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La conocida Casa Batlló, situada en el paseo de Gràcia, es un formidable negocio para sus propietarios, los cinco hermanos Bernat Serra.

Su consideración de monumento histórico, además de bien cultural catalán y nacional, amén de Patrimonio Mundial de la Humanidad, lo han transformado en un extraordinario polo de atracción de mesnadas de turistas. Las colas para visitarlo son constantes, los siete días de la semana. Gracias a esta incesante afluencia de visitantes, el edificio se ha transformado en una máquina de facturar.

Según las cuentas de la firma propietaria Casa Batlló SL, consultadas por Metrópoli Abierta, el año pasado la sociedad registró unos ingresos de 26,9 millones. La cifra es casi 400.000 euros inferior a la de 2017.

ALTO RENDIMIENTO

El leve descenso se debe a las obras de rehabilitación y restauración del caserón, que afectaron ligeramente al número de clientes. Además, debido a las actuaciones, la empresa titular incurrió en una serie de costes operativos atípicos.

Los menores ingresos también ocasionaron un beneficio neto algo menor. Se sitúa en 12,5 millones, frente a los 13,2 anteriores.

En resumidas cuentas, las arcas de Casa Batlló ingresan cada mes más de dos millones, de los cuales uno va directamente a la partida de las ganancias netas.

El inmueble y todas las instalaciones que alberga están tasados en los libros de la sociedad propietaria en 73,7 millones.

La espléndida rentabilidad sitúa al famoso edificio gaudiniano como uno de los más provechosos de la ciudad.

DE IBERIA A ENRIQUE BERNAT

Los haberes de Casa Batlló se nutren de la venta de entradas y de objetos de regalo, así como del alquiler del recinto para convenciones, bodas y actos sociales y empresariales.

La Casa Batlló fue erigida entre 1904 y 1906 por el genial arquitecto Antoni Gaudí, por encargo del industrial sedero José Batlló.

Corriendo el tiempo, el inmueble fue adquirido por la aseguradora barcelonesa Iberia, hoy desaparecida. Esta entidad estaba controlada por Enrique Bernat Fontlladosa, el creador de la firma de caramelos con palo Chupa Chups. A la sazón, en el consejo de administración de Iberia anidaban conocidas figuras de la ciudad como el asesor fiscal Joan Anton Sánchez Carreté y el empresario Joaquim Gay de Montellá.

SUBASTA FRACASADA

A comienzos de los años noventa, Iberia sufría graves problemas de pérdidas y arrastraba un crónico déficit de provisiones y capital.

Bernat echó mano del principal activo de la compañía, la Casa Batlló. Pidió tasación a una conocida firma de valoración de bienes raíces, que la fijó en 13.700 millones de pesetas.

Con el informe bajo el brazo, Bernat encomendó a la casa británica Sotheby’s que sacara el inmueble a subasta internacional, con un precio de salida no inferior a los 10.000 millones de pesetas.

Un año después hubo que cancelar el encargo. Nadie había mostrado interés alguno por hacerse con el edificio. No se recibió una sola oferta.

INGENIERÍA FINANCIERA

La aseguradora era a la sazón un pozo sin fondo y arrojaba números rojos a espuertas. Enrique Bernat temía que la posible quiebra de esa tambaleante compañía acabara engullendo Casa Batlló. Por ello determinó adueñarse del edificio.

Pero andaba escaso de recursos económicos y utilizó la ingeniería financiera para no tener que realizar desembolso alguno. El montaje se desarrolló así:

A finales de 1993, Chupa Chups SA, controlada por el empresario, adquirió Casa Batlló por medio de una operación de arrendamiento financiero suscrita con Unileasing.

Esta última satisfizo a Iberia 3.000 millones de pesetas. A continuación, Chupa Chups alquiló el inmueble a Iberia, durante diez años, por la módica suma de 50 millones anuales.

COMO JUAN POLOMO

Al propio tiempo, Iberia pagó a Chupa Chups 600 millones en concepto de depósito y anticipo de las rentas futuras. Y finalmente, Chupa Chups ingresó en las arcas de Iberia 500 millones por los derechos de inscripción de la marca gráfica de la imagen de Casa Batlló.

En resumidas cuentas, Chupa Chups obtuvo cien millones limpios, se quedó el inmueble, y a continuación fue desembolsando en cómodos plazos el precio de Casa Batlló a Unileasing, que es la que puso el dinero sobre la mesa.

La operación se llevó cabo justo en el momento propicio. Porque tras los Juegos Olímpicos de 1992, Barcelona se situó en el mapa internacional y la ciudad devino un gran reclamo turístico. Además, el genial Gaudí alcanzó merecida fama mundial y la Casa Batlló se convirtió en un fabuloso monumento que como un imán capta cada año cerca de 1,2 millones de visitantes.

Años más tarde, la familia Bernat desgajó el edificio de Chupa Chups y lo aportó a una sociedad controlada por la saga al 100%.

EL PELOTAZO DE CHUPA CHUPS

Enrique Bernat falleció en 2003. Tras el oportuno duelo, tres años después sus hijos y herederos Xavier, Marcos, Ramón, Marta y Nina Bernat Serra vendieron Chupa Chups al grupo italiano Perfetti Van Melle.

Gracias a la visión de su padre, que urdió a tiempo el trasiego financiero del emblemático edificio, sus descendientes disfrutan hoy de unas rentas anuales esplendorosas. Además, Casa Batlló SL tiene un blance limpio de deudas y ya acumula unos fondos propios de 102 millones, de los que 83 millones corresponden al capital social. 

La compañía pertenece a Bernat Family Office, participada a partes iguales por los cinco hijos. La rentabilidad y solvencia de Casa Batlló es tal que se ha permitido el lujo de prestar 27 millones a sus propio accionista Bernat Family Office.

Solo en 2018, Casa Batlló entregó a éste un dividendo de 11 millones limpios de polvo y paja.