"Llevamos años pidiendo una regulación de los Hogares Compartidos, no somos pisos turísticos". Bajo este reclamo, entre 5.000 y 7.000 familias de Barcelona --según la asociación Amficat (Amfitrions de Llars Compartides de Catalunya)-- luchan para poder seguir compartiendo su hogar habitual con desconocidos.

En la capital catalana no está permitido alquilar habitaciones por días en las viviendas. La prohibición definitiva --propuesta por la teniente de Ecología, Urbanismo, Infraestructuras y Movilidad, Janet Sanz, el pasado enero-- o la regulación dependerá de la normativa específica sobre Homesharing que se debería incluir en el PEUAT (Pla Especial Urbanístic d'Allotjament Turístic), que está previsto que se revise a finales de año o a principios de 2022.

"FUENTE DE INGRESOS IMPRESCINDIBLE"

El porcentaje de visitantes en la ciudad que se aloja en los hogares particulares es muy bajo en comparación con el volumen de turismo que recibe la ciudad --representa alrededor de un 8% (7.600 anuncios, 14.000 plazas)--. No obstante, los afectados aseguran que la prohibición tiene un "impacto muy directo" en las vidas de las familias que consideran el alquiler de habitaciones por días como una "fuente de ingresos imprescindible". 

En este sentido, la mayoría de quejas de los barceloneses que apuestan por este modelo turístico están enfocadas a que se suman a dicha actividad como "familias humildes" y con el propósito de que les sirva como suministro para sostener su vivienda y reforzar su sueldo o su pensión --muchos de los afectados son jubilados

Estancia turística de Airbnb en el centro de Barcelona / AIRBNB
Estancia turística de Airbnb en el centro de Barcelona / AIRBNB 

"TOTALMENTE DESPROTEGIDOS"

La presidenta de Amficat, Conxa Vilaplana, asegura a Metrópoli que los anfitriones están totalmente desprotegidos desde hace años. "Nunca hemos tenido una buena atención institucional", lamenta. Y ahora, después de una pandemia, se encuentran con una "prohibición" que, según la presidenta, pone en peligro los ahorros de mucha gente. Además, considera que les han dejado "sin nada" justo en el momento en el que el turismo empezaba a recuperarse. 

Vilaplana sostiene que las estancias por más de 31 días que defiende el Ayuntamiento son algo similar a "tener un compañero de piso". Para la activista, la razón de ser del homesharing se distingue mucho de un alojamiento tan prolongado: los anfitriones alquilan habitaciones que en un momento concreto no necesitan, pero no quiere decir que puedan dejar de depender de ellas totalmente. En este sentido, hace referencia a los propietarios que alquilan una habitación mientras su hijo está fuera --por ejemplo-- o quien lo hace de forma temporal por motivos económicos concretos o porque les apetece fomentar un intercambio cultural en un momento concreto.

"Compartir el hogar es una costumbre milenaria y hay muchas razones distintas para hacerlo", remarca la presidenta de Amficat. "Es nuestra propiedad privada y tendríamos que tener el derecho de poder hacerlo", añade. 

JANET SANZ 

Vilaplana explica a Metrópoli que, como asociación, reclaman los argumentos que han recibido por parte de Janet Sanz porque no son "aceptables" de ninguna manera. Entre ellos, el que más les molesta es que Sanz insiste en que "los hogares compartidos pueden terminar siendo nuevos pisos turísticos ilegales".

La asociación asegura que dichas palabras son "inaceptables" e instan a la teniente a "no hacerles pagar por los platos rotos". En Amficat niegan que el homesharing pueda saturar las plazas turísticas o el centro de la ciudad, ya que comportan una mayor dispersión. Por otro lado, aseguran que no hay pruebas de molestias a los vecinos y defienden que esta práctica fomenta el comercio de proximidad y de barrio --a diferencia de la opinión de Sanz.

Ada Colau y Janet Sanz, en un acto / EFE
Ada Colau y Janet Sanz, en un acto / EFE

FINANCIACIÓN DE ESTUDIOS

Los amfitriones defienden la existencia de muchos motivos distintos para alquilar habitaciones a viajeros por un corto periodo de tiempo en la ciudad. En el caso de Salvador Auge, un residente de la zona norte del Raval --cerca de la plaza Universidad--, la actividad le permitió poder financiar sus estudios y avanzar en su carrera profesional. Según relata a este medio, en 2017 se quedó sin ingresos de un día para otro y esta modalidad de alquiler se convirtió en su principal fuente de ganancias.

Auge alquilaba 30 metros cuadrados de su casa y asegura que "era imposible que hubiese problemas de convivencia" porque él vivía con los huéspedes. Al propietario le molesta mucho que desde el Ayuntamiento "clasifiquen a los turistas por su calidad según sus recursos" y apunta que, a su parecer, "muchos visitantes escogen el homesharing" por mucho más que por una razón económica.

OCIO E INTERCAMBIO DE CULTURA

En este sentido, Ana Sánchez, una vecina de la Sagrada Família, asegura que ella decidió compartir dos habitaciones de su piso "que estaban inutilizadas" para poder conocer gente de alrededor del mundo e intercambiar cultura y conocimiento.

Según Sánchez, compartir su hogar le ha dado grandes amistades en distintos países y asegura "no poder entender" qué daño provocan cuando todo queda "dentro de sus propias paredes". En este caso particular, la anfitriona ha remarcado a este medio lo importante que es para ella recomendar sus lugares de confianza --negocios y restaurantes de proximidad-- en la ciudad "sin comisiones". 

Calle de Rector Triador, donde han cerrado muchos comercios locales / RP
Calle de Rector Triador, donde han cerrado muchos comercios locales / RP

SITUACIÓN DESESPERANTE

Para Jordi Òdena, el homesharing llegó a suponer el 70% de sus ingresos después de travesar una complicada situación económica. Actualmente, con un puesto de trabajo inestable, asegura sufrir episodios de ansiedad y otras afectaciones en su día a día por la "desesperación" que sufre por no tener ingresos garantizados a largo plazo. 

Òdena especifica que compartir tu propio hogar no es algo "fácil" de decidir, pero que desde el momento en que tomó la decisión de recurrir a esa solución le cambió la vida por completo. " Me salvó económicamente y, además, me abrió la ventana a aprender de mis visitantes y a crear una comunidad que todavía mantengo", explica. 

JUBILACIÓN

Otra de las voces que lamenta la decisión que tomó el Ayuntamiento en agosto es la de Lluis Rodríguez. El afectado explica a este medio que la crisis de 2008 no le dejó otra opción que recurrir a Airbnb para subsistir.  Ahora, 13 años después, Rodríguez está a punto de dejar su piso, ya que está prejubilado "con una pensión muy limitada" y el homesharing era su pilar económico. "Después del coronavirus no puedo mantener la propiedad", lamenta.

El anfitrión explica que lleva años alquilando dos habitaciones de su piso --a dos huéspedes distintos-- y que nunca ha tenido ningún problema. "Nos movemos por reviews, y cuando vas a meter a alguien en tu propio hogar te aseguras de que no habrá inconvenientes", asegura. Tanto Rodríguez como Odena, otro de los anfitriones afectados, defienden que su modelo de turismo es "diferente" y que atraen a viajeros que buscan una atención personalizada. 

Cinco voces unidas por una misma causa: conseguir dialogar con el consistorio para revertir una situación que consideran "injusta" e "insostenible". No obstante, aunque no consideran que sea imposible, reconocen que ven muy poco probable que haya un cambio en la legislación cuando el PEUAT se revise. 

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