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Se llamaba Antonio Montserrat y vivía en la montaña de Montjuïc, el hogar que lo vio nacer y el único rincón donde se sentía como en casa. A El Niño Lobo de Montjuïc nunca le gustó la ciudad. Siempre terminaba regresando al monte. En la última década, una chabola encajonada en la dura piedra de la cara este de la colina, uno de los rincones más inaccesibles, se convirtió en su hogar. Hace un mes y medio se instalaba en un piso de la Zona Franca gestionado por la Fundación Arrels. A los 54 años, su cuerpo había dicho basta. El 22 de abril, la voz del último chabolista de Montjuïc se apagaba. La muerte de este "hombre libre", como lo recuerdan sus amigos, ha dejado una gran huella y un gran vacío en miles de personas que conocieron la última etapa de su vida a través de internet. Esta es su historia.

Antonio nació el 1966 en Can Valero, uno de los barrios de barracas formados alrededor de Montjuïc, donde llegaron a vivir 30.000 personas. A los nueve años presenció como dos hombres armados se llevaban a su padre. Lo asesinaron con dos tiros de escopeta. La muerte del progenitor, atracador de bancos y traficante, marcó, en gran parte, su vida. Pasó por un internado, hizó la mili y desempeñó diversos trabajos en los sectores de la seguridad y la construcción. Vivió una temporada en Sant Antoni de Calonge en un piso, pero jamás logró establecerse en una vivienda por mucho tiempo. "Después de todo nació en la montaña. Allí pasó más de la mitad de su vida. Cuatro paredes le ahogaban", comenta Verònica Beas, una de sus referentes en Arrels, entidad que acompaña a personas sin hogar.

UN "TSUNAMI"

"Era muy carismático, se llevaba bien con todo el mundo. Su personalidad era como un imán. Todos nos sentíamos muy apegados a él. Su muerte nos dejó muy tocados", cuenta Beas. Ella lo conoció hace cuatro años, pero Antonio entró en contacto con la entidad en 2011. En las instalaciones de la fundación le gustaba servir cafés, un trabajo voluntario que compartía con Giorgio Ossola, que se emociona al recordar a su amigo. "Antonio era un tsunami. Con él cada día era diferente. Es una persona que da luz a la palabra amistad, siempre con una sonrisa", alaba.

Cuenta Giorgio que la mejor manera de describir a El Niño Lobo es hablar del 25 de cada mes. Ese día recibía una pequeña prestación económica de unos 400 euros debido a su situación de vulnerabilidad. El dinero le volaba de las manos en un solo día. Compraba latas de comida para sus 17 gatos y cuatro cosas para el día a día. El resto lo regalaba a otras personas que consideraba que lo necesitaban más que él.

'El Niño Lobo' contempla las vistas desde su chabola / ELISEO LÓPEZ
'El Niño Lobo' contempla las vistas desde su chabola / ELISEO LÓPEZ

 

Eliseo López, uno de sus últimos amigos, lo recuerda impresionado. "Era increíble ver como se quitaba dinero de su comida para alimentar a los gatos. ¿Quién hace eso?", subraya este apasionado de la arqueología y la historia. El pasado 29 de enero, paseando por el macizo, los dos compañeros descubrieron una lápida judía olvidada, ahora en manos del Museu Arqueològic de Catalunya.

LA AMISTAD CON ELISEO

Eliseo conoció a Antonio en una de sus exploraciones por Montjuïc a finales del pasado noviembre cuando investigaba los vestigios de lo que él denomina la Civilización Madre, revelada por las grandes rocas del monte. Se hicieron inseparables y compartieron largas horas de conversaciones y charlas por la montaña sobre las vergüenzas del sistema. "Cuando descubrí su chabola sentí un gran respeto por él y pensé que era muy valiente. Después conocí su gran humanidad. Aprendía de él y él de mí, nos enriquecíamos mutuamente. Le apasionaba la arqueología y aprendió muchísimo. A mi me interesaba proyectar su lado humano", relata. Y lo logró.

Eliseo presentó a Antonio al mundo. Dirigió el objetivo de su cámara GoPro, acostumbrada a capturar la rocosa montaña y sus secretos, hacia su nuevo amigo e Internet hizo el resto. Centenares de personas de Cataluña, el resto de España y de todo el mundo, empezaron a seguir las historias de dos amigos que recorrían la montaña hablando de la vida. Los 1.084 comentarios en el vídeo de Youtube titulado In Memoriam del Niño Lobo de Montjuïc (1966 - 2021) demuestran el cariño que logró cosechar en el mundo digital en unos pocos meses. También en el analógico, el que se puede ver y tocar cuando centenares de personas subían preguntando por el famoso santuario de gatos, la chabola de Antonio.

