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La farmacia de Jesús Arévalo es el último foco de resistencia. Irreductible y emulando a la aldea gala de Astérix y Obelix frente a los romanos, el negocio ha sobrevivido al cierre progresivo de comercios de su alrededor. Desde la entrada, el farmacéutico contempla la espléndida panorámica de Barcelona que ofrecen las alturas del barrio del Singuerlín, en Santa Coloma de Gramenet. 

"Esto es calidad de vida. Cuando estoy estresado suelo venir aquí y me tomo un café contemplando las vistas", comenta con una sonrisa. Can Franquesa es el barrio más elevado de Santa Coloma (119.215 habitantes). Con grandes desniveles, el autobús resulta crucial para el día a día de los vecinos mayores. Conocido popularmente como el Singuerlín, la zona comprende tres barrios diferenciados que se extienden a lo largo de la ladera uno encima de otro: Can Franquesa, Guinardera y el mismo Singuerlín.

ÚLTIMO COMERCIO DEL BARRIO

Arévalo señala los bajos de los edificios tapiados con cemento que en el pasado albergaron comercios. Todos han cerrado, excepto su farmacia. "Viene muy poca gente, solo personas mayores por sentimiento de pertenencia. Se la sienten suya, me lo dicen", sigue. Sin comercios donde comprar son muchos los vecinos que usan alguna de las cuatro líneas del bus que llegan hasta el barrio para bajar al Singuerlín o al centro de la ciudad para realizar las compras. 

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Raul Arévalo, delante de su farmacia / G.A

Desde 2011, un elevador exterior salva 33 metros de desnivel y conecta las calles de Còrdova y Menorca. Es el único elemento mecánico que facilita la movilidad a los vecinos. En una de las ciudades españolas con más escaleras mecánicas (35 escaleras y 9 rampas), Can Franquesa no dispone de ninguna de ellas. La exigiencia para instalar escaleras se ha enquistado con los años. 

HUÉRFANOS DE ESCALERAS MECÁNICAS

"Es un poco incoherente que el Ayuntamiento venda que la ciudad facilite la movilidad y que no tengamos ni una escalera mecánica. Nos sentimos engañados", denuncia Teresa Jiménez, presidenta de la Asociación de Vecinos de Can Franquesa. Decenas de rampas y miles de escalones hacen posible el acceso a las viviendas del barrio con un 60% de desnivel. María José, 26 años, residente en la calle más elevada del barrio, reprocha las averías constantes del elevador-funicular cuando llueve.

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Vistas desde un edificio de Can Franquesa / G.A

Hace un año, la entidad vecinal recogió un millar de firmas exigiendo escaleras mecánicas. La asociación sigue esperando la respuesta del Ayuntamiento socialista capitaneado por la alcaldesa Núria Parlón.  "La gente está muy cabreada", avisa la líder vecinal. A menudo, cuando cae la noche, las escaleras –concentradas en el Singuerlín –la zona más accesible del distrito III– no funcionan por lo que complica la vuelta del trabajo a casa.

Los pronunciados peraltes entre calle y calle representan auténticos muros arquitectónicos para los vecinos de edad avanzada. Es habitual ver al farmacéutico Arévalo entregar a domicilio los medicamentos casa por casa. Este medio no ha podido contactar con los responsables municipales de Santa Coloma de Gramenet.

UNAS VISTAS INMEJORABLES

Los inquilinos de Can Franquesa disfrutan de unas vistas envidiables. Santa Coloma de Gramenet y Barcelona se extiende a sus pies. Al fondo, lucen imponentes las Tres Chimeneas de Sant Adrià de Besòs y la inmensidad del mar. "Cuando hay episodios de contaminación ves perfectamente la capa que envuelve Barcelona y me digo a mi misma: 'que pereza bajar hasta allí'", comenta María José. 

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Un autobús baja por el barrio de la Guinardera hacia el centro de Santa Coloma de Gramenet / G.A

Los vecinos coinciden en describir un barrio "tranquilo" y "seguro", "de toda la vida". En comparación con otros distritos de Santa Coloma, Can Franquesa acoge muy poca población inmigrante. Los hijos heredan los pisos de sus padres evitando la existencia de pisos vacíos y, en consecuencia, posibles okupaciones. En un par de casos puntuales, la AAVV medió para que los propietarios recuperaran su propiedad. 

