogar, en 2018 se contabilizaron en una sola noche 956 personas durmiendo en las calles de Barcelona. No obstante, a estos números hay que sumar las 2.099 personas alojadas en equipamientos –ya sean municipales o de entidades sociales– que ascendió hasta las 2.099 personas.

El activista Lagarder Danciu con Lázaro Olivares enfrente de la Casa Cádiz
El activista Lagarder Danciu con Lázaro Olivares enfrente de la Casa Cádiz

Lázaro no olvidará esa etapa jamás. “Ha sido una transformación”, valora. En ese tiempo no cayó ni en las garras de la droga ni tampoco pidió limosna. “Me da vergüenza”, confiesa negando con el dedo índice. De hecho, era él quien ayudaba al resto, pues dispone de una pensión. “Algún día, cuando cobraba, invitaba a cerveza a los que dormíamos juntos”, rememora. “En invierno hace un frío que pela”, recuerda sobre la vida en la calle. Para evitar grandes robos, Lázaro se guardaba el dinero y la libreta del banco en la ropa interior. “Te pasas el día vagando… vas con miedo”, resopla.

Antes de despedirnos, Lázaro menciona a su perro, un chihuahua llamado Copito Segundo. “Está con mis hijas, pero cuanto tenga piso me lo llevaré conmigo”, asegura. Se enciende un cigarrillo. “Desciendo del Conde Duque de Olivares, pero a mí no me ha dejado nada”, dice en tono irónico sobre su apellido, Olivares. “Ni dinero ni nada”, ríe. Fuera de broma, sus antepasados crecieron en el mar y –quizá por eso– la mayor pasión de Lázaro es construir barquitos de madera. Y que salgan a flote. Como él, que ya va encaminado.