 

Antonio, fotografiado en su barraca / Juan Lemus / Arrels Fundació
Antonio, fotografiado en su barraca / Juan Lemus / Arrels Fundació 

 

"LLEVABA LA AVENTURA EN LA SANGRE"

Jordi, Esteban y Santi son algunos de los internautas fascinados por la historia de Antonio que lograron entablar una amistad con él. "Llevaba la aventura en la sangre. Era una persona con muy buen corazón y con una gran nobleza", cuenta Santi Rodríguez. "A mí este hombre me llegó al corazón. Seguimos el contacto hasta los últimos días", comenta Jordi. Verónica recuerda el sentido de la justicia de El Niño Lobo. "Cuando veía algo que no le parecía justo se enfadaba. Era muy impulsivo, pero también reflexivo. Eso me gustaba mucho", destaca la educadora social.

Desde que entró a vivir en su piso de la Zona Franca, estaba "espléndido", explica la acompañante de Arrels. Ahora podía ducharse cada día. Antes, en la calle, solo podía lavarse dos veces por semana. "Nos daba las gracias siempre que nos veía. Yo le decía que no era necesario, que era su derecho", recuerda Verónica. La fundación tenía su caso muy presente y estaba lista para entregarle un piso debido a su extrema vulnerabilidad. Solo tenía que pedirlo.

LA DURA VIDA DE LA CHABOLA

Cuando llovía el agua se colaba entre la piedra. "Las inclemencias meteorológicas le daban igual. Estaba físicamente y psicológicamente preparado para vivir en la vertiente de la roca", apunta Eliseo. "Soy más rico que nadie. ¡Mira qué vista, ni los dioses!", le soltaba su amigo señalando el puerto de Barcelona y la línea infinita del horizonte. "¿Sabes la vida que da contemplar esto?", le insistía con una sonrisa de oreja a oreja y su característico chillido infantil. Pero un día dio el paso y se abalanzó hacia su educadora. "Me dijo: 'No puedo más, mi cuerpo ha dicho basta, puedo tener el piso?'", le pidió. Nunca abandonó su chabola y la colonia de gatos. Desde su ventana, de hecho, vislumbraba su segunda residencia en lo alto de la roca, a la que acudía a diario.

Antonio con uno de los gatos de su colonia / ELISEO LÓPEZ
Antonio con uno de los gatos de su colonia / ELISEO LÓPEZ

Antonio era feliz en su casa de la montaña. Allí, decía, podía tener "un poco de libertad", aunque no creía demasiado en esa palabra. Le gustaba dibujar, tomar el sol, jugar con sus gatos, comerse un trozo de chorizo, descubrir nuevas plantas, etc. Su cuerpo, menudo y fuerte, brincaba con agilidad entre las rocas, el patio trasero de su casa. Solía bajar con cuerdas realizando rápel. "Era una auténtico boina verde", bromea Eliseo. 

UN HOMBRE LIBRE  

Días antes de morir, su chispa se apagó. En uno de los ascensos a la montaña notó que se ahogaba. Giorgio cree que pese a vivir en soledad, nunca estuvo solo. En la montaña tenía a los jardineros y a los trabajadores de la zona como los del chiringuito, que lo querían. Su compañero en Arrels cree que fue en su nuevo piso, al fin con un techo, donde se encontró más solo. "Prefería estar con sus gatitos, en su reducto de libertad", opina Eliseo, el director cinematográfico de los últimos meses de su vida. Su biografía llenó en 2019 algunas páginas del libro Cent x Cent Carrer de Pere Escobar.

Tal vez fue esa sensación de libertad que desprendía lo que cautivó a miles de personas. Sus amigos, que se han conjurado para cuidar a sus gatos, no dejan de subrayar su "transparencia y nobleza" y a referirse a él como "un hombre libre", que gobernaba el mar y el cielo de Montjuïc sin mirar el reloj desde su reino particular. La vieja chabola inmortaliza, de momento, un personaje único: El Niño Lobo de Montjuïc.

Eliseo y Antonio en la montaña de Montjuïc / ELISEO LÓPEZ
Eliseo y Antonio en la montaña de Montjuïc / ELISEO LÓPEZ

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