LA BRONQUITIS DE SINGUERLÍN

Singuerlín nació gracias a una bronquitis, concretamente la que afectó al adinerado comerciante Emili Singuerlín i Ros (1881-1942). Durante los años 20, la familia catalana de origen alsaciano construyó una torre de veraneo atraída por el clima seco y saludable de estas tierras que tanto necesitaba Singuerlín i Ros, regidor del Ayuntamiento y que dio nombre al barrio más conocido del distrito. 

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Estructura del elevador de Can Franquesa / G.A

Los primeros bloques de Can Franquesa se construyeron en la década de los 60. Los vecinos conquistaron los servicios a golpe de luchas y protestas. Los mayores recuerdan bien el secuestro de un autobús para demostrar a los gobernantes que la caja de cambios del vehículo podía resistir sin problemas las subidas de infarto del barrio. Hoy, cuatro líneas de bus circulan por Can Franquesa, tres de ellas hasta la cota más alta de la montaña. 

El antiguo colegio, cerrado hace años, acoge el Centre Cívic con el único bar de la zona, abierto solo por las tardes. Como María José, la mayoría de residentes echan de menos más comercio y añoran el pasado cuando el barrio se abastecía por sí solo con numerosos comercios como una panadería, una frutería y una papelería, entre otros. 

LA GUINARDERA

En la Guinardera, unos metros por debajo, José Ramos describe un paisaje similar, con numerosos comercios que cerraron con la llegada de la crisis. "El barrio ha mejorado mucho con el transporte público y el metro aunque queda poco comercio pequeño", explica el presidente de la Asociación de Vecinos Guinardera. La presencia de la comisaría de los Mossos d'Esquadra de Santa Coloma en este barrio reconforta a Ramos, aunque pide más presencia policial. Por el barrio, patrullan dos de los 16 serenos (agentes cívicos nocturnos) que el consistorio contrató en 2019 para revertir la sensación de inseguridad de una parte del vecindario de la ciudad.

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Pintada en Can Franquesa / G.A

Las entidades vecinales de Can Franquesa y la Guinardera apenas reportan delitos. En el primer caso, Jiménez señala algún caso puntual de rotura de cristales, un método de robo en coches al alza en toda Barcelona y alrededores. En el segundo caso, Ramos apunta al incivismo causado en verano por un reducido grupo de personas que bebían cerveza en el parque de la Guinardera. Los dos barrios sí señalan una demanda común: residencias de gente mayor y centros de día, ya que muchas de las residencias, apunta Jiménez, son privadas.

BARRIO DORMITORIO

Como sus barrios vecinos, Singuerlín se ha convertido con el tiempo en un barrio dormitorio, familiar. Muchas personas trabajan en Barcelona y en las afueras. En el colegio concertado Singuerlín estudian 360 alumnos. "Son familias humilde, de clase trabajadora. Los padres no son directivos de grandes empresas. Trabajan en fábricas, en la construcción, como barrenderos, etc", explica Toni Martínez, subdirector de la escuela.

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Antiguo colegio de Can Franquesa / G.A

La inmigración es mucho más patente a las faldas de la montaña que en los barrios situados más arriba.En esta zona de Santa Coloma predominan casas familiares y bloques de pisos, algunos relativamente nuevos. "El Ayuntamiento ha hecho una gran apuesta por el barrio. Hace 10 años, las aceras eran mucho más estrechas y los pisos llegaban casi a la carretera", añade Javier Palomares jefe de estudios.

EL AVANCE DEL CATALÁN

Los responsables de este centro, con un 30% de alumnos con padres inmigrantes, aseguran que el colegio es un reflejo del barrio. Las competencias de sus alumnos se sitúan por encima de la media catalana. A partir de 2005, en un barrio castellanoparlante como Singuerlín, el centro se volcó en impulsar la lengua catalana en el aula que hasta la fecha se limitaba a la asignatura de catalán. "Hemos conseguido que el catalán sea lengua vehicular, algo impensable en 2005", enfatiza Martinez. Antes, recuerda Palomares, se hablaba castellano incluso en la asignatura de Lengua Catalana.

Para muchos barceloneses y vecinos del Área Metropolitana de Barcelona (AMB), el Singuerlín no es más que un puñado de bloques de pisos amarillos y rosados que destacan a la vista desde el coche en la entrada y salida de la ciudad condal. Sus vecinos y trabajadores destacan la calma de una zona alejada del ajetero metropolitano. Un barrio tranquilo, como añade Martinez, "en el que se está la mar de bien".

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Vista de Barcelona desde Can Franquesa / G.A